Luces de Nimian

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Luces de Nimian

Mensaje por Eryest el Jue Dic 20, 2012 1:44 pm

Hola amigos, no me dirijo a vosotros en calidad de Big Sister, sino como la humana que soy. Así pues os presento varios capítulos no seguidos del libro que estoy escribiendo. Lo cuelgo aquí en modo de sondeo para buscar una valoración sensata, adulta y sincera pues este libro puede llegar a editarse y publicarse. De este modo podéis ayudarme a mi y a mi amiga (pues el libro es compartido) a cambiarlo y mejorarlo.

Os dejo los capítulos. Disfruten de la lectura.

_______________________________________________

Prólogo:

(...) Y ahora que todo tenía un orden y equilibrio benigno, los dragones se reunieron una vez más para establecer sus roles y creaciones de las que se responsabilizarían en el futuro. Nekros, dragón de oscuridad, de la muerte, por provocar la muerte de Nimian, y del tiempo; sus descendientes en Kameriah son los Urosk y los espíritus que yacen en el paraíso. Melkor, dragón del fuego, el poder y el equilibrio; sus descendientes los humanos y sus mismos hermanos e hijos dragones. Aeris, dragón del aire, el clima y el espacio; sus descendientes son las razas elfidas de Kameriah y todas las criaturas voladoras. Thera, dragón de la tierra, los bosques y la vida; sus descendientes son los ninfidos Kameriahnos y todos los seres unidos a la tierra por necesidades y capacidades innatas. Hydria, dragón del agua, del hielo y el alma; sus criaturas en Kameriah son los sirénidos y todos los demás dependientes del agua. Los creadores desaparecieron en Hramnegon, el cielo, el paraíso de las almas puras para seguir obrando en las sombras.

Pero los mundos que vieron morir a los dragones Originarios perdieron asimismo la fe a los Dioses, muchos de los planetas se sumieron en guerra y caos y empezaron adorar a falsos ídolos, los dragones Originarios que quedaron empezaron a ocultarse, y perdieron influencia, los dioses iban a desaparecer y Kameriah, el último mundo en que todavía creía en el Culto Dracónico estaba hundiéndose en las tinieblas, pero los dioses aunaron fuerzas y crearon a las At’sum, seres mortales con alma de dragón, escogidos con cautela por los mismos Dragones Creadores y con poderes divinos. Eran cinco At’sum, una por dragón y su misión era pacificar y volver a extender el Culto. Y unidos, Dragones Originarios y At’sum de Kameriah, durante varias generaciones de At’sum, cada una con sus buenos y malos momentos, finalmente consiguieron salvar el último planeta que creían en los Dioses Dragón. Pero la misión de las At’sum no terminaría ahí… No aún… (...)


Capítulo 1: (...)


El mundo es mundo, da igual lo que crea la gente. Los reinos tienen ancianos que cuentan historias y leyendas; sobre feroces bestias, gloriosos conquistadores, grandes batallas y la espiritualidad de lo imperecedero. En cada imperio, reino, provincia, principado, ducado o condado se cuentan leyendas distintas, sin embargo, la religión es la misma: todos creen en los dragones.

Alguien puede decir que las creencias deberían ser eso, solo creencias de la gente que ayudasen a pasar por etapas importantes de la vida; que la fe tiene sentido cuando se cree ciegamente en el misterio de la creación y la vida, sin que se tengan confirmaciones tácitas.

Pues bien, que digan lo que quieran, su línea de pensamiento no va contra la religión porque ésta es libre, voluntaria y beneficiosa. Los puros de corazón e intenciones lo comprenden. Se sabe cómo se originó el Sol Madre, se sabe porque tenemos tiempo, espacio, libre albedrió, fuego en las venas y paz en las almas; la seguridad en el más allá. Los dioses fueron generosos con su creación, estaban muy presentes en los mundos al principio de los tiempos y nunca jamás abandonaron a la perdición aquello que tanto esfuerzo y poder les costó.

Tomaron forma material y explicaron el mundo; pusieron en las mentes de sus gentes conocimiento y la fe en sus almas, que les permitiría sobrevivir las catástrofes que estaban por venir, poder prosperar en armonía al final.

Bien, quizás eso último se haya perdido un poco. Las razas se desarrollaron en direcciones si no del todo opuestas – más bien poco complementarias. Buscan la destrucción mutua, luchan por el poder y los privilegios de tierras que traen riquezas. Se centran en lo material. Pero nadie, nunca jamás, podría negar que los dragones existen o que los dioses no ven lo que pasa.

Los dioses lo ven todo y lloran en silencio las pérdidas que padecen los planetas, pero aún hay esperanza, puesta en manos de las At’sum de cada dios, que luchan por la justicia y están obligados por sus juramentos a respetarse entre ellos a pesar de todo. Las At’sum juran lealtad y obediencia a las normas, son muy pocas, pero importantes y correctas a vista de la mayoría. Hay quienes reniegan en silencio de su destino, porque la magnitud de las tareas y los desastres apoquinan sus corazones y los condena al servicio de lo eterno sin poder mirar atrás.

* * *

Transcurría tiempo de paz. Nada auguraba tormenta, aunque claro está que el despertar de la naturaleza estaba reciente y las lluvias primaverales estaban por llegar. Empezaba con deseo y premura en todo Kameriah, Therania, el mes de la abundancia que duraría como siempre tres meses. La vida era tranquila, las actividades de rutina mantenían ocupada a la población. Nadie se quejaba.

Sin embargo, y puede que por primera vez, ese perezoso resurgir de la vida dormida por el frió y la noche de Noctum, no animaba a su majestad. La reina salió al balcón mirador que rodeaba su dormitorio en lo alto de la torre que ocupaba, contempló el amanecer y saludó a los dos astros que habían sobre la bóveda celeste, uno Nimian y el otro Tristel; dio la vuelta completa observando la vida de la gente en la ciudadela. Se quedó allí arriba, apoyándose en la baranda de cristal. Su mirada perdida en el horizonte y su mente en lenta ebullición de ideas que la asaltaban como hienas hambrientas.

No encontraba la paz que ansiaba. Las conquistas la llevaron al poder y su mandato les dio tranquilidad a los habitantes de Efemeris, pero ella no encontraba consuelo en lo material y su espíritu, unido a la madre Aeris, daba vueltas en frenesí hasta chocar con los barrotes de una jaula emocional que ella misma construyó y donde se metió sin saberlo.

Era prisionera de sus propios demonios, las torturas en Zar’kellion no eran nada comparando con la inestabilidad espiritual que podía tener un elegido que se desviaba de la senda de bondad y justicia marcada por los mismos astros. No se trataba de alta traición ni corazón roto, era más bien como una inquietud subliminal que desterraba la tranquilidad del pensamiento.

A lo lejos, desde el valle donde jugaban las cien corrientes de aire, se oyó un lastimero gemido, como un suspiro en voz alta que llamaba la atención hasta del más indiferente y de todo aquél que se considerase frió.

Al sentir según qué cosas, el corazón nos revela nuestro verdadero ser más allá de lo que la mente pretenda dominar.

– Oh, no, no quería disgustarte. − susurró Khalidia.

Su corazón latía con fuerza y su alma imperaba un vuelo para calmar las penas de la suprema criatura que profirió el lamento. El dragón blanco y azulado que la esperaba en el valle tan sólo era la personificación parcial de Aeris; la señora de lo voluble y cambiante compartía conciencia con uno de los dragones, que al asumir parte de su poder, adquiría también cierta apariencia de las pinturas ancestrales de la diosa. Esa criatura en particular fue el dragón de la lejana infancia de Khalidia, se mantiene todavía joven y fuerte, no sólo porque es un canal que une lo espiritual y lo carnal, si no porque Wissa es una criatura original, creada por los mismos dioses. Hay mucho que contar sobre el pasado, pero ahora llama el presente.

En momentos como éste la elegida podía olvidarse de todo y dejarse llevar por los instintos que la llevarían al Valle de Aeris en un abrir y cerrar de ojos. Saltó la baranda y se abandonó a la caída que pronto se convirtió en vuelo. Sus vestiduras vaporosas de pantalón y túnica se le pegaron al cuerpo por el viento y sus ojos, ahora más reptiles que humanos, veían con claridad cada detalle en la tierra, abajo, mucho más abajo. Allí, en los valles, sí. Más allá de las aguas y las montañas permanentes.

“Flotas como las burbujas de jabón, caes en picado a merced del viento y explotas igual al tocar el suelo... ¿Para qué tienes las alas que te di?”


– Perdona, quería darme prisa y las alas requieren vestidura adecuada. − bajó la mirada en señal de respeto, pero la levantó en seguida para mirar a su dragón, en parte Aeris y en parte aquella fascinante y cariñosa criatura que la cuidó y protegió en la infancia – Wissa.

Los ojos que la observaban eran grandes, blanquecinos e inquisidores. Poseedores de la visión del alma y reflejos de suma sabiduría compartida por buena fe.

“Sabes por qué estás aquí, ¿no es así?”
– Creo que sí. − dudó.
“Dicen que creer es poder, pero yo te necesito segura de lo que haces.”
– Estoy segura de quién soy y del papel que desempeño, pero a veces... − se quedó a medias, suspirando.
“A veces ¿qué? Khalidia, hablamos por pura formalidad, porque quiero que estés cómoda, porque quieres a éste dragón en particular, porque te mereces mi respeto... Pero si hay más dudas que razón en lo que piensas, será mejor que me lo muestres. ¿Quieres?”
– Podría, pero creo que sería molesto y confuso para ti. Estuve tan absorta allí arriba que mi confusión llegó hasta aquí. − titubeó insegura y algo ansiosa.
“¿Estás confusa, mi reina? ¿Qué te confunde? ¿O quién? Lo que sentí fue una desesperante indiferencia, eso es dolor para mí. ¿Qué te afecta?”
– Me preocupa no poder vivir en esa gran paz que tenemos ahora, me afecta la inactividad, me siento inútil. − dejó caer los brazos.
“Pero eres muy útil y lo sabes. Todo lo que eres, cada parte de ti es útil, eres imprescindible.”
– Ya, pero en la paz... − empezó.
“Khalidia, sabia monarca y gran guerrera. No es la paz y lo sabes, es más bien...”
– La calma. − acabó la frase, con gran determinación.
Su voz vibró por la llanura y espantó algunos pájaros, otros dejaron de cantar al instante y cesó el movimiento en la arboleda cercana.
“Exacto. ¿Ves? No es que tú y yo no sepamos vivir tranquilas, es la calma antes de la tormenta lo que irrita nuestros nervios. No somos las únicas. Pregúntaselo a quien quieras. El hermano fuego es guerrero por naturaleza y hasta él te dirá que la quietud apacible de la vida campestre no es ningún problema para él.”
– ¿Crees que debería hablar con Meridia? − se mordió el labio.
“Sé discreta. Será mejor no levantar la presa.”
– Eres con creces la mejor parte de mí. − sonrió.
“Soy tu subconsciente. Tienes mucha suerte de poder hablar conmigo. Lo necesitas más que otros elegidos del pasado.”
– Sí, sí... soy lenta llegando a conclusiones, lo sé. Pero tendré tiempo de aprender. − su sonrisa se ensanchó y tras despedirse con la mano, haciendo una ligera reverencia, se elevó en el aire y flotó de vuelta a su dormitorio en Crisol.

(...)

* * *

¿Si alguien recordaba haberlo visto? No. Nadie sabía quién era. El pobre hombre llegó a Malkvar con su mente hecha puré, con sus recuerdos borrados y lo único que hacía era murmurar cosas ininteligibles.

Era extraño que el leviatán, no se lo hubiera zampado de un mordisco. Él siempre se quedaba con aquello que flotaba en la deriva, pero esta vez se dejó pasar un buen bocado, tal vez estaba perdiendo facultades o no vio nada que lo hiciera extrañarse por aquello que flotaba sobre unas maderas podridas, mohosas y llenas de agua.

La gente de Malkvar, o sea los Humanos Atrios, se habían reunido en la playa solo para ver a ese tipo. Y fue entonces cuando Ventor, uno de los espías de Meridia se acercó rápido para ver que ocurría. Corría a grandes pasos, casi como si flotara en el viento, al llegar, saltó por encima de las cabezas de la muchedumbre. Cuando descubrió que se trataba de un humano, un simple y mísero náufrago se volvió y se fue tan rápido como vino. Pero todos sabían que Ventor no se iba, solo se recluía a observar entre las sombras, como siempre hacia. Finalmente los Aventino. Unos elfos del bosque que se habían trasladado desde la ciudad élfica del Bosque Lágrima llamada Edriel, le dieron cobijo acogiéndolo en su humilde morada en el barrio residencial de Malkvar.

Pero mientras, muy lejos de las majestuosas playas y los ricos puertos de la ciudad de color dorado y rojizo Malkvar, se encontraba el castillo de Meridia: un palacio hecho de piedra maciza, reforzado con el acero legendario de la Forja de Malkvar. Una forja alimentada por los miles de cuerpos de las salamandras de fuego que habitan en la Grieta. Una auténtica fortaleza de belleza tosca dorada y rojiza e inexpugnable. Allí en una de las muchas estancias de esa gran estructura estaba la Emperatriz de Atriel: Meridia.

Meridia es la amazona de la espada, el escudo. No era muy proclive al uso de la magia. Era una Humana Atria-Drasia, un cruce de ambas razas, cabello castaño, ojos violáceos, morena de piel y de constitución fuerte y esbelta. Ella es la Luz de Melkor, en otras palabras, su elegida. Protectora de los dragones autóctonos del segundo continente. Y, no menos importante, hermana de Khalidia.

Hacía días que Meridia estaba inactiva, demasiado encerrada en sus pensamientos, exhalando bocanadas de aire ardiente. Ella siempre estaba en su estancia últimamente, sin apenas moverse de su gran silla de cristal anaranjado y de rubíes. Con la cabeza baja y sus codos sobre la mesa. Sin apenas levantar la mirada ni susurrar nada. Estaba descansando, el descanso de ser la Luz de Melkor.

Y allí estaba su única compañía, un dragón Originario, hijo de Melkor, tumbado al otro lado de la habitación, tomándose un apacible descanso, caracoleado en posición fetal, con la cola tapando su rojo hocico: Sheron.

Spina, una ninfa de los Bosques cercanos a Edriel, de piel blanca, algo menuda de constitución y de cabello verde claro y dorado entró sin llamar a la habitación, tenía permiso para hacerlo, pues ella era la administradora y se encargaba de casi todo. Spina miró angustiada a Meridia, luego se acercó a Sheron para despertarlo, pero el dragón se levantó de golpe, asustando a la ninfa y despertando a Meridia de su letargo.

– Oh, señora, estáis despierta. – Dijo Spina – Tenéis una hermosa cama, en lugar de esa dura silla para dormitar y restaurar el poder perdido o usado.
– Lo siento, pero me sorprendió tan de repente que no tuve tiempo ni a tumbarme, ya sabes como llega mi descanso, sin avisar y de sopetón – Añadió Meridia – ¿Como estás Sheron?
– Despierto y listo. – Sheron aleteó, aunque el espacio reducido de la estancia no le dejaba despejarse del todo.
– Valentia solicita veros, dice que es importante. Y no es la única, Ventor le trae nuevas.
– Acabo de despertarme y todo el mundo ya quiere verme. – Resopló y salió una bocanada de fuego. La propia Meridia se quedó estupefacta por la pequeña nube de fuego que salió de su interior. – Siempre ocurre lo mismo. − Murmuró desencantada.

Se levantó de la silla. Le dolía la espalda a horrores y se sentía enganchada, pero todos la llamaban y ella debía responder pues sus obligaciones eran muy importantes. Apartó pesadamente la silla y caminó arrastrando los pies por la aterciopelada alfombra carmesí de su estancia. Portaba una túnica blanca, con capucha, siempre llevaba esa cuando no tenía que salir de su habitación y un cinturón dorado de cadenas entrelazadas en la cintura. Cuando se puso tras el biombo para cambiarse, la pesada puerta de madera de roble se abrió, entrando Valentia, la General de los Soldados de Atriel. Vestida con una elegante armadura que combinaba el cuero, en la parte superior y el torso, con el acero, en sus brazos y cuello. Con unas grebas de cota de malla y unas botas de un metal reluciente y resistente conocido como mitrilo. En su mano izquierda portaba su casco, un yelmo totalmente cerrado tipo heaume. Traía noticias y no muy buenas. Spina la miró altiva, pero la chica soldado no se dejó intimidar y respondió torciendo el gesto de mala manera, la administradora se enfurruñó y se puso a ordenar el papeleo de la gran mesa de mármol donde antes Meridia apoyó sus codos.

– ¿Estáis visible, mi señora? Traigo noticias desde la ciudad de roca de Krasis. La virreina Umbra le trae esta solicitud. Según ella debe aceptarse tanto si usted quiere como si no. Un guardia me dijo que era la última vez que los Atrios de Malkvar visitaban Krasis.
– General sin cerebro… – Añadió Spina resoplando – ¿Te haces llamar amiga de nuestra majestad Meridia, en todo este tiempo, y no te has dado cuenta que no le gusta recibir papeleo militar?
– Perdonad Spina, pero es harto importante. – Sus pesadas botas ya no resonaban fuerte pues la alfombra amortiguaba y ensordecía sus pasos. – Debe leer este comunicado cuanto antes.

Meridia salió del biombo. Acabada ya de vestir con un atuendo más bien de guerrillera que no de noble: una armadura completa de placas de acero tan brillante como la luz del sol. Todo ello salido de la Forja de Malkvar. La armadura tenía dos fisuras a su espalda para que cuando se manifestara en forma humana-dragón las alas pudieran mostrarse sin ningún impedimento. Spina y Valentia nunca sabían como demonios podía ponerse la armadura sin ninguna ayuda mientras se vestía.

– Spina, por favor basta. Son todos los papeles en general los que me hacen enfurecer. Si puedes hacerme el favor... – Meridia levantó su brazo a Spina.
La ninfa recogió los documentos de Valentia y se los entregó a su señora. Esta rompió el sello y leyó las condiciones que ponía Umbra la Plateada sobre la independencia de la ciudad Krasis del Imperio de Atriel.

– Es… esto es… − Valentia y Spina se apartaron ligeramente de Meridia. – Es intolerable. – De su boca salió humo, realmente estaba muy enfadada. – ¿Le concedo honor y privilegio y así me lo paga? – El pergamino estalló en llamas en sus manos – Y encima se atreve a rememorar hechos históricos basando y declarando la superioridad de los Urosk Tenebrosos contra los Humanos Atrios. Umbra ha demostrado ser indigna de presentar un cargo tan grande.
– Si me permitís la indiscreción, creo que fue una mala decisión escoger a Umbra como virreina en Krasis. Es arrogante y trivial. Una bicha.
– Una Urosk Tenebrosa única en su raza. – Añadió Spina. – Es de lo peor.
– Dentro de unos días partiré hacia Krasis y le haré saber que conmigo no se juega. Valentia prepara a los Soldados de Atriel. Sheron, tu vendrás conmigo.
– Lo que sea por la Luz – Añadió complacido el dragón de fuego.
– Pero señora, casi todos los Soldados de Atriel cogieron un barco hace dos días hacia Gridän. Estaba usted dormida, pero el Emperador Pyros III requería los servicios de los Soldados de Atriel. Se han desatado unos disturbios en Hrijar e Itris y necesita de ambos ejércitos para disuadir a los revolucionados.
– ¿Es que la Guardia Gridän no es suficiente para el emperador de Nogard que ahora pide de mi ejército en momentos de necesidad? Maldigo la dinastía Pyros y a sus descendientes. Bah, prepáreme lo que puedas Valentia, necesito una escolta de dos Atrios.

Meridia abrió la puerta mientras Sheron salía volando por el gran ventanal de la estancia. Valentia y Spina siguieron a su señora por el largo pasillo hasta la gran escalinata. En la sala de audiencias les esperaba Ventor que se arrodilló ante Meridia y la informó de lo ocurrido en Malkvar. Ventor era moreno, aunque claro era un elfo del bosque y se le reconocía por las orejas puntiagudas, alto, atlético, demasiado serio y un poco delgado. Llevaba un jubón gris, una cota de malla en las piernas y botas dobladas del mismo color.

– La muchedumbre se agolpó en la playa esta mañana mi señora. Al parecer un náufrago humano de otras tierras ha sido encontrado inconsciente en la arena. Lo he estado vigilando, pero lo único que he descubierto que no sabía nada de nada cuando volvió en sí y que los Aventino le han dado un techo.
– ¿Y eso es importante? − Meridia enarcó una ceja. – Tengo problemas más acuciantes que esta estupidez.
– No he acabado todavía. Le han puesto un nombre elfíco.
– ¿Y eso te reconcome, no? Ventor, sé que hay cosas que te molestan, pero yo tengo un Imperio que se desmorona sobre sí mismo y no tengo tiempo para…

(...)

− ¿Un último deseo elfo asqueroso? – Añadió el verdugo con una voz ronca y gutural.
− Hazlo rápido y no hables. – Respondió Erv.

El mismo puso la cabeza sobre el tocón muy delicadamente, Era imposible no clavarse una de las astillas que allí había pero al menos no le habían dado un golpe los guardias para que se tumbara ahí. El verdugo alzó el hacha, esta deslumbró en el sol y la dejó caer con mucha fuerza. La cabeza cerciorada de Erv cayó rodando del tocón. Unos guardias quitaron el cuerpo y lo arrojaron al otro lado.

Luego fue el turno de Rin. Eldar palideció. Y en un acto de supervivencia dio un cabezazo a otro de los guardias, rápido sonó la voz de alarma y se lanzaron contra el humano para inmovilizarle, pero mientras Eldar luchaba por salvar a Rin, ella se dirigía a su muerte. Se arrodilló y posó su cabeza sobre el tocón. Crosar miró expectante a Eldar y luego dirigió su mirada a la desafortunada Rin. En el momento que lo lograron inmovilizar nuevamente, el hacha cayó y ella murió. Eldar gritó furioso, se deshizo de nuevo de los guardias, pero otra oleada fue a por él.

− ¡Matad ya a este o no dejaremos de tener la misma cantinela! – Dijo el verdugo ya harto.

Agarraron a Eldar y lo llevaron hacia allí mientras otro quitaba a Rin del medio, le dieron la patada a las corvas y le aguantaron para que no quitara el cuello. El verdugo alzó el hacha… Eldar cerró los ojos para no ver su futuro. Se oyó un golpe.

Cuando Eldar abrió los ojos para ver si muerte era próxima, vio que los guardias ya no estaban, ni el verdugo, se levantó, y miró a su alrededor y no pudo creer lo que estaba viendo. Un dragón. Un dragón negro como la noche y silencioso como el vuelo Nekros de un búho había caído en picado contra sus captores y el verdugo y los había partido por la mitad de un zarpazo.

Pronto cundió el pánico. Eldar miró a Crosar quien logró liberarse y ya llevaba un arma entre sus manos. El dragón negro atacó a una multitud de guardias, su aliento era de un fuego negro y azulado que consumió a sus enemigos. Mientras seguían apareciendo guardias para hacerle frente, el dragón, de alas violáceas se volvió y miró a Eldar con una furia salvaje. Lanzó su aliento contra él. Pero rápido de reflejos se tiró al suelo y lo evitó. Se levantó muy deprisa, agarró a Crosar.

− Vámonos antes de que nos hagan carbonilla. ¡Aprovechemos la distracción! – Añadió Crosar. – Hacia el Bosque Lágrima, los perderemos en el bosque si nos sigue ese dragón.
− Coge a Erv y su cabeza y yo cogeré el cadáver y la cabeza de Rin. Debemos enterrarlos.
− ¡NO HAY TIEMPO!
− ¡HAZ LO QUE TE DIGO!

A regañadientes, Crosar agarró Erv y empezó a correr. Pero cuando Eldar quiso recoger a Rin, el dragón negro lo atacó: De un coletazo lo lanzó lejos. Cuando le iba a dar un zarpazo, Eldar se escabulló. Furioso, el dragón aleteó violentamente. Por suerte había una espada abandonada al suelo. La agarró de una voltereta y gracias a su acrobacia consiguió clavársela al costado del dragón. Mientras la criatura alada se quejaba por su herida, se volteó rápidamente y dio un zarpazo a Eldar. Consiguió esquivar todo lo que pudo pero se llevó un parte en la cara. Dio un salto bastante patético, agarró de nuevo a Rin y se marchó, mientras la criatura seguía intentando arrancarse la espada, entró a los Bosques, donde el dragón les perdió la pista. Al entrar vio a Crosar a lo lejos con Erv. Fue con él.

− Este me parece un buen lugar. – Añadió Crosar lastimero. Miró a Eldar, estaba sangrando en el lado izquierdo de la cara. – ¿Estás bien?

Eldar asintió y empezaron a cavar con las espadas. Cuando hicieron un hoyo lo suficientemente grande como para enterrar a los dos, dejaron los cuerpos y las cabezas bien colocadas y empezaron a taparlo con tierra. Cuando acabaron Crosar miró fijamente a Eldar. Este se pasó la mano por la cara para quitarse la sangre y el sudor. La situación les superaba a ambos pero debían permanecer fuertes.

− Ha sido demasiada suerte. – Se rascó la espalda y crujió los huesos de su cuello. – El Bosque Lágrima no es seguro, Eldar. Tendremos que subirnos a las copas de los árboles cuando anochezca, hay mucha criatura peligrosa por ahí suelta. Eldar. ¡Eldar!
− Rin ha muerto por mi culpa – Murmuró.
− Fue mía, si no me hubiera quedado partiendo cráneos durante la retirada tu no tendrías que haber venido a por mí y por lo tanto Rin no te hubiera seguido.
− Erv intentó hacerte reaccionar.
− Erv era un gilipollas. Pero siempre tenía razón el muy hijo de perra. Está anocheciendo y temo porque ese dragón nos siga la pista… − Crosar empezó a escalar un árbol, al subirse a una rama bastante gruesa se sentó. – Es un dragón Urosk, Eldar, de esos solo se ven en Kürnin.
− ¿Y que tiene de importante eso? – Eldar lo imitó y se subió a un árbol cercano a Crosar. – Solo fue un maldito dragón.
− La situación es extraña. ¿Que haría un dragón Urosk en Atriel? Y por qué atacarnos a plena luz del día, a esas criaturas les encanta la noche. Algo le ha incentivado para que haga ese ataque.
− Calla ya, Crosar, calla y duerme.

Cuando Eldar fue a cerrar los ojos notó que el viento se levantaba. No le dio importancia. Rápido se oscureció. Sintió un golpe de aire, era solo corriente, pensó, nada de lo que preocuparse. Pero entonces algo sacudió su árbol. Abrió los ojos pero no veía nada. Sería alguna criatura que intentaba rascarse en la corteza. Pero de pronto una sacudida fuerte hizo que el árbol se quebrara y cayera. Eldar saltó antes de hacerse daño. Crosar se despertó. Y lo vieron.

El dragón de antes. Los buscaba. Atacó el árbol de Crosar. Eldar se lanzó al cuello de ese maldito monstruo para darle tiempo a que su amigo corriera.

− ¡Huye, maldita sea! – Gritó Eldar

Crosar corrió hacia la oscuridad del bosque. Pero el dragón Urosk se sacudió con una fuerza increíble y Eldar cayó. Empezó a rodar cuando la criatura empezó a pisotear el suelo con fuerza. No veía nada, él no veía absolutamente nada, salvo unos ojos rojos que lo seguía se acercaban y golpetazos de aire que indicaba que se movía.

Cuando iba a saltar antes de que le diera un zarpazo, el dragón fue mucho más rápido y lo agarró y lo inmovilizó manteniendo los brazos del humano dentro de su garra izquierda.

Los pensamientos de Eldar fueron rápidos. Solo podía pensar en su triste y corta vida, pues no recordaba nada más. El dragón se lo acercó a la boca. Se lo iba a comer de un mordisco. Pero luego se dio cuenta de que solo lo miraba. ¿A que esperaba?

− Escucha humano, la voz de tu nuevo señor – Mientras decía esas palabras sus ojos empezaron a brillar refulgentemente. – A partir de ahora me obedecerás para siempre.

(...)

− ¡MIRAD! – Se rió como una alimaña – ¡Un dragón y un humano! ¡Se habrán matado ellos mismos! – A parte de ronca la garganta del trasgo sonaba como si tuviera mucosidad en ella. Hizo gárgara y escupió el moco. Luego sacudió en alto la maza. Uno de los pequeños trasgos se acercó a Eldar con una espada oxidada y dentada como una sierra. Le pegó dos patadas en las costillas.

− ¡Están inconscientes!
− Llama a los demás, ¡hoy tendremos un buen festín! – Gritó el jefe.

Tan rápido se fue que tiró su espada y se dio a la carrera. Eldar abrió los ojos, esa era su oportunidad. Se levantó bruscamente con espada en mano y destripó al trasgo enano que tenía a su lado. Tan impresionados estaban por ese ataque sorpresa, que Eldar los venció en nada. De pronto en ese mismo instante, se acercaron el grupo entero de Trasgos que aquél de antes fue a buscar. Hubiera deseado cortar la cadena en ese mismo instante y huir, pero debía enfrentarse a ellos y además, le gustaría que el enfrentamiento con Nocturno no se quedara ahí, todavía tenía ganas de subyugar al dragón y demostrarle quién era el mejor.

Pero no ganaría ni por asomo a un número tan grande de esos bichejos. Además la cadena no le daba de más. Pero de pronto Nocturno se levantó y envolvió en llamas a los enemigos mientras Eldar le cubría la espalda.

(...)

– ¡Nada de viaje largo! Estás mal acostumbrada a las comodidades palaciegas y la tranquilidad. Estamos en guerra, ¡tengo que hablar con mi hermana y lo haré a la de ya!
– Pero si Atriel está a ...
– A unas horas, a lo sumo, eres el dragón de Aeris: la bestia mas rápida y mortífera de los cielos kameriahnos. Crearé un torbellino de aire y volaremos dentro, lo cual nos da ventaja en tiempo y seguridad.
– ¿Quién se atrevería a atacarnos? − preguntó incrédula.
– Cualquier dragón a nuestro alrededor podría caer bajo el influjo demoníaco. Me pongo mi traje para volar y salimos.

Dicho esto se dirigió a la habitación vestidor donde guardaba los vestidos elegantes y también sus ropajes de guerra. Su supremacía en cuanto a poder y habilidad le daban mucha ventaja sobre otros combatientes y así tenia la posibilidad de vestir como quería sin temer estropearse las faldas. Aunque hoy simplemente estaba de humor para luchar, para demostrar que valía para mucho mas de lo que parecía.

Abrió el armario especial y sacó sus prendas favoritas, que renovaba de tanto en tanto: el pantalón de cuero gris oscuro, sus botas por encima de las rodillas del mismo color, el chaleco recubierto por completo de escamas de dragón ignífugas y duras como piedras de color plata− azulado, la blusa de seda color cielo, los guantes del mismo color que llegaban casi al hombro y la larga capa gris plomizo como las nubes de la tormenta, bordada en plata había la imponente figura de un dragón con alas emplumadas – la primera personificación de Aeris. Aquel conjunto la hacia sentir segura, tranquila, concentrada en su ferocidad. Los colores friós la calmaban y mantenían sus pensamientos en frió, sus decisiones dentro de lo permitido por las leyes.

* * *

El leviatán gritaba con todas sus fuerzas avisando del peligro que se acercaba a toda prisa, su trabajo era proteger el continente de las invasiones, pero no podía controlar el clima, por lo que rugía y gemía aleteando con desesperación. Un escuadrón de la guardia real hacía el trabajo que no les tocaba en absoluto, desgraciadamente no había mas personal disponible para asegurar la costa y las viviendas, incluso aunque se tratase de un desastre natural que no debería acaecer en aquella época y mucho menos tener tal magnitud.

Lo que ninguno de ellos sospechaba es que aquel vórtice celeste pasaría la costa, los pueblos y lo alto de las murallas de la ciudad sin rozar una sola estructura ni arrancar árboles de raíz. Pasaba causando fuerte viento, pánico entre la población, pero ningún daño. El movimiento extraño se detuvo justo por encima de una torre de vigilancia de la muralla interna y se redujo poco a poco, desapareciendo el huracán y dejando a la vista al dragón originario de Aeris y a Khalidia montada en su lomo. Wissa akamerió sin hacer apenas ruido y la Reina se bajó de un salto, dirigiéndose sin demora hacia el estudio de su hermana. Sabía que estaría allí, teniendo en cuenta el ajetreo que causó su inesperada visita.

– Eres enormemente desconsiderada, te diviertes a expensas del bienestar colectivo. − Meridia estaba con los brazos cruzados y el ceño fruncido.

Parecía realmente disgustada y avergonzada por el revuelo que causó su hermana con aquél numerito del tornado entrando en la ciudad sin tocar tierra.

(...)

Kuerran, uno de los cinco ancianos superiores de Lissia, comprobaba la vitalidad de Khalidia todos los días. Le aseguró a Meridia que su hermana estaba bien, pero que algo o alguien la retenía en sus sueños, que no debían de ser tan horribles si ella decidía quedarse allí en vez de volver a la conciencia. Su excelencia llevaba dos semanas fuera de casa, recibiendo las notificaciones de Spina y enviándole sus respuestas todos los días; en verdad, hizo más papeleo a distancia en aquél tiempo de lo que habría hecho en un mes estando sentada en su trono. Su paciencia se estaba agotando y creyendo en definitiva que el anciano mago tenía razón, mandó a Kuerran despertar a su hermana.

– ¿Seguro que es eso lo que desea? Podría cobrar conciencia en cualquier momento… - el mago, que en realidad no parecía anciano, simplemente un hombre mayor y de barbas canas, se mostraba servicial y sosegado.
– Sí, Kuerren, quiero que la despiertes. No le freirás el cerebro con tu magia luminosa, ¿Verdad? Porque algo así podría pasar si… - empezó a comentar, pensando en dónde oyó el rumor sobre la posibilidad de aquello.
– Excelencia, usted no debe preocuparse, conozco mis limitaciones y despertar a su majestad está dentro de mis capacidades. - asintió imperturbable como siempre y se acercó al lecho donde descansaba su reina.
– Procede entonces. - Meridia se cruzó de brazos y dio varios pasos atrás.

Al principio no pasó nada. Kuerren impuso las manos sobre la frente y el corazón de su hermana y se quedó silencioso. Pasaron los minutos, tras lo que pronunció la letanía en un idioma desconocido. Y volvió a esperar. Luego empezó a hablar más rápido y fue todavía menos inteligible. Sus manos se iluminaron, leve resplandor azulado, la piel de la reina brilló con la misma luz y al instante la estancia se convirtió en un lugar un tanto inhóspito, se levantó una corriente de aire de la nada y se oyó el pulular del viento, la temperatura bajó un par de grados y aquello ya estaba asustando a Meridia cuando de repente vio a su hermana elevarse por debajo de las sábanas con las que estaba cubierta. El viento la descubrió, dejándola flotando en el aire con su traje de dormir, se incorporó, abrió los ojos que brillaban con luz interior de forma siniestra y en cuanto abrió la boca su hermana deseó estar en cualquier otro lugar que no fuera aquél.

(...)

− Malek, hermano, no parece ser una gran idea, no creo que puedas con Gridän – comentó Regina mientras se peinaba su larga cabellera con un cepillo de plata, probablemente robado de Umbra. – lo de Krasis fue fácil porque me ayudó Shexia, nosotras dos sabemos de lo que hablamos, vas a caer, hermano. Estás destinado al fracaso.

Malekai, era un demonio que imponía, era enorme, medía más de dos metros, nunca se le veía la cara pues llevaba un yelmo negro sin fisuras ni agujeros, alargado con dos grandes cuernos retorcidos de color rojo. Siempre portaba una enorme y tosca armadura negra, oxidada y de acero que desprendía oscuridad parecía estar unida a su cuerpo pues nunca se le había visto sin ella. Su larga capa sobre sus espaldas rezumaba humo y sangre negra. Portaba una espada con sierra, hecha de lava y goteaba, pero solo aparecía cuando el Demonio lo deseaba. Se paseaba de un lado al otro de la habitación aunando en sus pensamientos.

− Podemos, hermana. Se puede vencer. Puedo llevar mi venganza acabo.
− Tu venganza... Nekros nos hizo daño a todos. Pero no se puede luchar contra un dios, lo intentamos durante años pero un Ats’um siempre sustituía a otro. No sirve. Hermano, déjalo ya. Este… no es bueno, no seguiré haciendo esto. No por aquél estúpido. Nos masacrarán y nosotros no tenemos la culpa. Lo mejor es que estemos en paz con nosotros mismos.
− NO – Malekai golpeó un armario y lo tiró al suelo – ¿ME HABLAS DE PAZ? ¡NUNCA HEMOS TENIDO PAZ! Siempre hemos estado condenados, MALDITOS. – Se abalanzó sobre Regina y la levantó de su tocador – No cesaré, nunca me detendré, nos hicieron mucho daño y eso deben pagarlo caro. – La soltó − Dile a tus tropas que se preparen pronto. – Se dio la vuelta y marchó hacia fuera de los aposentos de Regina.


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Bueno esto es todo por ahora, que disfruten.

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Re: Luces de Nimian

Mensaje por Sr. y Sra. Absenta el Dom Dic 23, 2012 1:32 pm

Un trasfondo interesante, aunque esperamos nos permita decir que semeja más la explicación de un nuevo mundo de juego que un libro. Quizás le falte algo de solidez en la forma de narrar, sin menguar por ello el valor de la historia.
Quizás los compañeros escritores de la nave tengan a bien mejores y más concretos consejos.

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Re: Luces de Nimian

Mensaje por Eryest el Vie Ene 04, 2013 2:07 pm

Gracias por la crítica, pareja. Todavía no estamos en la fase de corrección pero estamos aplicando ciertos cambios. Felices Fiestas.

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Re: Luces de Nimian

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