El hombre sin alma, una novela de aventuras para chicos y mayores

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El hombre sin alma, una novela de aventuras para chicos y mayores

Mensaje por El hombre sin alma el Sáb Dic 15, 2012 2:19 pm



CAPÍTULO I. UN ENCUENTRO INESPERADO


Aunque ya habían tocado las diez de la noche en la Iglesia de Santa Ana, el ambiente no parecía que fuera a refrescar. La cálida jornada de septiembre se iba a prolongar durante la noche en las estrechas calles del Albaycín.

Durante el día el sol había campeado plácidamente en toda su majestuosidad vertiendo llamas, sin que ninguna nube se atreviera siquiera a mostrarse en la lejanía, insinuándole sombra. Los tiestos distribuidos con esmero en las paredes de los cármenes amenazaban con rajarse de un momento a otro.

Incluso los globos y dirigibles amarrados en el puerto sito tras la Alhambra daban la impresión que fueran a entrar en combustión a causa del astro incandescente. Aquel atardecer se veían majestuosos. Unos, decorados con arabescos y la media luna, parecían venir de tierras orientales: turcos quizás, persas tal vez.

Contemplé una nutrida caravana comercial de la que una hilera de mozos descargaba fardos sin descanso como laboriosas hormigas. En otra aeronave, con bandera rusa y emblemas diplomáticos, colgaban numerosas poleas y las grúas se arremolinaban a su alrededor como arañas que pretendieran envolver a su víctima.

Los había de todos los tamaños, diseños y procedencia. Los estandartes tremolaban orgullosos al viento. Era época de comercio y Granada punto de encuentro para personajes de la más variopinta índole. Aquel ancladero de aeróstatos no descansaba nunca.

Andaba ya de retirada por la carrera del Darro, un poco ahumado tras el trasiego de unas jarras de vino especiado. Había pasado con Gerónimo Garay, un antiguo compañero de armas, por la fonda de Don Julito Manteca en la Plaza Nueva, junto a la carbonería, lo que ya de por sí aumentaba la sensación de calor.

Como hombre recio y acostumbrado a peores lides, mantenía el andar recto y el paso digno camino de la pensión en la que me hospedaba desde hacía varias semanas. Se trataba de un pequeño alojamiento en la Plaza de Santa Inés de tan sólo cinco habitáculos, donde se daba bien de comer y, si se terciaba y se estaba presente a las doce del mediodía, previo rezar el ángelus con la señora Angustias, la dueña, había aperitivo: vino negro o cerveza y tapa de jamón o de chistorra con pan. Disponía de una habitación sencilla, ofrecía el aspecto de una celda cenobítica, ajena a todo lujo y esplendor, aunque limpia y agradable. Nada que ver con la grillera donde hasta hacía bien poco me había sepultado.

Razones de economía, o de arcas extenuadas como diría un castizo, hacían que se apagaran las farolas a la medianoche, y dejaran de encenderse las noches de luna. Hacía mal el cielo, pues, en cubrirse de nubes cuando el calendario rezaba luna llena y la municipalidad echaba sus cuentas en eso confiada.

Ante la inoportuna ocurrencia del cielo, pues la noche cerraba lóbrega y triste como el pensamiento de un moribundo, atravesé ojo avizor los puentes que jalonan el Darro. En ocasiones alguna banda de maleantes, como al descuido, esperaba emboscada en las sombras a paseantes bebidos para aligerarles del peso de sus pertenencias.

Los reflejos de la luna hacían que las aguas del Darro espejearan como láminas de plata. Apoyados en los asientos y sitiales del puente se encontraban varias parejas, entre arrumacos y palabras románticas, aspirando el aroma de las plantas perfumadas y oyendo el rumor del caudal del río.

Mas también se podía respirar el ambiente tenso que vivía la sociedad a causa del despotismo, la barbarie y la tiranía seculares. Por eso, según adonde me llevaran mis asuntos, siempre me acompañaban mi pistola y el bastón de puntera metálica y pomo macizo con forma de cabeza de lobo.

Aunque me despedí a una hora prudencial de mi camarada Gerónimo con la excusa de que tenía que partir a Cádiz al despuntar el alba para recoger una mercancía para don Alejo, mi patrón, decidí acercarme a los baños árabes que se encontraban de paso a la pensión.

Todavía, tras algunos altibajos, este establecimiento popular seguía abierto y me propuse recibir uno de esos exóticos masajes, sumergirme en un tonificante baño de agua fresca antes de ceder a un sueño caluroso.

Contaba con un aliciente añadido para el visitante: la cuidada imitación de un serrallo. Los que han tenido oportunidad de disfrutar de sus servicios recordarán sus mullidos divanes de raso, los tapices de Oriente, las camas sobre zócalos de mosaico, las pinturas obscenas, los pebeteros exhalando perfumes embriagadores. Hasta un auténtico eunuco guardaba a las mujeres: argelinas, españolas, circasianas, otomanas. Blancas, morenas y negras, odaliscas todas de belleza extraordinaria.

Ya me deleitaba con el pensamiento de los goces que me aguardaban, cuando me introduje en un callejón lateral para atajar hacia la puerta de acceso a los baños. Justo allí me sorprendió el barullo producido por una golpiza que dos individuos estaban sacudiendo a un anciano.

Primero me quedé un instante parado, asimilando la felonía que sucedía ante mí, pues caminaba muy sumergido en mis pensamientos. Las facciones aguileñas, las guedejas que caían bajo su sombrero y la levita negra delataban a la víctima como hebreo. La edad siempre merece un respeto sin importar la raza, me dije asqueado ante aquella acción execrable. Acto seguido reaccioné ante tal injusticia.

Como hombre de acción y presto a defender siempre al débil, me abalancé sobre el rufián que tenía más cerca. Le agarré de la muñeca y así detuve al puño cerrado que con saña iba a lanzar un golpe al rostro macilento del anciano. Le retorcí el brazo, el bellaco me miró con ojos acerados, confundido por mi inesperada irrupción, y le estampé tal derechazo en la mandíbula que le crujieron los dientes.

Raudo alcancé al otro desalmado, que sujetaba al pobre hombre de los brazos. Soltéle tales guantazos en los oídos que tuvo que asirse las orejas. Liberó a su víctima y se revolvió hacia mí, medio conmocionado, momento que aproveché para propinarle semejante patada en sálvese especificar las partes que soltó un gemido ahogado y se derrumbó. Con un certero bastonazo en la cabeza lo terminé de descalabrar.

Agarré de la manga al aturdido anciano, la nariz ensangrentada, los pómulos amoratados, y, mientras a nuestras espaldas oía quejidos y maldiciones que prescindo aquí relatar por obscenas, nos lanzamos Albaycín arriba, zigzagueando entre los callejones.

El agredido, con una cartera entre los brazos que acunaba como si fuera un recién nacido, corría despavorido, más de lo que uno podía esperar después del maltrato recibido y de su provecta edad. Parecía una liebre perseguida por un galgo. Casi me sobrepasaba, como si le llevara el diablo.

Mostraba su cara un rictus de pánico, sus ojos permanecían casi ocultos tras unas negras y frondosas cejas. ¿De qué tenía tanto miedo? Le acaba de salvar, conmigo estaba seguro, me sorprendí.

Cuando tras varios minutos corriendo consiguió serenarse, paró echando el befo y dijo atropelladamente:

- Marcho a casa. Vivo cerca, en la ciudad nueva –tal parecía que fuera a sufrir un síncope a causa de su estado de excitación.

- ¡Pero límpiese un poco esa cara, que va llamando la atención! -le alcancé un pañuelo-. Y cálmese, ya los dejamos atrás. Ha comprobado que no eran rivales para mí –le ofrecí la mano, esperando que esa muestra de urbanidad le serenara-. No nos hemos presentado: me llaman Ventura.

- Baruch Cohen –me apretó la diestra-. No perdamos el tiempo en cordialidades ahora, por favor. El peligro acecha.

Percatándome de las heridas y los temores que le apabullaban prescindí, no sin pesar, del plan de visitar los baños árabes.

- De nada sirve que le rescate de las garras de unos truhanes si no me aseguro de que llega con bien a su hogar. Le acompaño, señor.

- Gracias, joven. A imitación de la de Dios, vuestra caridad es inagotable.

Salimos del barrio musulmán y nos adentramos en las construcciones más modernas tras andar un poco. Pasada la catedral, entramos en un oscuro portal y subimos por las escaleras hasta la terraza del edificio. Allí recorrimos los terrados de un largo número de casas, un nuevo barrio en las techumbres de la ciudad, cuyas callejas se intrincaban como el primer nudo de un niño que acabara de aprender a atarse los zapatos.

Granada, desde hacía aproximadamente un siglo, y tras las migraciones desde el Reino de Portugal para la construcción de las líneas de cañones de la costa y el regreso de los judíos tras el Real Decreto del Retorno, se convirtió en un hervidero de gente que iba y venía.

Entonces empezó la escasez de viviendas.

Para paliar esa carencia se edificaron en las partes altas de los edificios, a la manera de las colmenas, casas, e incluso pequeños negocios, de tal manera que incluso a esas alturas se construyeron calles alternativas, comunicándose unas con otras, edificio a edificio, mediante puentes bien asentados. Contaban con sus propios autobuses y una línea aérea, un dirigible de bolsillo le llamaban, que circundaba toda la parte nueva de la ciudad.

A aquellas horas todavía había gente allí arriba, reacia a acostarse, disfrutando de la fresca y de los servicios de algunos bares y casas de alimentación abiertos.

Al fin, mi amigo sobrevenido se dirigió escaleras abajo y en un cuarto piso entró llave en mano en una vivienda. Con celeridad cerró tras de sí, apoyó la espalda tras la puerta y dio un resoplido de alivio con los ojos cerrados.

Salió del interior de la vivienda una muchacha menuda de bella faz, ataviada con un vestido sencillo y un delantal. Una sombría expresión de sorpresa apareció en su delicado rostro ovalado.

- Padre, ¿qué le ha pasado? ¿Qué es esa sangre en la cara? –sus ojos negros se nublaron como una noche de tormenta, se estremeció involuntariamente, pero al momento se rehizo.

Le tomó del codo, acompañándolo del brazo hasta una modesta salita, donde reinaban un orden y un aseo impecables.

- Nada, Sara, no te preocupes –contestó con cierto desánimo-. Unos sinvergüenzas han intentado robarme por el Albaycín.

Buen conocedor de las cuitas de las féminas y de la solícita atención con que atendía la tal Sara a su padre, no pude dejar de mostrar mis méritos.

- Y ya han sido debidamente amonestados. No se exalte, señorita.

- No soy una mujer histérica, ni dada a los desmayos –me dijo lanzándome una adusta mirada de reconvención-. Afortunadamente, usted impidió que lo mataran, señor... –alzó una ceja en signo interrogativo.

- Ventura.

- Sois modesto. Solo empleáis parte de vuestro nombre. ¿O es vuestro apellido, señor Ventura? –la joven había empleado un tono cáustico y me miraba con curiosidad.

- Ventura me llaman. La buena, para mis amigos y aliados. La mala, la reciben quienes se enfrentan a mí. Mi nombre es mío. Me lo guardo para mí. Espero que no se ofenda.

- Ofenden quienes agredieron a traición a mi padre. ¿Pero quiénes han podido ser? –sus pupilas echaban lumbre, muestra de un carácter indomable.

Sentí una simpatía inmediata por aquella joven capaz de gobernar sus nervios con tanta firmeza y poseedora un espíritu tan recio.

El silencio obstinado del anciano, combinado con las miradas de inteligencia intercambiadas entre padre e hija, me hizo maliciar que Cohen estaba asustado no tanto por el ataque como porque sabía la respuesta a la pregunta de Sara y se negaba a expresarla en palabras ante mí.

Decidí meter baza, escamado por lo sucedido. Sobre todo, porque el hombre aún no había soltado la cartera de entre sus manos sarmentosas.

- Solo cometerían tal iniquidad con un venerable anciano unos rufianes sin entrañas –respondí a la pregunta de la joven.

- Sí –Sara me concedió una sonrisa de circunstancias-. En esta ciudad a nuestra raza no se la aprecia como antaño.

- No eran meros alborotadores. No se engañe, señorita. De ser enemigos de los hebreos os hubieran injuriado y escupido mientras repartían estopa. Eso no lo vi yo. Tampoco ladrones: con un buen coscorrón dado por la espalda os hubieran desvalijado con total tranquilidad. ¿Y asesinaros? Un disparo o una navaja silenciosa hubieran bastado.

- Parece que conocéis en profundidad la delincuencia. Demasiado, incluso –ambos me miraban un tanto despavoridos, a la expectativa.

Creo que entonces sospecharon que habían dejado entrar al zorro en el gallinero. No me quedaba sino abordar con franqueza el origen de mi experiencia.

- Fui militar y soy hombre de mundo. Conozco un poco el funcionamiento de esas sociedades de malhechores, tanto aquí como en el extranjero. Si hubieran querido matar o robar a su señor padre –lancé una mirada al anciano, que me observaba sin abrir boca-, no se hubieran molestado en ablandarlo antes. Y usted acaba de decir que le salvé de que lo mataran, cuando su padre solo había mencionado un intento de robo. Era, por tanto, el aviso de un enemigo.

- ¿Cuál? –exclamaron casi al unísono.

- ¿El enemigo? Ustedes lo sabrán mejor que yo. El aviso, uno evidente. Quien se oponga a sus designios, deberá atenerse a las consecuencias. De hecho –me dirigí a ella, mirándola fijamente como queriendo adivinarle el pensamiento-, me atrevería a aventurar que la siguiente víctima sería usted.

- ¿Yo? –Sara se sorprendió.

Baruch se enderezó en el sillón como movido por un resorte.

- Cabal. Quitarían a su padre esa cartera que tanto aprecia tras dejarlo para el arrastre ¿Y quién lo recogería malherido? Nada más fácil para sacarla de su escondite y recibir el mismo castigo u otro peor... como robaros además la honra. A partir de ahí el mensaje queda muy claro para cualquiera que planeara resistirse a sus planes –cruzaron otra mirada tras la exposición de mis especulaciones-. Pero habéis escapado de sus garras, por fortuna.

- Por fortuna, no. Gracias a su valor. Ahora tenemos que hablar con la comunidad para que nos protejan.

Baruch asintió en silencio a las palabras de su hija.

- Parecéis un hombre de recursos. Quiero contrataros –el anciano hablaba ahora en un tono mesurado. Entonces pude apreciarle un acento ligeramente extranjero-. Sí, teníais razón. Quieren esta cartera. Necesito que la entreguéis a una persona de Cádiz, quien se encargará de poner a salvo su contenido. Estarán atentos a uno de los nuestros, mas no a un gentil.

Medité la cuestión para mis adentros. La misión de don Alejo, mi patrón, había de llevarme también a Cádiz. Feliz coincidencia o un regalo del destino. En mi caso, ambas opciones solían amoscarme. Sin embargo, nada más fácil que matar dos pájaros de un tiro.

El dinero siempre es bienvenido, máxime cuando acariciaba la idea de iniciar una nueva vida en las Américas. Y comprar una patente de corso era caro, por no hablar de adquirir la aeronave y enrolar la tripulación necesaria para dedicarse al honorable negocio del filibusterismo.

Una mala experiencia en un trabajo reciente para un tercero me hacía recelar. Por causas que se dirán al lector a su tiempo, necesitaba asegurarme de que no era una trampa hábilmente urdida.

- ¿Esa no sería misión para un Golem? –golpeé el suelo suavemente con el bastón-. Dudo que ninguno de esos rufianes pudiera nada contra él.

- Creo que sobrevaloráis mis capacidades. Hace falta la autorización del Sanedrín, el trabajo ímprobo de un rabino experto en la Cábala... y por último, y no menos importante, estaría el permiso de la Inquisición.

Se encogió de hombros como queriendo decir que las tareas de Hércules serían una empresa más sencilla.

- No dudo que un hombre con una importancia para su comunidad que puede calibrarse considerando las amenazas que os acechan, merecería y conseguiría ese esfuerzo. En cuanto a los implacables guardianes de la sacrosanta fe –no pude evitar cierto tono de mofa- se les engaña con más facilidad que la que ellos se atreverán a reconocer.

- Un golem no es más que un ser de barro, al fin y al cabo.

- Como lo fue Adán, cuando Dios nuestro Señor le insufló el hálito de la vida –repliqué con el acento de la mayor convicción.

- Además del valor, sería hacer a usted una grave injusticia negarle el don de la perspicacia –Baruch me lisonjeó e hizo una leve inclinación de cabeza-. Sí, el golem es una opción. Sin embargo, llamaría demasiado la atención cuando se requiere el máximo sigilo. Ya he comprobado en mis propias carnes que nos vigilan –se condolió-. Además, esos seres son muy literales en cuanto al cumplimiento de las instrucciones recibidas, incapaces de reaccionar frente a los imprevistos. Si le preocupa el precio...

- Me preocupan, por decirlo así, los motivos. Ya tuve que arrepentirme al servir de buena fe a alguien que, sin saberlo, me utilizó para sus turbios negocios. A veces el dinero no basta para pagar según qué servicios realizados a ciegas.

Padre e hija volvieron a mirarse. Ella hizo un leve gesto de asentimiento. El anciano entonces tomó la palabra.

- Mi principal recibió una carta con varios documentos de un banquero de Londres. Como corresponsal suyo en España daban orden de que determinado caballero recién llegado pudiera disponer de cincuenta mil duros al contar con una letra contra dicha banca londinense. Esa suma haría que se le admitiese en los mejores círculos con la mayor confianza. Sin embargo, algo en la carta le hizo recelar y me encargó la comprobación del sello y la firma. Descubrí pequeñas diferencias respecto a los originales, con lo que no se entregó cantidad alguna hasta que se recibiera de Londres la pertinente confirmación escrita. Así, ese farsante, ahora resulta evidente su oprobiosa condición, quiso silenciarme al saber –no sé porqué medios- que iba a informar de una posible falsificación. De conocerse sus trampas, su fachada se desmoronaría, amén que la justicia pudiera tomar cartas en el asunto. Esta cartera contiene el Libro de Firmas que atestigua mis sospechas –la abrió y me enseñó un mamotreto de cubiertas repujadas escrito en hebreo.

- Entiendo. Un pájaro de altos vuelos. Cuente conmigo, pues.

- Cerremos entonces el trato.

La primera acción realizada ante desconocidos es la que generalmente da concepto al hombre que de nuevas se presenta ante aquéllos. La mía no podía haber sido más valerosa y honorable. Por eso confiaban en mí en ese momento.

De igual manera, creía que aquellos dos no me mentían. Tal vez no me dijeran toda la verdad, aunque ese era un problema de otra ralea.

- No quiero dinero en efectivo –medité mis palabras-. Deseo adquirir una patente de corso para trabajar en las Antillas. Necesito financiación.

- No es poco lo que pedís. Esa inversión requiere una buena cantidad de fondos. Las Antillas... os enfrentaréis a una dura competencia: franceses, ingleses, holandeses –ya no era un anciano asustado, sino un hombre de negocios. La edad aún no había moderado el fuego de su firme y penetrante mirada.

- No busco su filantropía, sino acordar un trato justo. Recibirá usted, o su banco, un porcentaje de los botines. Dejo en sus manos la decisión sobre el mismo –lo prioritario para mí era conseguir esa suma para iniciar tal aventura.

Podía parecer desesperado, sí, pero también estaba apelando a su sentido del honor.

- Me habéis salvado la vida y salvaguardado con ello los intereses de mi pueblo. Puede el hombre ser avaro de lo suyo, mas no miserable; dar cabida en su corazón a la desconfianza, pero no a la maldad. No, entre socios –me alcanzó la mano, que encajé con cordial solidez-. Trato hecho. Los detalles los discutiremos cuando llegue el momento.

- Así sea.

- Ahí tenéis anotado el nombre de la persona que concluirá el negocio y su paradero –me alcanzó un billete-. Su barco zarpa en dos días.

- Si algún día necesita usted de mi apoyo y protección, ya sabe que manejo con soltura los puños, además de la espada y la pistola. Y siempre cumplo mi palabra.

- Confío en que cumplirá este encargo a plena satisfacción. Sé que no olvidará su palabra, no hace falta tanto celo –se despidió el anciano mientras me daba la mano otra vez.

- Sería preciso que yo muriera para que la olvidara –me salió de dentro con más ceremonial de lo que pretendía.

- Mejor procure vivir y no olvidar –sonrío el señor Cohen con gravedad patriarcal.



Próximamente, el segundo capítulo: Un encargo misterioso

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Re: El hombre sin alma, una novela de aventuras para chicos y mayores

Mensaje por Lord Trolex el Sáb Dic 15, 2012 2:24 pm

Gracias por aportar su creación literaria caballero!

PD: Muevo a sección correspondiente

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Re: El hombre sin alma, una novela de aventuras para chicos y mayores

Mensaje por El hombre sin alma el Sáb Dic 15, 2012 3:55 pm

Gracias por moverlo al sitio correcto.

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Re: El hombre sin alma, una novela de aventuras para chicos y mayores

Mensaje por El hombre sin alma el Jue Dic 20, 2012 6:24 pm

CAPÍTULO II. UN ENCARGO MISTERIOSO

Uno de los aspectos positivos de trabajar para don Alejo consistía en que para los encargos de fuera de Granada me permitía usar su landó a vapor. Me encantaba dirigir con mano firme aquella máquina de acero, sentir el azote del viento en mi rostro, curtido por la intemperie y la pólvora de las batallas, y flagelado entonces por la ceniza de carbón del motor y el polvo de los páramos, arrastrados por las ráfagas de aire.

Había salido a primera hora de la ciudad. Esperaba llegar antes del anochecer a Cádiz. Era mejor viajar durante el día. Con la oscuridad, algunas carreteras se tornaban peligrosas a pesar de los puestos de la Guardia Rural. Los viajeros solitarios eran objeto de la codicia de las bandas de bandoleros y de los émulos de los Siete Niños de Écija.

Los vidrios retemblaban ligeramente a causa de la velocidad. Los postes de telégrafos desfilaban raudos a ambos lados del camino. Conducía sumido en mis cuitas, mientras atravesaba caminos solitarios, estimulado por el ronquido animoso del motor y el monótono rumor de las ruedas.

Me alegraba de llevar una vida más ordenada, rumiaba para mis adentros.

Dentro de poco, este encargo me demostraría que esa calma no era más que un espejismo. Pero no adelantemos acontecimientos antes de tiempo.

Permítanme que les ofrezca unas breves pinceladas sobre mi persona. Había sido militar hasta hacía bien poco. El régimen castrense, con su vida de camaradería y aventura, era atractivo, pero no dejaba de ser entonces, igual que hoy en día, un poco estrecho de miras cuando no posees los galones adecuados ni cuentas con padrinos en las altas esferas. Sin embargo, era la única forma de ascender socialmente para los que somos del pueblo y no contábamos con un tío en las Américas que nos arreglara el porvenir.

La pérdida de dominios del imperio, los chanchullos políticos, las ínfulas de los altos mandos, la baja soldada, el hartazgo de sufrir a superiores incapaces y prepotentes, y ciertos episodios en ultramar me hicieron reconsiderar mi futuro.

Lo cierto es que fue una grave herida la que propició mi licencia del servicio activo. Así volví a España, donde nadie me esperaba, pero convencido que la mejor tierra del mundo es aquella donde uno ha sido bautizado.

Ese regreso forzoso supuso que mi vida diera un vuelco. Me había convertido de golpe en uno de tantos militares pundonorosos y valientes a los que, después de regar con su sangre cien veces los campos de batalla, se les aparta del servicio de las armas cubiertos de heridas y cargados de desengaños. Con una pensión misérrima, el orgullo malherido, el carácter amargado y taciturno, medio lisiado, y sin expectativas en el horizonte, tomé el mal camino.

Mirando atrás, y no hacía falta remontarse demasiado, empecé ofreciendo mis habilidades a Tasio Bauzán, un conocido prestamista local. Cuando alguien no hacía frente a sus pagarés, me tocaba avisarle de las funestas consecuencias que conllevaba no pagarlos. No era muy honorable para un antiguo oficial enzarzarse a golpes con quien no se mantenía cuestión alguna en lo personal, pero me resultaba preferible a trabajar de sol a sol como una mula en una fábrica por un sueldo de risa.

También ejercí otras funciones igualmente reprobables, de las que tal vez más adelante dé cuenta en este libro. Había caído presa del más terrible embrutecimiento moral.

Esas páginas negras de mi vida fueron arrancadas de cuajo tras las llamada de mi entonces patrón, Don Alejo García-Pedreño y Villaescusa, un conocido prohombre granadino. Sin perder del todo mi independencia, ejercía una actividad en ocasiones aventurera que me llenaba de placer y a la vez me suponía una gratificación económica.

¿Cómo llegué a su servicio?, se preguntarán.

Por mediación de su sobrino, Leopoldo Villaescusa Silvela, antiguo compañero mío de armas en Filipinas. Con mayor fortuna en la carrera militar y, todo hay que decirlo, con mayor empeño que un servidor, llegó a adquirir el cargo de gobernador de las Islas Carolinas, conocidas también como Nuevas-Filipinas.

Fue, en mi opinión, un buen gobernante, severo en aquello que debía de serlo y justo en su administración, mas los nativos iniciaron una revuelta que hasta aquellas fechas me preguntaba a qué fue debida. Surgió como un rumor, un odio turbio que se respiraba primero en la selva, luego en los poblados e iba saltando de isla en isla, percibiéndose el ánimo encrespado de los indígenas. Los aires de rebelión en Filipinas se habían extendido por la región como una nube tóxica y dañina. De eso hablaremos más adelante si se tercia.

Calificarme de hombre de confianza de mi patrón sería un ejercicio de soberbia, ¿o debería decir vanidad?, por mi parte. Su mayordomo, Cipriano Peralta, ejercía de mano derecha en las tareas domésticas. Yo más bien era el alfil encargado de las encomiendas más personales.

Se supone, y era mucho suponer, que servía tanto para arreglar un roto como un descosido. Aquel genio y erudito, abstraído en el sueño de sus teorías científicas y sus inventos mecánicos, necesitaba alguien capaz de bregar en el fango. Ese era yo.

Él se codeaba con lo más granado de la sociedad en el Teatro de la Ópera; yo, con lo más chabacano en los teatros de variedades y las corralas. Él debatía sobre los asuntos del día en la Real Sociedad Patriótica de la muy Noble y muy Leal Ciudad de Granada, mientras yo criticaba a diestro y siniestro con mis camaradas de Los Numantinos. Él daba charlas magistrales en el Real Instituto Industrial; yo he relatado mis anécdotas de veterano en ultramar a cambio de una jícara de vino. Sin embargo, a ambos nos unía Leopoldo, su sobrino, mi amigo. Mi mejor amigo. Podía haber elegido otras amistades, una infinidad de ellas, de mejor pelaje que yo, pero las circunstancias nos habían unido con lazos indestructibles.

Y así, recordando ese pasado borrascoso (que me ha permitido servirles un ligero esbozo de mi persona) y recreándome en mi bonancible estado de aquel entonces, llegué a Cádiz, en el horario planificado, detalle que le hubiera encantado a la mentalidad germánica de don Alejo.

La ciudad, lejos de su tono festivo y cordial, permanecía atenazada por un peligro insidioso: un brote de cólera. Cólera morbo-asiático, le llamaban los diarios. Aquel origen, lejano e ignoto para muchos, parecía agravar todavía más el carácter maligno de la enfermedad.

En calles y plazas se mezclaban el llanto de la desesperación por los moribundos, con el fervoroso clamor de los sacerdotes y el aterrador golpeteo de los martillos que fabricaban ataúdes. Aunque la autoridad había tenido la prevención de que las campanas no doblaran a muerte ni las fúnebres campanillas resonaran por las calles, el terror empezaba a desatarse en la población.

Me sorprendió el tintineo de una campanilla del Viático. Ante ese sonido unos se encerraban en casa, temerosos de un posible contagio. Otros descubrían la cabeza. Algunos doblaban la rodilla en tierra para saludar el paso del sacerdote que desafiaba el bando con la prohibición del Gobernador civil, y hasta el más elemental sentido común, y se dirigía a purificar un cuerpo enfermo con la hostia consagrada y a recibir, posiblemente, el último suspiro de un pobre infectado.

A aquellas horas de la tarde, los rayos del sol caían oblicuos y el suelo parecía rajarse de calor. Caminaba con paso apresurado, no solo por cumplir el encargo para Baruch Cohen, sino también por el ambiente incendiario que latía en las calles, donde todavía flotaba el olor al humo de los incendios. Según me enteré por el dueño del garage donde dejé el vehículo, el día anterior una turba enfurecida se había lanzado a un enloquecido progromo contra las iglesias y conventos de la ciudad.

Los maledicentes esparcían rumores que se propagaban tan rápido como el cólera. Se había extendido entre el pueblo que se había visto a un aguador contaminando las aguas de una fuente pública a instancias de los jesuitas. También se achacaba a estos el envenenamiento de diversos productos alimenticios.

Con los ánimos exaltados por la natural preocupación ante una enfermedad que amenazaba con el establecimiento de una cuarentena en algunos barrios de la ciudad, una plaga que hacía caer como moscas a familiares y conocidos, aquella murmuración, fuera patraña o no, se convirtió en la chispa que hizo explotar el descontento popular.

Patrullas de soldados se cruzaban con los carros que transportaban los cuerpos de los fallecidos, seguidos por algunos allegados de riguroso luto. Una de aquéllas me detuvo, examinando con detenimiento mi carta de seguridad. Expedida “a diligencias propias”, me dejaron marchar sin hacerme preguntas.

Los dolientes se enjugaban las lágrimas. En ese trance muchos cristianos olvidaban que al traspasar el umbral de la muerte comenzaba una eternidad libre de miserias y amarguras. Al menos eso es lo que enseñan las Sagradas Escrituras, siempre prestas a mostrar el camino de la resignación y la esperanza cuando más útil fuera no servir de coartada para los intereses de los poderosos amigos de la Iglesia.

Por fin llegué a la calle de la Judería. El billete recibido especificaba los datos del caserón donde debía encontrar a Samuel Leví, y no tardé en hallarlo.

Llamé a la puerta con dos aldabonazos. Un rapaz de mirada escurridiza se perdió en su interior cuando le entregué el billete con el sello de Baruch Cohen. Al poco apareció en el portalón de la entrada un hombre de regular estatura, con una frente despejada sobre la que se despeñaban algunos cabellos canos hacia unos anteojos apoyados en una nariz de ave rapaz.

- Baruch me avisó de su llegada y el asunto que le trae hasta aquí a través del teletrófono. Pase, por favor, el ambiente está revuelto y las paredes tienen multitud de ojos y oídos alertas.

Me condujo hasta un agradable patio interior, con las paredes tapizadas de tiestos con flores y plantas, protegido de la canícula del exterior.

Nos guarecimos a la sombra de un platanero, porque el sol nos hacía guiñar los ojos más de lo justo.

- Aquí tiene –le entregué la cartera con toda la solemnidad que la ocasión requería. Para mí significaba, nada más y nada menos, que la futura posesión de una patente de corso.

Me hizo un signo para que me sentara enfrente de él.

El hombre abrió la cartera con no menos ceremonia, sacó el libro, se quitó las gafas para mirarlo mejor, contempló con atención la portada de cuero repujado del libro, comprobó al azar el contenido de varias páginas y lo devolvió de nuevo a la cartera.

- Bien. Esta noche partiré hacia Orán para ponerlo en manos de nuestros copistas –tomó la copia que acompañaba al billete y lo cumplimentó con una firma de caligrafía oriental-. Aquí tiene. Gracias.

- De nada -me levanté con la intención de marcharme tras guardar el recibo a buen recaudo.

Nunca había ganado tanto con tan poco esfuerzo, pensé en aquel momento.

- Un instante, por favor. ¿Qué pensarán las paredes si se marcha con las manos vacías? –me regaló una sonrisa ladina. Dirigió unas palabras en hebreo al mismo mozuelo de antes-. Dentro de poco es el Rosh Hashaná. Nuestro Año Nuevo. Ahora mi nieto Yehuda le entregará una cesta con dátiles, frutas y verduras con las que celebramos la cena familiar que conmemora esa fecha. A algunos gentiles les gusta.

El chico me entregó la cesta con una sonrisa tímida, mientras su abuelo le acariciaba el cabello.

- Gracias. Shalom –atiné a despedirme.

- Erev tov.

La primera parte de mi misión había concluido. Apreté el paso camino del puerto para cumplimentar la segunda.

El patrón me había indicado que los custodios del paquete que debía recoger en su nombre eran los hermanos Garza. Llegarían en el “Trinidad” y me acompañarían de vuelta a Granada. O era muy importante o muy pesado, aunque en ese caso siempre podía contratar los músculos que hicieran falta para transportarlo al auto.

Dejé de cavilar sobre el asunto. Don Alejo tendría sus buenas razones cuando disponía eso.

Cuando trabajaba para otros, yo solo ejecutaba, no pensaba. Tal vez no fuera muy inteligente por mi parte, lo admito. En cambio, puedo asegurarles que resultaba de lo más conveniente.

Recordé las palabras del coronel Bohórquez, al mando de mi regimiento: “Nunca os ascenderán por pensar, sino por el estricto cumplimiento de las órdenes recibidas. A veces tus superiores tienen razones que no alcanzas a ver, y tal vez que ni puedas comprender”.

Así nos iba la guerra, las guerras, para ser más exacto... pero esa es otra historia que ahora no quiero recordar. Aun así, a veces se hacía difícil cerrar los ojos ante ciertas situaciones.

A las malas aprendí que pensar por uno mismo y, sobre todo, expresar esos pensamientos en voz alta, servía para que te ordenaran tomar una colina sin el menor valor estratégico con el único objetivo de hacerte perder todos tus hombres en el empeño, como le pasó a un lenguaraz capitán que osó discutir las órdenes en una reunión de oficiales. Así que mis cuitas las guardo para mí, no sea que el tiro me salga por la culata.

Paseé la mirada por el fondeadero buscando el “Trinidad”. Las luces del sol se batían en retirada como una caterva de mambises puestos en desbandada por una carga de nuestros soldados metálicos, obligándome a aguzar la vista.

Tan pronto como lo descubrí sentí una punzada de decepción. En primer lugar por tratarse de un bergantín, y no un piróscafo o barco de vapor. Raciociné entonces, con escaso acierto como pronto sabría, que el encargo que me esperaba no sería de tanta importancia si había viajado en un transporte más lento.

En segundo, y peor aún, porque no habían bajado la escalerilla.

- ¿No van a desembarcar los del “Trinidad”? –pregunté a un estibador en retirada.

- Hoy no. Ya es tarde. Los encargados de la sanidad y el teniente de carabineros no lo revisaran hasta mañana –dijo con tono ligeramente gangoso.

Faltaba el vejamen del fisco, pues, me amosqué.

Me consolé recordando el éxito de mi otra misión en Cádiz y la misma arribada de la nave, pues se rumoreaba que el puerto iba a cerrar y no se admitirían más barcos hasta nueva orden a causa de la epidemia.

La suerte seguía sonriéndome, me dije, tan ufano como cuando salen los fieles de vísperas.

Infeliz de mí. La rueda de la fortuna gira de forma caprichosa.

Nunca lo hace a gusto de todos, como iba a descubrir más pronto que tarde.

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Re: El hombre sin alma, una novela de aventuras para chicos y mayores

Mensaje por El hombre sin alma el Jue Dic 27, 2012 6:03 pm

CAPÍTULO III. LLEGAN MALAS NOTICIAS


Volví al puerto cuando la aurora comenzaba a derramar los primeros albores de la mañana sobre las azuladas aguas del océano. Formaban un bosque los palos y las jarcias de los numerosos buques anclados. Las gaviotas sobrevolaban las olas a la caza de pececillos. Mar adentro se avizoraban las velas de las barcas de los pescadores. Un día esplendoroso, sin una nube que turbara el plácido firmamento.

Me felicité contando con la pronta conclusión de mis negocios en Cádiz y mi próxima partida de esa ciudad enferma. Sin embargo, las cosas casi nunca son como uno se imagina y muchos menos resultan como se las espera.

Marineros y mozos del puerto se afanaban en liberar al barco de la carga del “Trinidad”. El capitán, un hombre de arrogante estatura y rostro impasible, con las manos entrelazadas en la espalda, voceaba órdenes con voz áspera, pensando seguramente en el próximo flete mientras calculaba las ganancias de este.

- Buenos días, señor. ¿Sabe usted dónde puedo a encontrar a dos de sus pasajeros, los hermanos Garza? –pregunté con tono respetuoso tras quitarme el sombrero.

Me miró de hito en hito, como si acabara de interrumpir una ceremonia sagrada.

- ¡Venga, que es pa’hoy! –chilló a unos estibadores antes de contestarme-. Algunos viajeros han partido; otros, no lo sé. Yo solo soy responsable de su transporte. Todos han llegado bien. Allá ellos una vez arribados al destino –remató con petulancia.

Se giró, dándome la espalda, para proseguir ladrando instrucciones.

No puedo decir que me molestara el carácter arisco de aquel hazteallá. Esa era una característica que me hermanaba con él. Además, cada uno tiene su genio y hay que respetar el del prójimo.

Divisé a un grumete. Con una mano le hice una seña para que se acercara. Con la otra le mostré una moneda de un cuarto.

- Entrega esta nota a los señores Garza –le entregué la moneda.

- ¡Al punto! –se llevó una mano a la visera de la gorra y partió raudo, lejos de las rapaces miradas de su capitán.

En el billete pedía a los responsables de la carga destinada a don Alejo que, una vez concluidos los trámites aduaneros, acudieran al cafetín de los Ballester, donde les aguardaría.

Me gustaba el olor a salitre. Era la fragancia de la libertad, del mar inmenso y sin fronteras. Con el céfiro matinal acariciándome la cara, paseé hacia la fonda con paso relajado.

Un corillo de ociosos atrajo mi atención. La curiosidad me llevó hasta ellos. Unos marineros comentaban a media voz que se había avistado en el Mediterráneo un kraken.

Uno dijo, mientras se persignaba con más fervor que en la misa dominical, que era una creación maléfica de los darwinistas británicos y su misión consistía en hostigar y hundir a las naves españolas que quisieran atravesar el estrecho de Gibraltar.

Aquella conversación me devolvió de golpe a la realidad, la de la guerra permanente y sin tregua contra los enemigos del Imperio español, de la que yo mismo había formado parte hasta hacía unos pocos meses.

Se preguntaban, con una preocupación que yo también compartía, si los exorcistas de la Inquisición podrían conjurar ese peligro. Se me heló la sangre cuando uno anunció que el bergantín en el que embarcó ayer Samuel Leví con la cartera de Baruch Cohen habría sido la primera víctima de ese monstruo marino.

- Una fragata de patrulla por la zona cablegrafió esta madrugada que había encontrado restos de ese navío.

- ¿Cómo es posible? ¿Tan pronto? –no pude evitar expresar mis dudas en voz alta. Tal vez alguno de esos avezados hombres de mar también las tuviera, pero ninguno respondió-. ¿Habrán sido piratas? No es descabellado pensar que la fragata que mencionaban estuviera patrullando precisamente en busca de piratas berberiscos.

- Hasta que la fragata no arribe a puerto no sabremos realmente a qué pecio corresponden los restos encontrados. Mientras tanto nos toca conformarnos con las habladurías.

- ¿El primero de cuántos será? -se dolió uno de ellos con tono sombrío.

- Más madres que llorarán como una Magdalena la pérdida de sus hijos y maridos, pobres marinos que ahora reposarán en el mar, hambrienta sepultura en cuyo fondo son pasto de los peces.

- El buen marino debe sepultarse con el buque que le sostiene –repuso otro que fumaba una pipa de raíz de olivo con adornos de metal, con el rostro tan tostado como el de sus compañeros,

- Sí. Mas una cosa es sucumbir al empuje de un huracán; otra muy distinta, al ataque de un monstruo.

- Todos los Ictíneos II de la base de submarinos de Cartagena han zarpado de caza. La patrullera “Vigilante” también ha salido con el alba del puerto. Ojalá los barcos-pez den buena cuenta de esa monstruosidad –anunció el más veterano de los presentes con gesto adusto.

Al menos guardaba el recibo que certificaba la entrega de la cartera. Yo había blasonado ante Baruch Cohen de ser hombre de palabra. Esperaba que, a pesar del funesto incidente, él también cumpliera su parte del trato acordado.

Esa duda me atormentaba cuando entré en el cafetín de los Ballester. Quise tranquilizarme con el convencimiento de que, entre gente honrada, la palabra dada es la mejor firma del mundo.

Con el ánimo abatido me dejé caer sobre una silla, más que me senté. Tabaleé con los dedos sobre una mugrienta mesa de pino.

Allí dentro olía a refectorio de convento de Franciscanos.

- ¿Café? –me preguntó lacónico un mozo con el mandil remendado al tiempo que limpiaba la mesa con un paño de color indeterminado.

- Con una copa de marrasquino –ordené como abstraído.

Lancé una mirada general a toda la gente que se hallaba en el café. Oscuros episodios del pasado me habían enseñado a avizorar en busca del peligro al entrar en un lugar desconocido y lleno de extraños. Hay costumbres que no se pierden ni cuando te conviertes en un civil.

El mozo sirvió en silencio el pedido. Cuando me llevé la copa hacia la boca, el olor casi me tiró de espaldas. Casi seguro que por esos mundos de Dios había bebido brebajes tan infectos, o incluso más, de manera que lo apuré de un trago. Con un chasqueo de dedos pedí otro. Lo que no mata, desinfecta las entrañas.

En una mesa cercana cuatro hombres con apariencia de estibadores hablaban de sus cosas con un vaso de cerveza delante de cada uno, y un recio cigarro de papel en la boca o en la mano. Murmuraban sobre los carros hacinados de víctimas por el cólera que se llegaban hasta las parroquias. La enfermedad era una ominosa sombra que se cernía sobre Cádiz, oscureciendo el corazón de sus habitantes.

Unos pasos firmes acompañaron la entrada de una patrulla de la Milicia Urbana. De golpe el silencio se hizo evidente: el rasgueo de una guitarra se detuvo, las conversaciones cesaron, el tintineo de platos y vasos murió.

Paseaban con mirada ceñuda entre las mesas. Buscaban a algunos de los alborotadores del cólera. El oficial al mando envainó el sable y tomó el rollo entregado por un ayudante.

- ¡Atención todos al presente bando real! –carraspeó y comenzó la lectura del rollo desplegado-. “Su Majestad el Rey, y en su Real nombre el Consejo de Gobierno y el de Ministros en todo conformes, profundamente afligidos por los inauditos desórdenes cometidos el día de ayer, quiere desengañar a todos los vecinos honrados, cuya opinión ha podido ser extraviada con falsos rumores propagados por los enemigos del orden público y de las sabias instituciones acordadas por S.M. La alteración ha sido controlada y el sosiego del todo restablecido, habiéndose arrestado a algunos individuos, a los cuales y a sus cómplices ha resuelto S.M. se les aplique todo el rigor de las leyes.

De Real Orden se les comunica a ustedes para precaver cualquiera mal resultado que noticias fraguadas por la intriga o la impostura pudieran producir en la ciudad de Cádiz” –alzó la mirada del pliego y entonó a voz en grito:- ¡Dios guarde al Rey muchos años!

Sí, pero preferiría que lo guardara bien lejos de los españoles, pensé mientras contemplaba el vaso de licor para disimular mi desagrado.

Un silencio sepulcral recibió el final de la comunicación oficial. Aprovechando el mismo, la tropa se marchó por donde había venido. Las conversaciones empezaron a renacer, aunque con el tono prudente de un coro de cartujos.

Una hembra de rompe y rasga ataviada con un mantón de Manila se me acercó. Tenía toda la pinta de ser una mujer de la vida y su cara empolvada no era un detalle menor.

- Toma una copa solo. ¿Me invita a una?

- No quiero –la respuesta desabrida la dejó descolocada unos segundos.

- ¿Está usted enfermo? –señaló al segundo vaso de licor que todavía no había tocado-. ¿Prefiere, tal vez, otro tipo de compañía? Puedo facilitársela, caballero –me ofreció con un zalamero guiño de ojos.

- Ese brebaje está infecto. Sabe a tónico para el dolor de muelas –exageré tras sorber la copa con la misma atención que si pretendieran averiguar la añada del mejor Rioja-. Son de sobras conocidas las virtudes de combinar un buen vino con una mala mujer, pero el licor de esa taberna solo servía para desinfectar heridas. Ahora espero a alguien. Buenos días, señorita.

- Nos dé Dios –se marchó con actitud compungida ante mis desplantes.

Mi carácter taciturno no ganaba nada cuando mi sexto sentido me prevenía que algo fallaba. El no saber de qué se trataba me incomodaba todavía más. Tenía la molesta sensación de unos ojos invisibles clavados en mí.

Volví a repasar con la vista el local. Ya se sabe, la costumbre es una segunda naturaleza.

Las mesas donde se jugaba al mus, tute, solo y tresillo todavía permanecían huérfanas de jugadores. Los parroquianos confortaban sus estómagos con copiosos desayunos, olía a sopa de ajos con huevo y a bacalao, y reanudaban las primeras tertulias del día tras el susto de la Milicia Urbana.

Entorné la vista, me incliné hacia adelante en un vano intento por vislumbrar entre las sombras, cuando un nuevo cliente arribó al local, encaminándose a la barra. Ante su presencia, uno de mis vecinos de mesa saltó como un resorte.

- ¡Ballester! En qué cochambroso antro has convertido tu negocio –el aludido le lanzó una mirada hosca-. ¿Ahora permites beber a los salvajes y compartir mantel con nosotros?

- Si pagan como tú, faltaría más –limpiaba un vaso con la misma parsimonia que si se tratara de un jarrón chino de porcelana-. El que no pague o cause disturbios, puede irse con la música a otra parte.

El recién llegado tenía todo el aspecto de un indígena. Con la esperanza de que se tratase de Garza, también me levanté. Si montaban un escándalo y volvía la Milicia, todos mis planes podían trastocarse.

- ¡Señores, tengamos la fiesta en paz! –empleé mi mejor tono de mando de oficial-. ¿Acaso no dijo el Mártir del Gólgota: “todos hijos de Dios, todos hermanos”?

- Uno de esos morenos, bestias acostumbradas a tomarse la ley por su mano, asesinó a mi hermano en América –repuso con hiel en la voz-. Y no todos abrazan nuestra santa fe cristiana. ¡Adoran a sus salvajes dioses! Esos idólatras les ofrecen sacrificios humanos.

Aquel hombre, de cabellos indomables y feo como un ogro, pateó una escupidera. Se empecinaba en buscar pelea con aquel indígena.

La combinación entre el alcohol y el odio formaba un mejunje explosivo, pensé. No sería la primera vez que observaba sus devastadores efectos.

- ¿Sabéis del cierto que este hombre mató a vuestro hermano? –señalé al forastero con el índice derecho-. ¿No respondéis, muy señor mío? Porque, de la misma forma, podía haber pertenecido también a nuestras tropas de ultramar.

El silencio había regresado de nuevo al cafetín. Todos permanecían atentos. Esperaban expectantes la resolución de ese lance para tomar partido. Proseguí mi discurso:

- Por estos pagos haríamos bien en ser más agradecidos con nuestros hermanos y aliados de allende de los Océanos. Como antiguo capitán de una compañía de tropas auxiliares, les puedo garantizar su lealtad y su valor. En Filipinas solo la oficialidad y los miembros del arma de artillería y tanques son españoles. No olvidemos que los necesitamos para mantener el Sacro Imperio Hispánico en pie. Cierto es, como bien decís, que algunos ofrecen su fe a los dioses prehispánicos. Esa misma fe, fortalecida con las oraciones y los sacrificios ceremoniales, les hacía marchar impávidos hacia el peligro. No se arredraban ante nada, créanme. Tal vez entre sus mercedes se encuentre algún veterano como yo. Sin duda, podrá rebatir mis palabras de no ser ciertas –callé, aguardando una réplica. Nadie me negó cual Pedro en aquella aciaga noche-. ¿No merecen respeto los cultos de nuestros aliados, tan letales para nuestros malditos enemigos? –escupí en el suelo. Varios parroquianos asintieron en silencio-. Si bien nosotros somos católicos, apostólicos e hispánicos, y no romanos, como en las Europas, nuestro buen Papa, sucesor del primer papa Borgia nombrado por nuestro Rey, a la cabeza de nuestra Iglesia, ha dispensado bulas para que practiquen sus creencias y ceremoniales por el bien de España.

Alguien gritó un sentido ¡Viva Alfonso XII!

- ¡Viva nuestro amado Rey¡ ¡Viva Alfonso XII! –corearon los parroquianos con desigual entusiasmo, pues decíase que un pellizco importante del presupuesto público se fundía en pagar a informantes presentes en todas partes, si habíamos de prestar oídos a las malas lenguas.

Algunos de los más entusiastas vestían el uniforme realista, no se sabía si por convicción o, como era muy común entonces, por conveniencia y cálculo.

- Brindemos con jarabe de Valdepeñas y no con aguachirle. Que el vino sea menos cristiano, camarero -el peligro parecía conjurado, pensé aliviado. El discurso me había encendido la sed-. ¡El agua para las ranas! –el mozo sacó varias jarras de tosco barro de Talavera.

La broma me iba a costar unos cuantos duros imprevistos, siempre bien empleados cuando se trataba de salvaguardar los negocios propios.

Hice una señal al moreno para que se acercara.

- ¿Sois por un casual uno de los hermanos Garza? –se trataba de un hombre de pronunciadas facciones que parecían cortadas con un pedernal y piel de color cobrizo.

- José Garza. Entiendo que usted representa los intereses del señor Alejo García-Pedreño y Villaescusa -asentí con la cabeza-. Le agradezco que iluminara con la razón a ese pobre ignorante.

- Por mucho que vivamos en el siglo de la luz y el vapor, no pocos siguen felices entre las tinieblas –le hice un gesto para que se sentara enfrente-. ¿Quiere beber conmigo? Aquí dentro hace un calor sofocante. Espero que no le moleste.

- De donde vengo el calor es el estado natural. Aquí está acentuado, sin duda, por el sinnúmero de libaciones hechas del rico néctar de la Mancha –remachó con un deje irónico.

- Le digo que no, aunque admitiré que, como reza el refrán, agua no enferma, ni embeoda, ni adeuda. Algo tendrá que ver, también, el humo de los cigarros y las velas de sebo que iluminan este antro, capaces de asfixiar a un camello –reí alegre-. ¿Bien el viaje?

Para mí se trataba de una pregunta protocolaria. Me alarmé cuando mi interlocutor bajó la vista. La sonrisa se me borró de golpe.

- Tengo malas noticias para su amo –anunció con tono sombrío.

- Yo no tengo ningún amo. Eso es propio de siervos o esclavos. Es mi patrón –le corregí con tono desabrido.

- ¿Y no sirve siempre el pobre al rico? Llámelo amo, patrón o como mejor guste.

A veces el orgullo era más fuerte que mi sentido común. Con pesar tuve que admitir la razón de sus palabras. Podía engañarme, pretender que las palabras tuvieran un sentido diferente; sin embargo, la realidad permanecería inmutable ante mis deseos.

- ¿Cuáles son esas noticias? –al menos habían llegado a puerto, me tranquilicé, a diferencia, tal vez, del buque con la cartera de los Cohen.

¿Qué mal había acontecido, entonces?

- Nos han robado. Han asesinado a mi hermano para arrebatarnos la carga –expuso con zozobra.

Durante unos segundos enmudecí. Aquella noticia había resonado con la violencia de un bofetón en mi cara. Conseguí recuperar la compostura.

- Le acompaño en el sentimiento. ¿Cómo ha sido?

- Mientras me dedicaba a cumplimentar los trámites aduaneros. Él custodiaba la caja o buscaba un carro para el transporte, no lo sé con exactitud. El caso es que lo degollaron y… -enmudeció por la emoción.

- ¿La policía está en el caso? –inquirí con cautela.

- Inevitable. Los que descubrieron su cuerpo inerme dieron parte a las autoridades. Ya he prestado la primera declaración.

- ¿Saben lo de nuestro… bulto?

- No tuve más remedio. Les dije que se trataba de una estatua de granito o material similar, no de metal precioso que incentivara el móvil del robo. Debo quedarme unos días durante las diligencias policiales y para ocuparme de los restos de mi hermano.

Asentí con gravedad. Nunca había sido bueno en la tarea de confortar al prójimo.

Le entregué una tarjeta de visita de don Alejo con objeto de que se pusiera en contacto cuando averiguara algo más sobre el crimen. Yo debía partir de inmediato hacia Granada. No era noticia para dar por teletrófono.

Salí de allí todavía desconcertado por lo acontecido. Era la primera vez que una misión se torcía, aunque sería más propio decir que se había descalabrado del todo.

Aquello me dio mala espina. Nadie se había aventurado nunca a robar un cargamento de don Alejo. Además, seguía con la molesta sensación de que unos ojos permanecían clavados en mí desde el fondo de la taberna.

Es el sexto sentido que se acaba desarrollando cuando te ves obligado a permanecer en constante alerta, como me pasó en Filipinas. Ese instinto, o su falta, puede significar la diferencia entre vivir o morir.

Palpé la culata del revólver, siempre dispuesto en el interior de mi chaqueta.

Tenía muy claro que si alguien me buscaba me encontraría a punto y dispuesto a todo.

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Re: El hombre sin alma, una novela de aventuras para chicos y mayores

Mensaje por El hombre sin alma el Dom Dic 30, 2012 1:36 pm

CAPÍTULO IV. LAS CUENTAS PENDIENTES DEBEN SALDARSE

Iba camino del garage, lanzando miradas ávidas a ventanas y techos, devueltas por otras entre aviesas y desdeñosas de las gárgolas protectoras contra el mal de ojo y los anaglifos esculpidos en los dinteles algunos edificios, cuando aquel mal pálpito que sentía desde que pisé Cádiz se trocó en certeza.

Llevaba varios minutos con compañía a mis espaldas.

De vez en cuando desacompasaba el paso y variaba el taconeo del bastón. Mis perseguidores eran tan torpes que no reaccionaban con celeridad para acomodarse a mis variaciones de la marcha, lo que permitía escuchar sus tenues pisadas.

Unos ladronzuelos de poca monta, imaginé ante su escasa traza.

Al final se convertiría en otro incidente que alimentaría un poco más mi fama de hombre al que no le temblaba el pulso en las situaciones más comprometidas, de ser un barbián.

Fama, para qué negarlo, que me interesaba fomentar, pues así sería visto como un tipo al que más valía no buscarle las cosquillas a riesgo de salir escaldado. En los turbios ambientes que a veces frecuentaba, eran casi tan importantes las apariencias como la realidad.

Acorté el trayecto por un callejón, con la esperanza que aquel juego del gato y el ratón concluyera. Para mi sorpresa, oí a mi espalda un ruido fatal: el que producen los dos puntos del gatillo cuando se amartilla una pistola. El exceso de confianza me había perdido, me recriminé demasiado tarde.

Me giré lentamente, sin realizar movimientos bruscos. A la muerte, cuando llega, hay que mirarla a la cara, con hombría. Fallecida mi madre, nadie derramaría una lágrima con mi deceso. Tenía tan encallecido el corazón que eso me importó una higa.

Recordé las consejas que relataban entre murmullos temerosos las virtudes del Nigromante del Rey. Había detenido varias veces, aseguraban, balas destinadas a la egregia figura real. Bueno, no tan gloriosa figura cuando algunos lo odiaban hasta al punto de arriesgarse a atentar contra él.

Por desgracia, yo no contaba con la protección de la magia. Solo me quedaba rezar, aunque todo el mundo sabe que las cristianas oraciones no detienen por sí solas los plomos de las armas de fuego.

Entorné los ojos para habituarme a las sombras del callejón. Dos tipos de aviesa faz y siniestro semblante me gritaron, con marcado acento andaluz, “estafador”. Apreté los puños con rabia para no cometer una temeridad antes de tiempo. Un hombre de principios no puede tolerar que se menoscabe vilmente su honor sin sentir cómo se le abrasa el alma.

Uno de los rufianes era de talla tan escasa que parecía un sietemesino, mostacho grasiento, mirar sombrío y cabello descompuesto: un tipo ratonil y enclenque. El otro, con el pelo alisado en peteneras, hocico puntiagudo del color de un pimiento riojano, como si se hubiera atizado un par de tragos, mirada nerviosa y con el pecho como un tonel, le sobrepasaba dos palmos. A saber de qué lúgubre chiscón habían salido aquellos dos, de aspecto tan cochambroso que parecían venir de hacer la ronda de las alcantarillas.

- ¿Es usté el llamao Ventura? –permanecí un momento en silencio ante la pregunta del más bajo mientras les escudriñaba como la lechuza a un par de ratones.

- Para servirles, caballeros –repliqué con fingida seriedad.

- ¡No lo niega! Por fin encontramo a este escurridiso estafadó.

Enarqué una ceja ante aquella disparatada acusación. Empezaba a enfurecerme con la tremebundez de una tragedia griega. No pasaría por alto un nuevo insulto, aunque me fuera la vida en ello.

Respira hondo, no te pierdas, me convencí por mi bien. Iba ganando tranquilidad con cada segundo que pasaba. Si no habían disparado cuando podían, es que no me querían muerto, discurrí para mis adentros. Para dar una paliza no se empuña una pistola.

Quieren asustarme. Pensarán que soy un pobre gili, concluí.

Al punto me alegré. Además, no eran veteranos como yo. Ni me habían pedido que lanzara el bastón, ni que me abriera la chaqueta. Ni siquiera que alzara los brazos. Esos botarates morderían menos que los leones del Retiro.

La pareja de mastuerzos pertenecía a la escoria social, prontos a cualquier acto punible. Carne de correccional. Dos infelices que en su ignorancia se ufanaban dando por supuesto que las armas suplían su falta de luces.

En aquel momento los odié de una forma atroz, no tanto por amenazarme sino porque me reconocía íntimamente en ellos. Ahora que, mientras escribo, reflexiono a sangre fría, me doy cuenta que no era mejor que aquella pareja.

- No nos mire como si fuera má inosente quena virgen, so ipócrita. Por fin hallemo al sinvergüensa questafó con la acsione farsa de la Mina der Cusco –me acusó con voz aguardentosa.

El que llevaba la voz cantante movía la pistola como el director de una orquesta maneja una batuta. Un pistolero de verdad mantiene firme el arma, no la balancea. Valiente majadero.

Así que se trataba de las dichosas acciones. Supuse entonces que aquellos dos serían cazadores a sueldo de un Club de Agraviados por la estafa. Intentaban dar con los culpables para recuperar los fondos desaparecidos y, a su manera, impartir justicia.

Muchas veces salir con bien o no de un mal trance estriba en algo en apariencia tan simple como mantener los nervios templados. Aquellos dos candidatos a carne de horca debían desconocer que en mis momentos más negros, tras ser licenciado del servicio activo, me había ganado mis buenos duros ejerciendo de duelista a sueldo.

La cabeza fría y el pulso de hierro me habían convertido en un tirador infalible y en un espadachín de primera. No era un oficio honorable, lo admito, pero cada cual tiene un talento y el mío no encontraba acomodo como operario en una fábrica o jornalero en el campo.

Pero eso solo era la primera parte. La segunda, y no menos importante, consistía en averiguar de qué pasta estaban hechos los matachines que me pedían cuentas como si fuera su banquero. Por lerdos que fueran, estaba perdido si eran de disparo fácil.

- Caballeros, basta ya de ofensas –pedí con avinagrado mohín-. Me toman por la persona equivocada. En esa empresa que mencionan, de la que yo desconocía por completo su ilegal fin, mi papel no pasó del de guardaespaldas del auténtico estafador, condición que entonces desconocía. Insisto, ignoraba la naturaleza de sus negocios fraudulentos. Demandaba protección para una mercancía de valor que le tocaba transportar en persona. Eso me limité a hacer: escoltarle –expuse con un tono de lo más razonable-. No fui más que un hombre de armas, como está claro que lo son ustedes ahora.

- Queréi escurrí er burto, cuando no sois má que un pícaro. ¿Cómo se pué calificá si no al que promete títulos que garantisan un interé der 140% anual y luego desaparese con er capital, desplumando a lo incauto?

- He cometido muchos pecados, pero yo no he robado a nadie. Nunca. Tampoco juzgo las intenciones de quienes me contratan, dejo eso para los sacerdotes y la policía. Es despreciable el proceder de aquel sujeto, aunque en lo que a mí concierne pagó religiosamente por mi trabajo: protegerle. Solo me interesa la calidad y la cantidad de los billetes que me ofrecen por mis servicios. Como ustedes, ¿verdad?

- Resibiréi una lecsión. Así evitaremo que surjan funesto imitadore de vuestro ruin comportamiento. Er mundo está corrompío por culpa de gentusa como usté.

El discurso me permitió contemplar con desagrado una boca repleta de dientes torcidos y ennegrecidos por el humo del tabaco.

- Convenido en que urge evitar que haya más malo que bueno. El auténtico pícaro fue el caballero fino que me contrató. Pero como parece que solo se ven las faltas de los pobres... –hice un gesto señalándome-. ¡Pues qué remedio! El que nace para ochavo como no se mueva nunca llegará a cuarto.

- No hay tanto bisho venenoso entre las flore como las que se ocurtan entre el lujo deslumbrante de la sosiedá –afirmó el más alto de los dos.

- En su misma mismidá y amén –remató su secuaz, que puso los dedos en cruz y los besó.

Viendo el giro que tomaba la cuestión decidí exprimir su jugo.

- Ahora cada cual a sus negocios y cada mochuelo a su olivo. Y Dios en casa de todos.

- ¡Vaya una ocurrensia! ¿Piensa quemos comío sesos de borrico? No, caballerete –meneó con impaciencia la cabeza el más bajo, que ejercía de jefe de la pareja, mientras mostraba una maligna sonrisa-. Usté pagará en metálico... o en espesie. Pa’eso nos contratan a nosotro.

- ¿Estamos de acertijos? Desde ya os digo que de esta baraja no vais a sacar ni un as –les advertí con sequedad-. Mejor fuera que os marcharais. Os parecéis a las mariposas. Revolotean en torno a la luz hasta que se abrasan.

- ¡Mariposah, dise el truhán! Piense má bien en er picotaso duna vispa.

- A diferencia de usté, nosotros nos buscamos honrámente la vida, sin estafá a naide. Va a ser hora de bajale lo humo aste bigardo con una buena jartá de trompás –le dijo el uno al otro.

- Eso será si Dios o el mismo diablo tienen determinado que no llegue a la vejez –les miré de soslayo-. Solo conocéis mi nombre, mas no sabéis nada de mí. Ni yo soy un ángel, ni vosotros unos demonios. Ahora lo descubriréis.

De haber sido un poco más listos, mi templanza debería haberles alarmado y puesto sobre aviso.

Empezaban a tremolar sus manos. Demasiado tiempo sosteniendo el peso de las pistolas para gentes que no son de armas.

Supongo que esa pareja estaba acostumbrada a las súplicas, los sollozos, las mentiras. Habían escuchado invocaciones a los dioses antiguos y a los modernos para que les librasen de ese trance. Pobres ilusos. Los dioses no se molestan en hacer por uno lo que no estamos dispuestos a arriesgar por nosotros mismos.

En mi caso iban aviados. Les desconcertaba mi actitud. Había pasado de las razones a las amenazas, usurpando su papel. Sabía cuál era su juego. También lo había practicado, y mejor que ellos, como no tardarían en descubrir.

Alcé las manos con suma lentitud y empecé a hablar en tagalo con entonación grave y solemne.

- Pakinggan mo ako. Hindi ko sinasadya, patawad. Pag-usapan natin –me miraban espantados, sin entender nada-. Solo yo puede liberaros de esa maldición filipina. Si me matáis arrostraréis el castigo de la misma hasta el final de los tiempos.

De haber servido en las islas sabrían que me había excusado, una vez más, por algo que no había hecho, pero eso era algo que no estaba dispuesto a confesarles.

- ¿Una maldisión, desís? ¡Mentira! Eso é una baladroná.

Me aflojé la manga de la camisa y les enseñé una serpiente tatuada en mi brazo izquierdo.

- Mirad. Me protege contra los demonios y sus sortilegios. Si estáis seguros de que miento, haced la prueba. Matadme. Mi venganza os alcanzará en esta vida y en la siguiente.

- ¡Ea, sacabó la tertulia! Déno su cartera. ¡Ahora mesmo o disparo! –ordenó de forma exasperada el bajito mientras extendía una mano con dedos regordetes hacia mí.

Dicen que quien en muchas ocasiones amenaza, pocas veces mata. Aun así, debía actuar antes que los nervios les hicieran aflojar el gatillo.

- ¿Quién es ahora el ladrón? –me arrojaron unas miradas cargadas de inquina-. Sea –suspiré teatralmente-. Si es la única manera de terminar esta farsa de la que tan abochornado me siento –acerqué lentamente la diestra hacia el interior de mi chaqueta mientras avanzaba hacia ellos despacio-. Total, ¿qué es la vida, sino una sucesión de costosas victorias, cuando no pírricas, y de estrepitosas derrotas?

- Mu filósofo er caballero. E güeno tomarse la derrota con deportividá –la sonrisa del alto dejó al descubierto otra caverna negra en su boca.

Los muy tontos permanecían uno al lado del otro, casi hombro con hombro.

Aquello iba a ser un juego de niños.

Casi había sacado la mano del bolsillo interior de mi chaqueta…

- ¡Arto! Desdaí nos pué asercá la cartera.
Sucedió que mi diestra ya no sujetaba mi cartera. Era mi pistola de reglamento. Supongo que sus pupilas se dilatarían por la sorpresa, mas en ese momento mi atención no se interesaba por esas menudencias.

Salté a un lado para evitar ser un blanco fácil. El disparo atronó en el callejón. El pequeño cayó con un balazo en el hombro. Al tiempo que disparaba, con la mano izquierda lanzaba un bastonazo a la cara de su compadre. Oí el crujido de los huesos de la nariz.

En menos que canta un gallo ambos pardillos se revolcaban por el suelo, chillando como cerdos camino del matadero.

- Os advertí. Esto os pasa por ser duros de mollera.
Me agaché para recoger el bastón. El bonito brillo plateado de la cabeza de lobo de la empuñadura aparecía apagado por la sangre.

- ¡Favor! No nos mate, caballero. Era cosa de negosio, ná personá.
Amartillé la pistola. Apunté entre los ojos al más alto de los dos.

Sus manos abandonaron el cuidado de su nariz rota y ensangrentada para juntarse en modo de súplica.

- ¡Dios misericordioso! Apiádese de mí. Tengo tre ijo… –empezó a murmurar lo que imaginé una plegaria con los ojos fuertemente cerrados.

Su compañero lloriqueaba mientras con la mano sana aplicaba un pañuelo mugriento sobre la herida para detener la sangría del hombro.

- Menudos randas estáis hechos. Eso debisteis pensarlo antes de meteros en camisa de once varas. No os mataré… no por falta de ganas, sino porque no me sobra el tiempo.

Aunque era una zona solitaria, temía que el estampido hubiera alertado a algún honrado ciudadano que se animara a avisar a la policía.

- ¿Quién os ha contratado? Responded rápido, antes de que me arrepienta de dejaros con vida.

El bajito, con gesto dolorido, sacó una arrugada tarjeta de visita de un bolsillo exterior de su chaqueta.

Extendí la mano enguantada para recogerla. Con la otra mantenía la pistola en el entrecejo. No se atrevió ni a respirar.

Rezaba “Sebastián Dalmau, Ingeniero Aeronáutico”. No lo conocía de nada. Figuraba una dirección de Granada. Feliz casualidad, o no, me dije.

Un nuevo amigo a quien visitar cuando regresara a casa. O su bolsa era muy exigua o su inteligencia harto menguada cuando contrataba aquella patulea para llevar a cabo el trabajo de profesionales.

- Yo soy hombre que siempre paga sus deudas. De la misma forma, también me las cobro. Más tarde o más temprano. Ahora levantaos. No quiero veros nunca más. Si lo hago, no seré tan generoso como hoy. Avisad al señor Dalmau: si él o cualquiera por su cuenta pretende importunarme de nuevo, me encargaré primero de sus enviados. Luego de su familia y de él. Ahora poned los pies en polvorosa. ¡Fuera de aquí!

Resoplé mientras los perdía de vista. El garage ya estaba a un tiro de piedra. Apresuré el paso. Quería salir de Cádiz cuanto antes. Ya solo me quedaba enfermar de cólera para rematar la faena.

Hay días que los problemas crecen como las malas hierbas, y aquel fue una de esas infaustas jornadas. Nada salía a derechas.

Debía ser una señal de la Divina Providencia de lo que estaba por llegar.

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Re: El hombre sin alma, una novela de aventuras para chicos y mayores

Mensaje por El hombre sin alma el Mar Ene 08, 2013 7:41 pm

CAPÍTULO V. LA BÚSQUEDA DE LA ESTATUA


Me invadió un humor lúgubre durante el viaje de vuelta a Granada. Nunca como en la soledad se deja sentir el roedor gusano del remordimiento. Era la primera vez que fracasaba en un encargo para don Alejo. En esa empresa mi papel no fue más allá de la de mero recogedor y transportista final, sin responsabilidad alguna en la pérdida del material. Esa certeza no mejoraba en absoluto mi estado de ánimo. Aquella desazón era un mal presagio.

Se me hizo un nudo en el estómago cuando llegué la mansión de don Alejo, un palacete de arquitectura del orden corintio. Esbeltas columnas coronadas con elegantes capiteles flanqueaban un ancho zaguán, en cuyos huecos se alzaban cuatro estatuas de mármol florentino. Representaban la justicia, el trabajo, la libertad y la industria. Veinte ventanas y dos miradores, adornados con balaústres, mostraba la fachada del edificio. Constaba de tres pisos sobre el nivel de la calle, más buhardillas, y sótano.

La residencia era conocida, y envidiada, por su pabellón vertical. Hacía unos dos pisos de altura y culminaba el inmueble como una corona de cristal. Se asentaba sobre ocho columnas de hierro forjado que asemejaban las patas de una ciclópea araña. Cuando el dueño de la casa quería usarlo, un ingenioso motor elevaba la estructura treinta metros por encima de la cúspide de la mansión. Don Alejo ordenó construir aquel pabellón de paredes acristaladas desde donde poder contemplar las estrellas con su telescopio, además de pergeñar sus proyectos sin interrupciones de ningún tipo. Era un buen ejemplo de palacio de lo que se había dado en llamar nobleza mercantil, que poco a poco iba desplazando a la tradicional nobiliaria.

Solo una vez subí a ese santuario privado: resultaba tan difícil moverse allí entre libros, revistas, artefactos mecánicos y cachivaches cuya utilidad se me escapaba, como para un barco navegar en una zona de bajíos sin práctico que la dirigiese.

Un portero, feo más de lo regular y de facciones duras y tostadas, guardaba la entrada a la finca, rodeada de vistosas columnas de hierro labrado. Me saludó con la cabeza al verme entrar. Tenía un hijo de inteligencia disminuida que cuidaba el jardín y dormía en el sótano de la mansión. Unos veían en su contratación la mano generosa de don Alejo; otros, obra de caridad interesada, pues la presencia de un inocente en el hogar preservaba a sus moradores de todo maleficio de los espíritus malignos.

Peralta, el mayordomo, un hombre de ademanes graves y decentes, cuellierguido, de hombros caídos y pecho hundido, me acompañó en silencio hasta el salón privado de nuestro ínclito patrón.

Sentado en el diván, mientras esperaba su llegada, demoré la mirada en una figura. En la esquina más alejada de la puerta descansaba una estatua de bronce: representaba a la sabiduría, y ceñía la corona de la filantropía. Le pedí ayuda. Sabiduría, y mucha, necesitaba para solucionar este entuerto.

Admito que mi carácter taciturno, que alguno calificaría con maledicencia de malas pulgas, y mi discurso cortante y poco lisonjero han sido más útiles para ganarme enemistades que para conquistar el corazón de las damas. Soy consciente tanto de mis limitaciones como de mi incapacidad para superarlas. Ahora me tocaba explicar los motivos del desastre a don Alejo sin paños calientes.

Nada más entrar se dio cuenta del fracaso. Mi cara era un poema, a pesar de mis esfuerzos por disimular. Supongo que ya sabía también que había llegado solo.

Notaba la boca seca, a la lengua le costaba desplegarse del velo de paladar. Aquella declaración no iba a ser un plato de gusto y no lo fue. Le referí breve y sucintamente toda la historia, sin mención alguna al incidente con los dos matones.

- No he tenido intención de inferiros un disgusto, y menos todavía un agravio con este... fracaso –aquella maldita palabra me abrasó la garganta.

Don Alejo, de fisonomía docta y seria, frente espaciosa y serena mirada, propio de un carácter de natural franqueza, a guisa de preámbulo, varió de postura en el sillón en que estaba sentado. Una profunda arruga le cruzaba el entrecejo.

- No sufras por algo en lo que no has tenido ni arte ni parte. Tal vez se haya tratado de una especie de justicia divina. Estaba a punto de cometer una herejía. Su adquisición se produjo mediante un procedimiento no del todo lícito.

Que un hombre tan inteligente como él mostrase aquellos arranques de mojigatería religiosa no dejaba de sorprenderme. Yo era, y soy, incapaz de dar tantas vueltas a las cosas: si algo me funciona no le hago remilgos; en caso contrario, busco la alternativa más adecuada.

No veía en qué ayudaba pensar en términos religiosos o morales, aparte de cargar con más dolores de cabeza.

- No sea tan inocente –le dije sin ambages-. El pillaje lo cometieron unos desalmados, no unas hermanitas de la caridad. Además, su iniciativa era por un objetivo loable: la curación de su sobrino. Falta ahora conocer las motivaciones de esos ladrones. ¿Cómo llegó a hacerse usted con su propiedad?

- A través de la embajada mexicana conocí a ciertas personas. Me comentaron la existencia de ese ídolo. Deseaban recuperarlo de manos del coleccionista italiano que lo… expolió de su templo. Con el concurso de unos enviados de la total confianza del cónsul, mi financiación, y la colaboración de Fermín Avellaneda, dueño de la Galería de los Mundos Lejanos, alcancé su propiedad. Este comercia de objetos de arte. Bajo su cobertura, y con una identificación falsa, se procedió a importarlo.

- ¿Es tan importante esa estatua como para motivar su robo?

Encendiendo con parsimonia un habano, prosiguió de este modo:

- El trato era el siguiente: devolvérselo a sus auténticos dueños. Así confiaba en conseguir la cura de Leopoldo. Participarían en su restablecimiento unos chamanes aztecas, de quienes José Garza y su difunto hermano ejercían de intermediarios. Con aquellos había convenido la entrega de la estatua a cambio de sus artes curativas. Y ahora…. Todo perdido.

- Todavía no. Toca recuperarlo. Cueste lo que cueste. Eso y castigar a los culpables –clamé con rudeza.

- Tú usa tus métodos. Yo mandaré poner un anuncio ofreciendo una recompensa. Espero que el dinero estimule sus escrúpulos y el celo de sus rivales del hampa.

Me atreví a hacer la pregunta que siempre moría en mis labios.

- ¿Iba a funcionar ese sistema? ¿Esta vez sí sanaría a Leopoldo? –él se encogió de hombros.

- No lo sé. Ojalá. Como científico y racionalista me resulta difícil optar por esa solución. Las alternativas, como el tiempo, se agotan –se retrepó en el sillón-. Si me dijeran que siguiendo unos ritos paganos, por tremendos que fueran, Leopoldo se curaría, sin dudarlo ni un momento los adoptaría. Igual haría si un hombre-medicina indio me pidiera que usara plumas y taparrabo y abjurara de mis principios científicos como remedio para sanarlo, tal es mi estado de desesperación. Habrás visto que se acaba de instalar en la casa un científico austro-húngaro procedente de Ruritania. Parece ser que tuvo como maestro al doctor Franckenstein, el famoso especialista en vida artificial. En algunos ámbitos incluso se le vincula con el resurreccionismo. Ha ocupado el sótano como laboratorio. Probaré lo que sea, mientras quede una alternativa por intentar.

Asentí en silencio. Él se levantó. Cruzó las manos en la espalda y se dispuso a pasear por la estancia con gesto abatido.

Suspiró, antes de proseguir con sus explicaciones.

- La familia de la prometida de mi sobrino ha avisado que con la entrada del nuevo año dará por extinguido el compromiso matrimonial con Leopoldo –anunció con entonación dolorida-. En verdad nadie sabe si podrá curarse, ni cuándo. Obviamente, está incapacitado para consumar el sacramento del matrimonio -expuso azorado-, de forma y manera que poco puedo rebatir a los inconvenientes expuestos por la familia Falcón.

Sentí una terrible opresión sobre mi alma. Yo no tenía nada que perder y estaba tan fresco como una rosa, a excepción de una mano mutilada.

En cambio Leopoldo, poseedor de un apellido de relumbrón, una fortuna esplendorosa y una prometida de belleza deslumbrante, yacía desde hacía muchos meses en cama semiinconsciente, perdida su mente en una especie de pozo sin fondo.

Cuando uno se pregunta si podía haber hecho más y sigue con vida, resulta evidente que no hizo todo lo que estaba a su alcance. Nadie podía acusarme de nada, cierto. De hecho, nadie lo hizo nunca. Sin embargo, no hay juez más implacable que la propia conciencia, ni fiscal más exigente que nuestros remordimientos.

Le dejé con su dolor. Bastante tenía con el mío. Subí a la habitación de Leopoldo. De cuando en cuando acudía a hacerle compañía, a relatarle mis andanzas, como si con mi presencia pudiera hacerle sentir que nunca lo había abandonado.

Todos albergábamos la esperanza de verlo despertar. El tiempo pasaba y seguía sin responder a los tratamientos. Ese anhelo cada vez más tomaba la apariencia del cabo de una vela a punto de extinguirse.

Me fijé en el retrato de Alicia, su prometida, que iluminaba aquella estancia presidida por la desolación. Con gusto me cambiaba con Leopoldo de esperarme una mujer de ese calibre. Entendía que él la amara con delirio, me dije para mis adentros.

Ali, la llamaban sus allegados, entre los que no me encontraba. Ali, susurré, ensoñador. Era un ángel resplandeciente cual virgen de Rafael.

Contemplé con secreto deleite aquella beldad de piel ambarina y cutis transparente, melena pelirroja que se derramaba por sus hombros, ojos expresivos y de un color azul puro y transparente, con largas pestañas y enmarcados por unas cejas doradas. El conjunto conformaba un rostro encantador y perfectamente ovalado que combinaba con un talle esbelto y airoso. Cuando hablaba tenía el tono de voz más grato que jamás había escuchado. A sus dieciocho primaveras resplandecía como un cielo sin nubes.

En mi fuero interno me planteé si el soltero no pagaba un precio excesivo a cambio de su libertad. Y, lo que más me inquietó, me pregunté si la lealtad era suficiente estímulo para evitar la perfidia de mirarla con ojos libidinosos, máxime cuando me hallaba todavía en la edad en la que el ardor de los sentidos podía doblegar las voluntades más enérgicas.

La voz del deber impuso al fin su cordura. Mi corazón permanecería cerrado a cal y canto a sentimientos que legítimamente no pudieran ocuparlo.

En un permiso en la capital, aproveché para visitar el Ministerio de Guerra. Busqué en los archivos el nombre y apellido que mi madre me había dado como paternos. Sin resultado.

En el fondo, lo sospechaba. Mi madre nunca me inscribió en el Colegio Nacional de Huérfanos de Patriotas. Tampoco recibimos nunca pensión alguna, por irrisoria que fuera. Por algo sería, claro está.

Al final tuve que admitir la verdad. Soy hijo ilegítimo, no el huérfano de un héroe. Mi madre era una volatinera, una mujer de la vida. Sin posición social ni un buen nombre, ni siquiera una bolsa repleta que me avalara, no podía aspirar a según qué.

A Leopoldo le educaron en la confianza que todo estaba a su alcance, sin excepción. La gente como yo, en cambio, sabíamos desde niños que la vida era una lucha continua, donde no cabía ni un minuto de tregua y, como dijo el clásico, los sueños, sueños son.

Cuando la imaginación se me desataba me obligaba a recordar que era un don nadie. A los de nuestra clase solo se nos permite soñar en brazos de Morfeo.

Me dejé de pensamientos absurdos y pecaminosos, y me puse a rezar. Tal era mi desesperación ante los contratiempos, que se alzaban imponentes frente a nosotros como las murallas ciclópeas de Babilonia.

- Virgen María, Madre dolorosa, tú que contemplas desde el Cielo el inmenso dolor que anega mi alma, vela por Leopoldo y castiga a los salvajes impíos que lo condujeron a este terrible estado...

Una inesperada voz me sobresaltó desde el fondo de la habitación.

- Las lágrimas del afligido son el bálsamo que cura todas las llagas del espíritu -me limpié una lágrima furtiva con la punta de los dedos para ocultar mi debilidad-. ¿Ruegas a la Virgen a la par que demandas castigo? ¿Así te descargas del dolor que desgarra tu corazón? –un cura, pobre de carnes y rostro encendido como la remolacha, con un rosario entre las manos, salió de las sombras-. Si yo no viera tu corazón mejor que tú mismo, pensaría que eres un pecador endurecido. Bajo esa áspera corteza, y a pesar de ser un hombre de mala fama, se esconde un alma noble, aunque te empeñes en enmudecerla.

- ¡Padre Maldonado! Disculpe, no le había visto, tan ensimismado estaba en mis congojas. A veces me envuelven las tétricas tinieblas de la desesperación, lo admito.

- Todos tenemos cicatrices. Unas por dentro, otras por fuera –intentó consolarme con el acento más intencionalmente cariñoso que pueda darse.

- Si pudiera reengancharme les iba a cortar el cuello a todos esos malditos –golpeé con el puño la palma de la mano-. Aquí el único santo es usted, no le quepa la menor duda.

- ¡Pobres nativos! Su único delito consiste en rebelarse contra sus opresores.

- ¡Padre, cuidado! –repliqué rápido como el rayo-. Sois hombre virtuoso, pero si las autoridades le oyen expresarse de ese modo... Mejor mudemos de conversación.

- Los indígenas ya no se comen a los misioneros, ni los entierran con la cabeza fuera de la tierra. ¿Serán más salvajes nuestros tribunales?

- Bien es cierto que el cristianismo y sus santos embajadores han desplegado la bandera de la paz y la mansedumbre en las tierras más ignotas. En cambio, aquí, en la metrópoli, la paz brilla por su ausencia, mientras que la mansedumbre es del todo desconocida, padre. Debe saber de qué lado ponerse.

- Mi familia son los pobres; mis hermanos, los que padecen –su semblante pálido denotaba, como yo bien sabía, una vida austera y penitente.

- Juega con fuego. Se lo digo por experiencia.

- ¿Yo? ¡Quiá! Ya me deportaron a Filipinas y se dieron cuenta de que el tiro les salió por la culata. Me expulsaron de vuelta a España, donde pueden controlarme mejor que en aquellas selvas del Pacífico –abrió los brazos con una sonrisa bonachona-. Ea, un abrazo, hombre. Me alegro mucho de verte.

- Y yo, padre. En esta habitación estamos las únicas tres personas que volvieron a la patria con vida de aquel peñasco dejado de la mano de Dios.

- No te había visto desde que desembarcamos. Cualquiera diría que me rehúyes.

En realidad de lo que huía era de todo lo que pudiera recordarme la debacle acontecida en las Islas Marianas, mas no tuve valor para decírselo a aquel buen hombre que ninguna culpa tenía de mi mala conciencia. Le di otra excusa.

- Usted es un buen hombre… un buen cristiano. No mantengo, sin embargo, buenas relaciones con la institución a la que pertenece.

- Por favor, apéame el tratamiento. Nos conocemos desde hace mucho tiempo –demandó con tono amable antes de responderme-. Algunos pastores, por alejar a su grey del cisma protestante romana, la conducen por quebradas y vías tortuosas. Están tan apegados a la tierra, que ya no ven el cielo. Desean para la religión el esplendor que dan las riquezas mundanas. Otra parte del sacerdocio sigue la cómoda máxima del haz lo que digo y no lo que hago. Si además acumulan riquezas, y se produce un consorcio contra natura entre los intereses eternos con los de la política profana, cada vez más al pueblo le cuesta acercarse a Dios porque ya no cree en el clero. Dios nunca puede desear la opresión ni la injusticia, tenlo por seguro –aseveró el padre Maldonado.

- Mi vida no ha sido muy ejemplar que digamos desde que llegamos a España. De ahí el mantener las distancias. A lo mejor aún me queda un poco de vergüenza, aunque tengo mis dudas.

- Sé que has pasado un auténtico vía crucis. Templanza, hijo. Recuerda: “Bienaventurados los que lloran”.

- Me educaron los jesuitas. El calvario y el infierno no esconden secretos para mí –dije con acento triste.

- No tenía claro que todavía fueras creyente.

- Desahucie cualquier esperanza de recuperarme para sus filas, padre.

- Me llegan voces de que sigues las Sagradas Escrituras. En particular cuando dice aquello del ojo por ojo... Cualquier libro, incluida la Biblia, puede resultar peligroso si se toman literalmente sus palabras.

- Es cierto. Por eso no tiene sentido seguir los preceptos que me convienen y orillar los que son de mi agrado.

- Ya veo que te sigues rigiendo por tus propios principios, aunque estén comprendidos en los anatemas de la Santa Iglesia –dijo con una media sonrisa.

- Equivocados o no, son míos, padre. Prefiero juzgarme a mí mismo, con toda dureza, que serlo con los principios de los demás, por benévolos que pudieran ser.

- La Divina Providencia te ha regalado una nueva oportunidad en la vida. Aprovéchala. Deja de ofuscarte mirando atrás.

- He visto sufrir y he sufrido. He visto llorar y he llorado, aunque no suene muy viril admitirlo. He visto morir a hombres buenos, a los que yo no llegaba ni a la suela de los zapatos. Leopoldo permanece aquí tumbado, medio ido. No sabemos cuánto siente o padece. Mi obligación es hacer cuanto esté en mi mano para que recupere la salud. Y no dude, padre, que haré lo que convenga para conseguirlo.

- Y yo espero traerte de vuelta al buen camino. Te convertirás, como lo hizo San Agustín. Rezaré también por ti.

- Puestos a pedir milagros a los santos, pida primero por el bueno de Leopoldo. Yo sabré cuidar de mí mismo.

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Re: El hombre sin alma, una novela de aventuras para chicos y mayores

Mensaje por El hombre sin alma el Vie Ene 18, 2013 6:21 pm



CAPÍTULO VI. EN EL INFRAMUNDO DE OPERETA



Las primeras pesquisas sobre el robo nos encaminaron a la Galería de los Mundos Lejanos. Digo nos porque José Garza había llegado desde Cádiz. Como parte directísimamente implicada, era el primero en desear respuestas.

De camino nos cruzamos con un aguador de frente estrecha, nariz roma, y manos de gorila, que ofrecía un cazo a todo transeúnte. Colgaba de su cuello un bote de lata para recoger colillas.

- ¡Acabaíca de bajar que la traigo! ¡Fría como la nieve! Buena de la Alhambra, fresca del Avellano, ¡quién la quiere!

Un vocinglero vendedor callejero de prensa, con una pata de palo, la cara llena de costras y el párpado derecho caído, le tomó el relevo.

- ¡El periódico de hoy con las últimas noticias! ¡El Día! ¡El Boletín! ¡Los partes telegráficos! ¡Últimas noticias!

- Traiga pa’cá un número de El Día –le pedí-. ¿Viene bueno?

- Fresco y reciente, con las últimas novedades del sanguinario asesino, cual émulo del famoso monstruo británico. Dos cuartos, caballero.

En portada, el dibujo de dos horrendos crímenes acontecidos en Granada por el bautizado como El Desollador. La noticia remitía a una combinación del Descuartizador de Londres, el terrible asesino psicótico, y al misterioso Spring Heeled Jack, según la crónica del periodista.

Parecía que en este santo país nuestro teníamos la inveterada costumbre de copiar siempre lo peor del extranjero, pensé, aunque al llegar al final de la lectura se especulaba sobre si la autoría de tamañas atrocidades no correspondería a un agente británico paranormal. Las mismas acusaciones, pero a la inversa, las había vertido la prensa británica sobre el desconocido origen del Descuartizador londinense.

En la parte inferior de la portada aparecía otra noticia de relumbrón: el visionario científico francés, Julio Vernes, anunciaba la construcción, mediante suscripción popular, de un cohete para viajar a la Luna. Estaba entusiasmado tras captar con su telescopio gigante lo que sostenía eran señales de los selenitas, refrendadas por las observaciones del astrónomo inglés Edmundo Halley. Meneé la cabeza. Electricidad, teletrófonos, navegar por los aires... A veces tenía la impresión de que vivíamos dentro de una de esas novelas científicas tan en boga.

Unas escuetas líneas anunciaban, casi al pie de la página y en un tamaño de letra más modesto que las demás noticias, que el Ejército había sofocado “a sangre y fuego” a una turbamulta de malcontentos en Cádiz.

Pasé las páginas hasta encontrar el anuncio publicado por don Alejo. Ofrecía una generosa recompensa para quien diera noticia cierta del cargamento extraviado. Con más detenimiento luego me detendría en la columna “Dimes y Diretes”, motivo por el que me entretenía la lectura de ese diario.

Al poco llegamos a nuestro destino. El abigarrado escaparate de esa Galería mostraba unos bustos de lo que parecían patricios romanos o helenos, un surtido de máscaras africanas, y varias armas ceremoniales prehispánicas, además de un enorme mapamundi medieval.

Un negro tizón, bajo de estatura pero fornido de cuerpo, vestido con una librea roja, salió a nuestro encuentro en cuanto traspasamos la puerta. Debió escamarle que dos tipos como nosotros entráramos en un lugar de tanto postín. Le entregamos la tarjeta de visita de don Alejo y pedimos, en su nombre, audiencia inmediata con el dueño.

No tardó ni un minuto en aparecer. De rostro extremadamente blanco, podía tomarse por un busto de mármol, y ademanes finos, se adornaba con un fez y calzaba babuchas. Usaba quevedos, caídos hasta la punta de la nariz, a punto de despeñarse. Supongo que en realidad no necesitaba los lentes. Sería un afectamiento, ofrecer una peculiar imagen tal vez útil en su negocio de cachivaches de los tiempos de María Castaña. Negocio que debía marchar viento en popa a juzgar por su generosa barriga de canónigo. En otro la calificaría de gordura bonachona; en ese sujeto era el efecto tangible de gula.

- ¡Bienvenidos a mi humilde morada! Posiblemente el mejor establecimiento de antigüedades del sur de España. Que digo del sur de España, ¡del sur del Mediterráneo! Granada es la perla de Andalucía. Andalucía, el paraíso de Europa. Y mi casa, la primera joya de Granada. Fíjense –señaló, relamido, a un enorme globo terráqueo-. Aquí estamos, a medio camino entre Europa, América y África.

Enarqué una ceja. No dudaba de la buena fama de la tienda, pero de ahí a ubicarse como él decía, mediaba un abismo.

Esa exageración me daba la medida de la forma de ser del dueño, Fermín Avellaneda. Un fatuo y un engreído. Un chamarilero de altos vuelos.

- ¿Qué desean de todas las maravillas que guarda este sagrado enclave de la cultura?

- Nuestro exiguo erario no nos permite liberarle de ninguna de sus antigua... –me reprimí a punto de decir antiguallas- antigüedades.

- ¡Ah! Qué felices son los ricos, ¿verdad? –exhaló un suspiro de decepción, como si sufriera mal de amores-. En fin, no pienso declararme derrotado. Seguro que podemos encontrar algo a la medida de sus posibilidades.

- Nos confunde con clientes, cuando hemos venido a hablar sobre el robo de la estatua de don Alejo García-Pedreño y Villaescusa.

Había descubierto que al enumerar al completo los apellidos de mi jefe, a muchos se les caía la cera de los oídos.

- Acompáñenme a mi gabinete. Permítanme reseñarle algunas de estas hermosas piezas durante el breve trayecto. Tal vez al final decidan llevarse una para enaltecer su hogar –decididamente aquel hombre conseguía cargarme.

Con modales untuosos nos fue presentando el origen de algunas antigüedades que cruzamos camino de su despacho.

- Estas fueron rescatadas de la Atlántida, aquellos de Mu. Estos son dioses lares y penates romanos; estos, dioses patáicos de los fenicios. Ese demonio de tres cabezas y ojo inflamado es Teus’s-arpoulick, dios de las tormentas...

Resultaba evidente que quería abrumarnos con sus conocimientos, creyendo que así nos sentiríamos empequeñecidos tanto por su sabiduría como por algunos bloques enormes de piedra, como los dos palurdos que se imaginaba que éramos.

Y así prosiguió su prosopopeya durante unos interminables minutos, dado que ora se detenía ora giraba sobre sí mismo para mostrarnos un detalle, un color, una marca. Pronunciaba nombres guturales y procedencias imposibles, igual que si nos presentara una larga lista de familiares lejanos reunidos para una ocasión especial. Era de aquellos que, para darse tono y alzarse sobre el vulgo, se refería a la luna como Hécate al estilo de los poetas.

Yo intentaba disimular, sin mucho empeño, cabe admitirlo, los suspiros de hastío. Su cháchara aburriría hasta a una estatua de yeso.

El gabinete era un fiel reflejo de su dueño. Ricos muebles, elegantes espejos, cuadros recargados, costosas alfombras. Se reclinó en un confidente de terciopelo, mientras nos señalaba unas butacas.

Sacó una cajita de plata de una manga, y sorbió un polvo blanquecino con ademán parsimonioso.

- ¿Puede indicarnos si tiene o puede conseguir otra estatua, efigie, o imagen similar a la que viajaba desde Italia para don Alejo?

- No, son sagradas, sus dueños no se desprenderían de ellas. No sin una buena causa. Se trata de piezas singulares, únicas en su especie.

- ¿A quién podría interesar la posesión de la estatua, aparte de a sus fieles?

- A coleccionistas. A quien pretendiera usar sus poderes, terribles o benignos, según su uso. Pero resulta evidente, por su propia especifidad, que eso no está al alcance de cualquier rufián de medio pelo. Son necesarios unos conocimientos muy concretos, disponibles solo para unos pocos de los adoradores de esos dioses e iniciados en sus más secretos misterios.

- ¿Entonces conoce el poder que poseen esos símbolos divinos? –proseguí como un ave de presa.

- Sí, claro, es mi negocio -convino el anticuario-. ¡Ah! Aquellos pueblos prehispánicos, sus antepasados –hizo una leve inclinación de cabeza hacia Garza- fueron capaces de transmitir vida a su arte, y de hacer de ese arte una fuente de expresión de su forma de vida.

Aquello sonaba a retórica de tahúr. Me recordó a una sanguijuela que te chupara la sangre mientras te dedicaba palabras pomposas y frases estudiadas.

- Yo podría decirle a usted, querido amigo, que... –proseguía el de Avellaneda sin descanso.

Se acabaron los modos versallescos y el andarse por las ramas, me exalté en mi interior. De no mediar cordiales relaciones comerciales entre ese petimetre y don Alejo hubiera sido más persuasivo y menos diplomático.

- No nos perdamos por los cerros de Úbeda, don Fermín. ¿Quién podía conocer la llegada de la estatua, aparte de don Alejo? El bulto no venía identificado más que por el nombre de su destinatario. La descripción de la carga en nada coincidía con su contenido real. ¿Quién, aparte de usted, el intermediario en esta operación?

- Nadie que yo sepa, además de las personas que lo custodiaban durante el viaje. Debo confesarle –bajó la voz- que se obtuvo por canales... no habituales, irregulares, como usted debe saber –asentí con la cabeza-. Una gran desgracia, sí, también para mí. No cobro mi comisión al no entregarse la mercancía a su nuevo propietario. Además este terrible incidente es una merma en mi bien ganado prestigio como marchante de antigüedades.

¿Hablaba de prestigio quien acababa de admitir el robo como medio de conseguir el objeto de ese mismo prestigio? Me escandalizó el torticero sentido del honor de aquel bocazas.

Saltaba a la vista que no podía ser de fiar.

- Uno de los que trajeron el objeto ha muerto asesinado a manos de los ladrones. El superviviente era su hermano, aquí presente, por lo que no encuentro el menor sentido a su posible implicación en el robo.

- ¡Ah! Terrible pérdida. Lo lamento –volvió a inclinar la cabeza hacia Garza, esta vez más profundamente-. Discurre usted, querido amigo, con la capacidad de un Séneca, habláis con más propiedad que un Cicerón, vuestro ingenio puede medirse con el de Cervantes. Por desgracia, yo no puedo deciros más que lo poco que sé sobre este desgraciado suceso, que es casi nada.

- En lo único que me parezco a ese trío es que soy manco como nuestro insigne Príncipe de los Ingenios, mas sin su talento –había alzado mi tono casi sin darme cuenta, tal era el desagrado que me causaba nuestro interlocutor-. Ese suceso, como lo llamáis, es un robo con todas las letras. Conocéis las influencias de Don Alejo, ¿verdad? –dejé caer a modo de cruce entre amenaza y advertencia, cansado de su cháchara.

- Un caballero distinguido, un cliente ejemplar, un auténtico dechado de virtudes –lisonjeó como el buhonero que recita las fabulosas propiedades de un producto milagroso-. Por mi parte estoy dispuesto a ofrecer mi comisión como recompensa a quien facilite pistas que conduzcan a la recuperación de la propiedad perdida de don Alejo.

Aquel arranque de generosidad desmedida ¿e interesada? me escamó. Nadie da nada por nada. Sobre todo si realmente estaba exento de responsabilidad en la desaparición de la estatua, cavilé.

- ¿Sabéis para qué quería la estatua mi patrón? –aplaqué el tono de voz, con la esperanza de sonsacarle algo más.

- Don Alejo es un reconocido coleccionista –y añadió sonriéndose:-. ¿Para qué se desea una obra de arte sino para deleitarse con la contemplación de su exquisita belleza y con el hecho de ser su exclusivo dueño?

Me irritaba la forma de hablar de aquel tipo regordete tan pagado de sí mismo. Parecía querer tergiversar mis palabras con su batería de eufemismos.

- ¡Por las entrañas de Cristo! Y yo que pensaba que un hombre con sus extensos conocimientos sabría colegir la combinación entre la posesión de la estatua y el empleo de ese poder en la sanación del sobrino de don Alejo.

- ¿Qué puedo decir? Me deja sin respiración, señor -enarcó las cejas en un inequívoco signo de incredulidad-. Este enigma, en apariencia insoluble, será un juego de niños para vuestro espíritu sagaz.

Nada me hubiera gustado más que haber podido estrangularle en ese preciso instante hasta hacerle confesar. Quién sabe si los acontecimientos posteriores hubieran discurrido de una forma más favorable de haber cedido entonces a mi intuición, exacerbada por mis más bajos instintos.

Cuando uno se ve obligado a convivir día sí y día también con enemigos, traidores y sujetos de moralidad y lealtad difusas, desarrolla un sexto sentido para discernir lo mucho o poco de verdad que hay en su discurso. Aquel hombre redicho exudaba el hedor de la mentira por todos sus poros.

Sentí unas redobladas ganas de abofetearle ante aquella certeza. Había admitido conocer el poder que podía transmitir el ídolo, a la par que sostenía sin el menor rubor que sería poco menos que un carísimo adorno para don Alejo. Por no decir que estaba metido hasta las cejas en el robo al haber servido de tapadera para su importación.

En definitiva, nos seguía tomando por un par de majaderos sin cerebro a Garza y a éste, su seguro servidor. Me había cansado de ser confundido con un perro que ladrara a la luna.

- Me da que no me lo está contando todo, maese Avellaneda –le acusé sin ambages.

- Se lo repito: será porque no lo sé todo, querido amigo. Cuando no gustan las respuestas recibidas a lo mejor deberían cambiarse las preguntas –replicó con un tono que me pareció sibilino-. ¿Y usted, qué piensa?

- ¿Mi opinión le importa o le preocupa?

- Tengo la conciencia muy tranquila –rehusó responderme, mientras nos ofrecía una sonrisa artificiosa.

- Con eso no basta –dije con voz irritada.

- Ojalá no hubiera vendido la lámpara de Aladino que poseía. Entonces le suplicaría el deseo de recuperar lo perdido.

- ¿Entiendo entonces que contamos con su completa colaboración?

- ¿Acaso podría ser de otra manera? –le miré con aviesa intención. Nunca me gustó que me contestaran con preguntas.

- Tamaña generosidad os honra. Mereceríais ser incluido en el Flos sanctorum. Imagino tendréis un ejemplar de esa celebrada hagiografía de santos –arqueó las cejas, que parecían arcos de triunfo gemelos-. En su lugar, yo hubiera pedido al genio de esa lámpara mágica las riquezas de Craso –me burlé de él-. Y con el cambio, pagaría la recuperación de la estatua.

- Si no desean nada más, tengo que poner en orden mis libros de cuentas. Con Dios, caballeros –se levantó con gesto airado a causa de mis chanzas.

- ¿Con cuál de todos ellos? –hice un gesto con la mano abarcando la estancia.

- Una brillante apreciación –inclinó levemente la cabeza, pero se le había borrado la sonrisa de la cara-. Hay un buen surtido, sí. Elija el que guste.

- Demasiados y muy amontonados para mi gusto –hizo un mohín de disgusto con la nariz ante mi desprecio-. Además, temo que las plegarias dirigidas a estos dioses serían en vano: todos aquí tienen el corazón de piedra. Ojalá el suyo sea más sensible –le lancé una mirada severa-. ¿Sabe qué? Mejor que ellos le protejan a usted. En particular, ese de las tormentas. Por el infernáculo que puede desatarse aquí si esto no se soluciona pronto de forma satisfactoria –sobre todo si descubro que tiene que ver algo con el robo, pensé.

Me mordí la lengua por no levantar la liebre antes de tiempo.

Salimos de aquel mausoleo de piedra y vanidad con la desagradable sensación de que aquel ratón de biblioteca nos había manejado a su antojo.

Por fortuna yo no me dormía en las pajas y estaba acostumbrado a no esperar nada de nadie, sino solo de mis obras.

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Re: El hombre sin alma, una novela de aventuras para chicos y mayores

Mensaje por El hombre sin alma el Lun Ene 28, 2013 8:05 pm

CAPÍTULO VII. UNA VELADA AGRADABLE


Tras despedirme de Garza, de duelo por el asesinato de su hermano, decidí animarme un poco tras unos inicios tan desalentadores. Una de las lecciones aprendidas de la guerra es que llegar vivo al final de día resulta una victoria, y debe celebrarse como tal.

Abrí El Día, doblado en un bolsillo de la chaqueta. En páginas interiores aparecía un breve sobre una obra de teatro, “La caja de pandora”, en una corrala. Actuaba Coral Saldaña, una vieja amiga.

En tiempos mantuvimos una breve relación romántica, pero yo no soy ni he sido hombre de mantener compromisos sentimentales. En cambio, a ella le confiaba cuantas vicisitudes me deparaba la suerte. Le tenía más confianza en ciertos asuntos íntimos que a mis propios hermanos de armas.

Decidí pasarme a verla, aunque ella tenía un prometido: un primer oficial de un vapor que hacía la ruta entre Málaga y las plazas norteafricanas españolas. El gachó debía ser duro de oído o, simplemente, era un buena fe: la tomaba por modista en vez de por corista.

Maliciaba en mi interior que aquel joven había tenido la debilidad de enamorarse a lo trovador. Debía ser un hombre cándido, un Tenorio de mostrador, sin más experiencia que la que permitía tener amores con ninfas del taller de costura. No era asunto mío desengañarlo.

La actuación serviría para aligerarme la mente de tantas preocupaciones. Encima, ese maldito Avellaneda me había puesto la cabeza como un bombo con su sarta de insensateces.

Llegué al último acto. Ser amigo de la protagonista me granjeó el paso entre bambalinas, pues tampoco quedaba una silla libre en el patio.

Analizando la temática de la obra, una bella e inocente joven que causaba, sin proponérselo, la perdición a cuantos hombres se acercaban a ella, no me extrañaba ni su éxito ni que en la entrada no colgara la cédula con el beneplácito de la Junta de Censura de los Teatros del Reino. Claro que podría tratarse de algo tan prosaico como que el dueño no se hubiera molestado en solicitarla o, mejor aún, que hubiese sobornado a la persona adecuada. Tal vez a su público también le atraía, precisamente, ese incumplimiento de las normas.

Mientras los espectadores atronaban con la ovación final, digna de la mejor de las claques, me dispuse a esperarla a la puerta de los camerinos, no fuera cuestión que llegara antes algún admirador para ofrecerle sus requiebros. A veces los pasillos se convertían en un bazar oriental, pero en vez de esclavos se exponían pretendientes con sus lisonjas y su surtido de presentes.

Sí, estaba comprometida, tal como he dicho, pero eso no significaba que Coral se comportase en todo momento como una monja de clausura.

- ¡Dichosos los ojos! –puso los brazos en jarras en cuanto me descubrió. La diáfana blancura de su piel destacaba unas mejillas sonrosadas y frescas-. Hacía semanas que no te dignabas regalarnos tu cara presencia. Acompáñame al camerino y me cuentas.

- Creí más conveniente guardar las formas y la distancia ahora que eres una mujer prometida.

- Pues te prometo que mientras no me despose haré mi santa voluntad. Y si no le gusta, ¡carretera y manta! Entonces aceptaré gustosa las invitaciones que hoy rechazo de mis admiradores. Seguro que soy capaz de conseguir que alguno convenga en llevarme al altar.

- Los pintas como peleles… o como idiotas.

- No. Son hombres, simplemente. No lo pueden evitar –se chanceó con un contoneo jacarandoso mientras entraba en un pequeño vestidor y se desabrochaba los corchetes del vestido-. Siéntate mientras me cambio de ropa y me lavo el maquillaje. Y tú, sosainas, ¿no te animas a pasar por la iglesia?

- ¡Ah! El matrimonio es una trampa. No conoces de veras a la otra persona hasta que es demasiado tarde, y luego tienes que cargar con ella toda la vida. Además, el alma de una mujer es en exceso complicada para mí gusto. Yo soy demasiado simple para alcanzar tantos niveles de sutileza. Por otra parte, sería descortés hacer a una esposa víctima de mis malos hábitos...

- Cómo me aflige tu discurso. ¡Serás desconsiderado e hipócrita! –se mofó-. ¿Te has convertido en aliado de los traductores de las comedias francesas, que ridiculizan el matrimonio e invitan a violar sus sagrados fueros? ¿O acaso prefieres una barragana a una esposa?

- Hipócrita no. Precavido, más bien. Mírate, primero tu belleza atrae y desarma al hombre, luego tu sagacidad es capaz de convencerle como haría un sabio, y al final lo dominas cual serpiente hipnotizadora. Tú perderías a todos los santos de la corte celestial.

- Eres muy cuco. ¡A eso se le llama ser un caballero galante y cumplido! Pues más vale que no te opongas a mis deseos o siempre dependerás de mi veneno -se rió, pizpireta-. Haces que parezca con el poder de una lamia.

- Sacas las uñas, señorita. Tú vales un imperio, ese es tu auténtico poder.

- ¿Te pones romántico? Lo nunca visto. En el fondo eres más bueno que un filón de plata –dijo con expresión jovial-. ¿Sabes que mi novio siempre se despide en sus cables desde el barco con un “te llevo siempre en mi pensamiento”?

- Le alabo el buen gusto. Eres una encantadora criatura.

- Valiente tuno estás hecho. Qué caballeroso cuando quieres… Y tú, ¿quién ocupa tu pensamiento, querido? Te veo algo abstraído –alcé ligeramente las cejas. Me traspasaba con sus ojos grandes y provocativos-. Diría que he dado en el clavo.

No soy un hombre que rinda un culto ciego a sus emociones. Más bien al contrario: sujeto con cálculo todas mis pasiones y sentimientos. A pesar de ello, Coral podía leer en mis gestos como en un libro abierto.

- Nadie –respondí tajante y ella sonrió descreída.

- Una mujer ocupa esa cabezota dura, pese a cargar contra el matrimonio. Te tiene sorbidos los sesos. A mí no me engañas.

- Tú y tus trucos de hechicera –seguía esperando una respuesta. Cedí-. Nadie para quien yo sea algo más que un mueble, o un lacayo. En fin, lo propio para alguien de mal origen, fatal presente y oscuro porvenir.

- Bajo tu apariencia fría, ese aspecto indiferente, me imaginé que se ocultaba alguna historia dramática. Y en las más dramáticas interviene siempre el amor. En el fondo siempre has sido un soñador –sonrió con ternura-. ¿Necesitas un hechizo de amor para seducir a ese ángel encantador?

- ¡No! ¿Y si saliera mal? No sería la primera vez que algo así ocurre... y las consecuencias...

- Un pecho sin amor es como una noche sin estrellas, un campo sin flores, una lira sin cuerdas. ¿Acaso no arde un volcán en tu pecho?

- Este volcán permanece inactivo por el bien de todos.

- ¿No tienes corazón, entonces?

- Lo tuve. Ahora lo guardo bien oculto... donde nadie le haga daño.

- No te tenía por un temeroso. ¿Hasta cuándo podrás contener lo que sientes? ¿O te conformarás con un amor que llaman platónico? Creía que siempre te arriesgabas por conseguir lo que querías. El amor purifica todas las culpas que por él se cometen… Y mis hechizos siempre funcionan –insistió.

- No es tan fácil, no en este caso. Además, aún me quedan en la vida muchos cartuchos sentimentales por disparar –me temo que parecía abatido, como si me hubieran arrancado las alas del corazón. Forcé una sonrisa de circunstancias-. Sé prudente, querida. Piensa en lo que te haría la Inquisición en el caso de descubrirte. No se contentarían con coserte unas Aspas de San Andrés en las ropas. La magia es peligrosa y prohibida sin la licencia real. Acusada de brujería –meneé la cabeza con preocupación-. Mal asunto. Y tampoco creo mucho en la bondad de esos poderes de birlibirloque.

- La magia es preindustrial, sí, pero sus poderes son reales. Lo que la ciencia llama hoy dióxido de carbono, los antiguos lo conocían como aliento de dragón. No es un juego de bisbís, no te equivoques –me reconvino con seriedad-. Tú te lo pierdes. Bueno, tal vez prefieras que tu jefe te construya una novia robot –dijo con punzante burla-. Dicen que es la última moda en los refinados salones de París.

- Quien sabe si no sería la solución… ¿Algo así no resultaría contradictorio con tu discurso sobre el amor?

- Soy mujer, puedo ser contradictoria –rió-. La gente no suele gustar de tratos con personas como nosotros. En particular, conmigo.

- Sí. Quieren nuestros servicios. Mis hechizos prohibidos, tu arrojo militar sin medida. Los necesitan. Somos simples instrumentos para que otros alcancen sus objetivos. Una vez usados, les incomodamos.

- Instrumentos de Lucifer, de atenernos al trato que, algunos puritanos y otros fariseos, nos dispensan. Y eso que se tienen por gentes ilustradas. Pero ya se sabe, los pobres olemos mal donde hay ricos.

- Les recordamos sus debilidades y, por supuesto, nos recuerdan que no somos uno de los suyos. Y nunca lo seremos. Por eso me hice actriz. Sé que nunca alcanzaré la fama de una María Guerrero en el escenario, pero no me importa. Les obligo a verme, nunca más me esconderé.

- Por la misma razón me he cansado de arriesgar el pellejo a cuenta de los demás. Sobre todo porque mi sangre ha servido para que otros se llevaran la gloria por mi cuenta. Se acabó. La herida en la mano me ha abierto los ojos. Cuando salde las cuentas pendientes marcharé. Lejos, sin mirar atrás. Aquí ya no me queda nada.

Ella me apretó suavemente el antebrazo. La echaría de menos. A ella, sí.

- Al menos tú tienes a alguien que te haga feliz. ¿Con o sin hechizo? – le guiñé un ojo. Giró sobre sí misma con coquetería para que pudiera admirarla.

- ¿De verdad piensas que pueda necesitar algún tipo de ayuda sobrenatural para que los hombres me encuentren atractiva?

- Más le vale a ese marino cuidarte bien, porque si no… Ya sabes que siempre estaré a tu lado.

- Tú nunca estarás conmigo, él sí –replicó con tono avinagrado-. Eres un espíritu libre, tanto que te vas a quedar para vestir santos, prenda. Venga, vámonos a pasarlo bien –ordenó, mientras se colgaba de mi brazo.

Tras tomar unos bocados en la fonda en la que solían cenar las gentes del teatro, fuimos a un cabaré. En el salón se fumaba, se blasfemaba, se reía, a veces hasta llovían bofetadas. Muchos perdían las formas cuando bebían.

El cura del barrio decía que el chotis, la polka y el rigodón eran un extravío de la moral causantes del desconsuelo de algunas familias. Todo eso no evitaba que el local estuviera lleno hasta la bandera.

- Este un establecimiento mal visto. Ninguna mujer respetable entraría allí –previne a mi pareja con toda la intención-. El cabaré es el casino de los pobres. Se bebe vino malo, se fuma tabaco asqueroso y se frecuentan las más dudosa compañías.

- Pues es en los de esta calaña donde prefiero ser vista… al menos hasta casarme -rió a carcajada tendida.

Allí, cogidos del talle, bailamos y bailamos al son de un piano mecánico y un organillo. La manivela la giraba un manco rostrituerto y barbirrucio. ¿Otro mutilado de guerra?, me pregunté. También el vendedor de periódicos, con su pata de palo, a quien compré El Día. La guerra, las guerras mejor dicho, habían llenado España de tullidos. Como yo, recordé. Aún podía bailar, me consolé.

Deseché ese cenizo pensamiento y seguimos dando vueltas en mitad de la sala de baile. Hasta Coral me cantó al oído –no desvelaré aquí aquellas susurrantes estrofas pues, siendo inocentes, podrían llevar a malos entendidos si su novio leyera estas páginas- y ambos rememoramos nuestros sueños de un futuro mejor.

Le expliqué mis deseos de partir a América con una patente de corso.

- ¿Huyes? –esa única palabra desprendida de los labios de Coral cayó como una gota de plomo fundido en mi corazón.

- Me aflige en extremo que saques esa conclusión precipitada. Busco iniciar una nueva vida.

- A ti no te gusta hacer las cosas de la manera fácil. Hasta que no te hagas matar no pararás. ¿Esos judíos querrán financiarte el corso cuando el negocio que te encomendaron no llegó a buen puerto?

- Eso confío. De no ser así, emigraré a California. Es una tierra de oportunidades, a pesar de los conflictos fronterizos con los Estados Unidos. Tal vez no pueda descubrir oro, pero trabajo de militar o mercenario seguro que no falta en los Tercios de Tejas.

- ¿Y a qué esperas? Si has renunciado al amor de esa misteriosa mujer, ¿qué te retiene aquí? Ves a ver a esos Cohen y sal de dudas –sonrió maliciosa.

- Todavía no ha sanado Leopoldo –dije con quejumbroso acento. Me avergonzaba confesarle que la mujer que me quitaba el sueño era su prometida. Se trataba de un deshonor y la peor de las traiciones-. Pidió el traslado de las Filipinas a las Islas Marianas tras mi degradación de capitán a sargento por golpear a un comandante. Quería evitar que cometiera cualquier barbaridad en mi destierro.

- ¡A quién se le ocurre atizar a un superior! ¿Se puede saber por qué lo hiciste?

- Porque se lo merecía –su mirada chispeaba como el fuego entre cenizas.

Al final desistió, convencida de que no soltaría prenda sobre los motivos de mi agresión.

Confío, también, en que su generosidad y comprensión, amigo lector, me exima de exponer a la luz pública cuestiones que podrían afectar al honor de terceras personas no involucradas en la historia que aquí se relata.

- Pues el calentón no te salió precisamente barato.

- Sí. Por mi culpa Alejo está como está –concluí con un hilo de voz.

- Así que te sientes culpable de su estado –sin darnos cuenta habíamos dejado de bailar-. Pero no eres culpable de lo que le pasó, Ventura.

Los aplausos despidieron al organillero. Sirvieron para que nuestra conversación se apagara. El público se dirigió a sus sillas. Nosotros también volvimos hacia nuestra mesa. Era la señal de que iban a comenzar las actuaciones. El griterío se apoderó del local.

- ¡Música! ¡Música de verdad!

- ¡Que empiece! ¡Que empiece!

El pianista, con cara de cura, se remangó las bocamangas de un ridículo frac azul marino y atacó la entrada de la canción de una zarzuela, mientras se abría el telón.

Al darle el pie, apareció una cantante de variedades para hacer su espectáculo en el escenario.

La entrada en escena de la artista fue saludada con un guirigay:

- ¡Guapa! ¡Salerosa! ¡Bravo!

Un tipo vigilaba desde las bambalinas que ningún beodo quisiera tocar a la cabaretera. Con un palo alargado como un bichero espantaba a los moscones que osaban acercarse más de la cuenta.

Alguien entró en el local pidiendo ayuda. Al principio la potente voz de la cantante, la música de la orquesta y la propia batahola generada de los parroquianos hizo que el portazo pasara desapercibido.

- ¡Socorro! ¡Ayuda! ¡Por Dios…! –gritó una anciana desgreñada, con el rostro desencajado por el pánico.

Cayó al suelo, como fulminada por un rayo.

La orquesta se detuvo, la cantante enmudeció, a todos se nos encogió el corazón durante un instante. Un silencio tétrico se abatió sobre nosotros como una nube de tormenta. Muchos se quedaron estupefactos, algunos se abrazaron a sus parejas, otros nos acercamos para ver lo que pasaba.

Entonces se oyeron afuera unos terribles chillidos de mujer, seguidos de unos rugidos guturales, más propios de las profundidades del Averno que del mundo de los vivos.

Desenfundé la pistola y salí a la calle.

Sonó el silbato de un sereno de forma insistente. Cuando me acerqué con paso cauteloso a la esquina para descubrir lo sucedido, una enorme sombra dejaba atrás las farolas moribundas. Detrás de ella, otra sombra, de menor tamaño, seguía sus pasos, como empujándola, si algo así fuera posible.

Siendo aquello cuando menos peculiar, como también lo era el aura brillante que las envolvía, lo realmente extraordinario fue contemplar a las sombras saltar ¡hacia arriba! como impulsadas por un muelle gigante, para desaparecer tras una tapia erizada con cristales de botella, en un salto tan ágil que sería la envidia de un gato montés.

En un callejón, sentado con la espalda recostada en unos sucios tablones, descansaba un cadáver sin cara, horriblemente mutilado, destrozado como si se hubieran dado un festín con la parte superior de su cuerpo.

Un sereno contemplaba horrorizado la dantesca escena desde la entrada de la calleja.

Aquello solo podía ser obra de aquel a quien los diarios habían bautizado como El Desollador. El chispazo de un escalofrío recorrió mi columna vertebral ante la contemplación de aquella salvajada.

Alguien llamaba a gritos a la policía. Una sirena resonó a lo lejos. Pasado el peligro, o eso les parecía, una bocanada de gente salió a ver lo sucedido.

Un hombre avanzó con una libreta y un lápiz en ristre. Imaginé que un periodista se encontraba con la noticia de bruces.

Me volví hacia el cabaré. Yo no podía hacer nada. Un grupo se arremolinaba en torno a la anciana que dio la alarma.

Coral me esperaba en nuestra mesa, los brazos cruzados, cariacontecida.

- Te acompaño a casa –le dije-. Las calles ya no son seguras –me quité el crucifijo de plata que siempre llevaba colgando del pecho y se lo puse a Coral. Me miró extrañada, pero no preguntó. Ella estaba más acostumbrada a los fenómenos sobrenaturales que yo-. A partir de ahora no te lo quites nunca.

Un nuevo peligro campaba a sus anchas por la ciudad. Y, por una vez, la prensa no exageraba sobre la magnitud del mismo.

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Re: El hombre sin alma, una novela de aventuras para chicos y mayores

Mensaje por Tesla intempestus el Lun Ene 28, 2013 9:13 pm

Uau... No lo he leído todo pero la narrativa me cautiva. Y la imagen de una Alambra enmarcada por aire con dirigibles... Uff, que subidón. A ver cuando lo termino.
Felicitaciones, hombresinalmaperoconmuchoquedecir.

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Re: El hombre sin alma, una novela de aventuras para chicos y mayores

Mensaje por El hombre sin alma el Miér Feb 06, 2013 6:54 pm

Tesla intempestus escribió:Uau... No lo he leído todo pero la narrativa me cautiva. Y la imagen de una Alambra enmarcada por aire con dirigibles... Uff, que subidón. A ver cuando lo termino.
Felicitaciones, hombresinalmaperoconmuchoquedecir.

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Apreciado amigo Tesla,

Gracias por leer y comentar. Me alegra que de momento sea de su interés. Y le reitero el agradecimiento por su felicitaciones.

Por mi parte me toca felicitarle por el tour de force narrativo desplegado y lo ambicioso de su proyecto literario. Aprovecho para recomendar a todo visitante que aproveche para pasarse por su blog (el enlace está un poco más arriba) y descubrirlo.

Y como siempre, animo a todo lector a dejar aquí su opinión. Positiva o negativa, siempre será bienvenida.

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CAPÍTULO VIII. UNA DAMA EN APUROS

Mensaje por El hombre sin alma el Miér Feb 06, 2013 7:00 pm




Era media mañana cuando bajé a la
cocina de doña Angustias. La elegancia de sus formas iba desapareciendo bajo
una obesidad que revelaba salud y bienestar. Canturreaba mientras preparaba el
aperitivo para tenerlo listo tras volver de misa. Una buena mujer, sí, pero de
costumbres tan inflexibles como el hacha del verdugo, pensé.



La dueña de la pensión
se apiadó de mí, sobre todo tras mi sucinto y jugoso relato del susto que nos
llevamos anoche, y me sirvió un pequeño refrigerio para no dejarme comenzar el
día in albis.



Compartía mesa con un
cochero, compañero de pensión y trasnochador como yo. Si viviera en el campo me
recogería con las gallinas, madrugando como los aldeanos. Mas siendo todavía
joven y viviendo en Granada, y no en la bíblica Belén, no apreciaba la
ponderada quietud del dulce hogar doméstico.



- Mi relato es más
modesto, me temo –advirtió el cochero, cariaguileño y gallardo como un roble,
con voz festiva. La señora Angustias se giró, abandonando momentáneamente sus
quehaceres; yo levanté la vista del tazón-. Fíjense la de gente rara que hoy en
día vive en nuestra querida Granada. A un músico, conocido mío, le ha
contratado un adinerado señor portugués para que toque en una fiesta por una buena
suma de dinero… a cambio de no mirar a los invitados.



- Más rumboso que las
pesetas, ese caballero… –doña Angustias, tan beata como cotilla, sonreí para
mis adentros.



- Arnaldo Ferreira
Lopes, creo que se llama el lusitano –aclaró el cochero con la boca llena.



- Donde se arranquen
unas sevillanas que se quiten todos los fados. Además, ahí seguro que no se
fragua nada bueno –advirtió nuestra devota casera.



- No puedo por menos que
daros la razón –apostillé también escamado-. Dudo que se trate de una fiesta de
seminaristas. Curiosa velada…



- ¡Quiá! Nada de velada.
Matinal poética. ¡Ahí es nada! No hace mucho han sonado los cuartos en el reloj
de Santo Tomás. Debe estar por empezar, si esos señoritingos no han comenzado
ya su audición de “poesía” –se burló con tono almibarado y gestos
aflamencados con las manos.



- Un ricachón, cuando
paga tanto dinero a unos músicos, no por su música, que también, si no sobre
todo por participar en una charada y prestarse a guardar el secreto, algo
malicia. Extrañas costumbres las de los potentados –comenté con tono distraído
mientras apuraba los últimos restos de mi suculento desayuno.



Con los carrillos
abultados desmentía aquello de que el buen español era sobrio en el yantar.



- Y poco cristianas,
tratándose, además, de un extranjero –insistió doña Angustias con desenvoltura.



- Sí, la ciudad acoge a
un nuevo magnate –asintió el cochero con aire de satisfacción al haber atraído
nuestra atención con su relato.



- ¿De dónde ha salido
ese gachó? –pregunté con un deje suspicaz.



El cochero encogió los
hombros con displicencia, asumiendo su ignorancia al respecto.



- Por el dinero que
mueve podría salir de la mismísima cueva de Alí Babá y los cuarenta ladrones.



- ¡Vaya! De esos hay
muchos aquí y en el resto de España –me reí.



- Creo que los invitados
son vecinos –remachó el hombretón.



- ¡Toma! Vecinos
nuestros más bien no. Seguro que huyen de nuestras trapisondas como gato
escaldado –ahora quien reía era doña Angustias.



- Es cierto. De Granada,
me refería, no forasteros. Entre ustedes y yo, les ruego no suelten prenda –el
cochero bajó el tono de voz, mirando a ambos lados como si temiera que nos
espiaran-, puedo decirles la identidad de uno de los invitados. La señorita
Alicia Falcón.



Di un respingo en la
silla al oír el nombre de la novia de Leopoldo.



- Cómo puedes saber tú
que doña Alicia va a esa fiesta –argüí en tono seco. No me cuadraba esa
información.



- Pues porque a este, su
seguro servidor, le han contratado para que al mediodía recoja a la dama en
cuestión. A mí me da que no quiere que sus padres se enteren. ¿Para qué
llamarme, si no, en vez de usar el coche de su señor padre? –se ufanó por sus
dotes deductivas.



Sentí un pálpito
preocupante. Las malas noticias dadas por don Alejo relacionadas con su familia
y el compromiso matrimonial, no acaban de casar bien con la asistencia en esa
fiesta. Esa no era una celebración al uso, barrunté.



Le pedí la dirección al
cochero. Se mostró remiso hasta que un par de duros y el recordatorio de que
era amigo del prometido de la muchacha ablandaron sus volubles escrúpulos. Con
otro duro acordamos que en una hora esperaría en la esquina de la mansión.



Subí a la habitación
para armarme, recoger el bastón y el sombrero, y vestirme con algo parecido a
la decencia para presentarme en una buena casa.



Llegué resoplando por la
carrera. Busqué la parte trasera del patio. Vigilé que no hubiera testigos y
salté con cuidado la tapia. Allí, emboscado en el jardín, sintiéndome como un
vulgar ladrón a la espera de una oportunidad para cometer sus fechorías, espié
a los invitados.



Desde afuera se veía un
salón espacioso, adornado con elegantes colgaduras damasquinadas color de rosa,
con profusión de bordados de plata, que brillaban al resplandor de millares de
luces simétricamente colocadas en arañas y globos de cristal. Las pinturas del
techo representaban cupidos y ninfas jugueteando en el aire, y escondiéndose
tras nubes rosadas y de nácar.



En una galería lateral
la orquesta tocaba con los ojos vendados, como relatara nuestro cochero. Varias
parejas enmascaradas, conté cinco, como en una fiesta carnavalesca, ejecutaban
una danza con movimientos lánguidos mientras entonaban una letanía monótona
que, en aquel momento, juzgué con reminiscencias religiosas.



Unas máscaras iban de
dominó negro, otros vestían heroicos trajes de helenos y romanos. Más que una
fiesta al uso, aquella puesta en escena me pareció más propia de una ceremonia
iniciática. Pero, ¿de qué tipo? Admito que era un ignorante en cuestiones de
nigromancia o cultos arcanos. Lo que sí sabía era que aquel espectáculo me daba
muy mala espina y parecía hallarse en un momento álgido.



Apartados de las otras
cinco, otra pareja, con máscaras más lujosas que las de sus compañeros,
realizaba un baile de cortejo envuelto en un aura de irresistible sensualidad.
A pesar del antifaz, de la parte del rostro que podía verse, creí reconocer la
hermosura de primer orden de Alicia. El hombre, con la mano enguantada ante la
cara, el índice extendido ocultaba la línea de sus labios, hurtándonos su
expresión, intentaba seducirla. Eso me dijo la intuición o, mejor dicho, los
celos que sentí al punto, debo admitir no sin vergüenza por lo que tenían de
pecaminoso y prohibido aquellos pensamientos.



Decidí entrar en acción
antes que esa fiesta degenerase en una auténtica bacanal pagana y no hubiera
forma de detener los instintos desatados de aquellos libertinos. Noté como me
sofocaba por momentos ante ese temor.



A grandes zancadas me
plantifiqué en la puerta de la mansión, donde apreté con insistencia el timbre.



- Se equivoca –me espetó
un lacayo tal cual abrió la puerta con gesto de fastidio.



- El equivocado es
usted. Busco con urgencia a la señorita Alicia Falcón.



- Lo siento. No conozco
a nadie que responda a ese nombre. El señor está ocupado –el portero, un enano
gibudo y patizambo, de mezquina apariencia, hizo ademán de cerrarme la puerta
en las narices.



Sus esfuerzos fueron en
vano. Metí el pie en el vano de la puerta para que le resultara imposible
dejarme plantado.



- Insisto. Sentiría
tener que emplear otros medios que los de la súplica para que me atendiesen.



- ¡No se puede molestar
al señor!



- ¡Apártate, engendro
del demonio!



Me deshice de él con un
empujón. Al instante llegó un forzudo cejijunto de horrible catadura. Me detuve
en seco. Con aquel bigardo no bastaría con un único arreón.



- Nadie le ha dado vela
en este entierro, golfo. ¿Por qué no tratáis con alguien de vuestro tamaño? –me
hubiera gustado, pero aquel bruto me sacaba un palmo, su espalda era tan
imponente como el acueducto de Segovia, y yo no soy lo que se dice pequeño-.
Márchese ahora que puede, cascaciruelas, o empezaré a romperle los huesos
–crujió los nudillos de sus manos de oso.



Tragué saliva, mientras
pensaba en cómo salir del embrollo sin perder la dignidad. Maldije mi
impulsividad. Esto no es un campo de batalla, me sosegué. Carraspeé intentando
ganar tiempo para aclarar mis ideas.



El Goliat confundió el
silencio momentáneo producido por mis dudas con cobardía.



- ¿Desde cuándo se
permite a la gente perdida hollar con su inmunda planta los salones de las
personas elevadas por su clase y por su rango? ¿Habéis visto qué pinta traéis,
gañán? –insistió con socarronería.



Venir corriendo mientras
el foco solar ardía implacable, tal como si una legión de fogoneros lo
alimentara sin descanso, escalar una pared, subirme a un árbol y corretear por
la tierra fresca del jardín, hacían que mi aspecto dejara un poco que desear,
cierto era.



Eso no hizo que me
doliera menos la burla y su digestión fuera más ligera.



- He venido sin demora
para avisar a la señorita Falcón –intenté usar un tono melifluo, sin gran
resultado por la falta de costumbre. Para no cometer una barbaridad que
comprometiera el buen nombre de la dama, al fin ideé una excusa-. Traigo una
noticia de suma importancia.



Nos medimos con las
miradas. Él sospechaba que no era de fiar, mas, seguro cavilaba en ese instante
cómo podía saber yo que ella estaba allí.



- ¿Una noticia? Espero
que sea buena –apareció en la puerta del salón el señor de la casa,
de belleza olímpica como un Adonis,
con la máscara en una mano de dedos ensortijados. Tenía una boca ancha y de
finos labios, señales casi infalibles de dureza de corazón y violencia de
carácter, cuando van unidas a un cráneo ancho en la línea que pasa de oreja a
oreja como era el caso-. ¿Y las voces de reyerta de hace unos momentos?
Incomodan a mis invitados –en sus ojos brillaba un relámpago de cólera-. ¿Qué
noticia puede requerir una urgencia tan desmedida y unos modales tan
vergonzosos, propios de una barraca de feria? Cualquiera podría confundiros con
un pícaro del calibre de Guzmán de Alfarache. Abreviad, haga el favor.



- Una que solo atañe a
la interesada... o a alguien de la familia –dije con voz firme, recuperando de
nuevo el aplomo.



Su faz me sonaba vagamente,
de una manera familiar y a la par indefinida, como ese cuadro colocado en el
recibidor de la casa de un amigo al que de vez en cuando visitamos y que
contemplamos de pasada sin reparar en los detalles.



- ¿Sois su padre?
¿Tampoco su hermano? No creo… por vuestro desaliño –dijo con sorna. No me quedó
más que negar con la cabeza-. Un bergante, más bien. Entonces, recadero, ¿qué
pretendéis con vuestra inoportuna presencia? ¿Matarnos de aburrimiento?



El dueño de la casa
dedicó una sonrisa deslumbrante a Alicia, que había aparecido detrás de él y me
observaba con una extraña intensidad. Me había reconocido y no se explicaba mi
presencia allí, deduje en aquel momento.



- No pretenderíais
aprovecharos de la candidez de la dama, ¿verdad? –le apremié, sin poder
reprimirme al verla tan radiante.



El aplomo había dejado
paso al descaro. Siempre me ha costado resignarme y las afrentas del portugués
me sacaron de las casillas. La lengua, esa maldita lengua mía…



Leí la perturbación en
el rostro de Alicia, que se abanicaba como si temiese una sofocación, aunque al
punto lo disimuló.



El forzudo, parecía un
oso de los Pirineos, avanzó un paso hacia mí, hasta quedar a un palmo de mi
cara. Un gesto de su señor le detuvo en seco.



- Déjalo, Valdivia.
¡Tened la lengua, petimetre! No sé porqué se atreve usted a presentarme en mi
casa de esta suerte. Le digo desde ahora que se marche. Nadie me insulta
impunemente y sale indemne… pero el respeto que me merece esta bella dama os
protege ahora de mi furia -me calibró con la mirada, como antes había hecho su
guardián-. Idos antes que me arrepienta por haber impedido a mi sirviente
haceros escabeche.



Entonces lancé la
estocada definitiva. No podía marcharme sin cumplir mi objetivo ni devolver los
insultos sufridos. Por Leopoldo… y por mí.



- Permitid que me
explique –ofrecí con tono conciliador y la mejor de mis sonrisas-. Me es
sumamente grato participarles que el prometido de la señorita ha experimentado
una inesperada y esperanzadora mejoría de su enfermedad -la cara del caballero
portugués reflejó entonces la ira de Dios o, mejor dicho, la del diablo.
Proseguí con la mayor sangre fría-. ¿Le conocíais, señor?



A su lado, ella había
empalidecido. Se llevó el dorso de la mano a la boca para ahogar una
exclamación de sorpresa. Su mirada se había oscurecido como cubierta por los
nubarrones de una tormenta.



- No, no, solo de oídas
–la voz del portugués se había vuelto ronca por la rabia, su rostro tornado
bermejo.



- Se trata de un gran
caballero, os lo aseguro. Solo espero que tengáis la oportunidad de conocerlo
en persona. Parecéis conmovido por la buena nueva.



Mi acento era
calculadamente moderado.



- No tengo más interés
que el de una cristiana preocupación por una persona enferma –masculló como si
le costara pronunciar aquellas palabras.



- Aplaudo vuestros
caritativos sentimientos, caballero. Hoy en día parece que el prójimo no nos
importa ni el canto de una perra chica. ¿Me acompañáis a tomar la fresca?
–ofrecí el brazo a la dama. Durante un instante pareció dudar, de forma que lo
retiré y me hice atrás para dejarla pasar-. Caballeros, que ustedes lo pasen
bien –me despedí con tono formal.



- Valiente fresco estáis
hecho –acerté a oír el rezongo irritado de Valdivia.



En aquellas deliciosas
pupilas se adivinaba el rayo. Había visto ese fulgor en otras ocasiones, no muy
felices, aunque entonces no supe captar su auténtico significado. Así de ciego
me encontraba ante la presencia de Alicia.



Ella enrojeció y se
despidió, escoltada por mí hasta el coche alquilado, mientras el portugués lo
observaba todo desde la puerta de la mansión, confundido seguramente por el
curso que habían tomado los acontecimientos desde mi llegada.



Al punto nos dio la
espalda para disimular la ira que ardía en su pecho y destellaba en sus ojos.



- Disculpadme, Alicia.
Os he sacado de esa casa con una mentira –le susurré mientras le abría la
portezuela del vehículo.



- ¿Cómo decís? –un fuego
repentino inflamó sus ojos, que ya no parecían angelicales-. ¿De qué mentira
habláis?



- Subid, señora, os lo
ruego –demoré la respuesta hasta que el vehículo se puso en marcha-. Por
desgracia, las buenas nuevas sobre Leopoldo son falsas.



- ¡Estáis loco! –casi
chilló, perdidas las formas. Un estremecimiento voluptuoso la agitó-. ¿A qué se
debe vuestro indigno comportamiento?



- Soy el primero que
debería rendir cuentas por todos mis errores y flaquezas. En lo que a mí
concierne, no soy quien para juzgar ni la ropa que vestís –me excusé con matiz
amansador, incapaz de confesarle mis auténticas razones y de declararle mi
devoción.



Presto y hábil con las
armas, nunca he sido, ni de lejos, la mitad de ducho con las palabras.



- ¿A qué viene esta
farsa, pues? –su voz cortaba como una bayoneta.



- Lo hice por el bien de
todos. Por vuestro bien –articulé no sin esfuerzo.



No tuve arrestos para
confesar que, a través de la ventana, me pareció dispuesta a acabar en los
brazos de aquel galán.



- ¿Por mi bien? No diga
sandeces –me cortó con tono agrio-. Os ruego que la próxima vez me permitáis
que eso lo decida yo, no usted. De esta broma de mal gusto tendrá noticias mi
señor padre y, por supuesto, don Alejo.



A veces las palabras
duelen más que los golpes. Esa amenaza resonó como un latigazo en toda mi cara,
sacándome del apocamiento al que sus reproches me habían inducido.



- Supongo que ellos no
os demandarán explicaciones por vuestra presencia sin la compañía adecuada en
una fiesta de máscaras, ¿verdad? Cualquiera podría decir que no tenéis ni un
ápice de decencia –ahora era yo el que usaba un tono glacial para aguijonearla.



Con suma tranquilidad se
desnudó un guante, se quitó el anillo de pedida de Leopoldo y me propinó una
sonora bofetada. Con igual parsimonia procedió a vestir su mano.



Me dejó azorado y pálido
como la cera por la sorpresa. Con la lengua me limpié un hilo de sangre de los
labios.



- Luciré este premio con
satisfacción –gruñí mientras intentaba aplacar mi mal genio.



No volvió a dirigirme la
palabra ni me miró en todo el trayecto hasta su casa. Esa cínica indiferencia
me exaltó el ánimo y contribuyó a excitar mis sospechas sobre su conducta, muy
a mi pesar.



Así me quedé en mi
orgullo humillado y con el amor propio resentido por aquel maltrato. Pero con
la satisfacción de haberla salvado... o al menos a su honor.




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Re: El hombre sin alma, una novela de aventuras para chicos y mayores

Mensaje por El hombre sin alma el Vie Feb 22, 2013 8:06 pm

CAPÍTULO
IX. TIEMPO DE SOSPECHAS


Tras dejar a la dama
en la casa familiar,
me fui a
tomar algo a la bodega de Darío Márquez, punto de encuentro para algunos
veteranos como yo, sita en el Albaycín. Era una sólida taberna de dos pisos con
su correspondiente bodega, un abovedado subterráneo que servía de hogar a un
surtido de excelentes caldos.


Según se entraba, a
la izquierda
, se distinguían
unos veladores. A la derecha había mesas de pino, encima de las cuales campeaban
platos con viandas: bacalao frito, buñuelos, sardinas, y chorizos asados,
intercalados con pepinos, tomates, cebollas y pimientos. En la planta de arriba
se encontraban dormitorios a uno y otro lado; al fondo, un gran salón para
reuniones privadas y banquetes, de donde procedía el sonido de un
acordeón.


No sabría decirles el porqué del presentimiento
que me torturaba, pero no hacía más que darle vueltas a que el portugués me
resultaba vagamente familiar. Estaba convencido de haberlo visto antes. Mas,
¿dónde? ¿Y bajo qué nombre? El de Arnaldo Ferreira Lopes, seguro que no.
Acontecimientos posteriores demostrarían que mis sospechas no iban
desencaminadas.


Acodado en la barra se encontraba mi
compañero de armas Gerónimo Garay, un vizcaíno de lo más enérgico. El vascongado
mantenía una animada conversación con Darío, a cuya espalda un armario, que
tapaba por completo la pared, aparecía repleto de vinos y licores de las más
diversas añadas y procedencias.


Decidí preguntar al bodeguero por el
portugués. Con su red de informantes en la ciudad, necesaria para el buen fin
del contrabando y otros trapicheos ajenos a la Hacienda pública, se mantenía al
día de lo que se cocía en Granada y sus alrededores.


- ¿Qué se dice
e
n el calle?

- Nada nuevo. Maldiciones generalizadas por
las malas cosechas. El runrún de siempre contra los terratenientes de puño
cerrado –el patrón, hombre de buen aspecto y mejor fondo, llenaba su pipa con
tabaco árabe, de ese que arrancaría a pedazos los pulmones de un señoritingo-.
Sorpresa relativa por la aprobación de Gobernación civil del Comité Socialista
de Granada…


- Darío, abrevia. Ya sabes por qué te
inquiero –a mi interlocutor, más fino que el oro y más largo que la cuaresma, a
veces le gustaba hacerse de rogar-. Seguro hay algo que justifique mis recelos
sobre ese mala sombra.


- En Granada se cobija tanto desconocido
que no es fácil averiguar la verdad. Eso sí, conjeturas a miles sobre ese
extranjero. Ninguna se puede tomar como un artículo de fe.


- ¿Y qué nos
imp
orta ese tío? –terció
Gerónimo con un gesto de fastidio que le enrojeció la corva cicatriz que desde
la sien le atravesaba la cara hasta la comisura de los labios, producto de
nuestro pasado militar-. Será un hombre como otro cualquiera.


- En esta ciudad hay más noveleros que
personajes tienen los dramas de Alejandro Dumas. Unos dirían que es un personaje
profundamente diestro y que sabe manejarse con superior amabilidad; otros, que
ese Ferreira es un auténtico duende a quien pocas novedades se le ocultan
–expuso Darío con tono incisivo-. Certezas muy pocas en este caso,
insisto.


- Entonces poco progresamos. No podemos
seguir a oscuras –les relaté lo acontecido en la mansión del
susodicho.


Darío nos refirió a continuación, en tono
confidencial, que nadie sabía a ciencia cierta de dónde había salido: unos
sostenían que era hijo de un hacendado brasileño, pues de allí procedía, según
sus documentos de identidad; otros, que su fortuna la amasó con el tráfico de
esclavos; algunos, que contaba con cédula diplomática. Los más osados, que aún
comerciaba con los indígenas de las costas del Atlántico, intercambiando alcohol
y cachivaches por oro y otros preciosos minerales que los nativos no apreciaban
en nada.


Lo realmente cierto era que su dinero hacía
que extendiera sus tentáculos en múltiples negocios, no todos ellos honorables:
tráfico de opio, de ébano vivo,
negros que se cazaban en Guinea y luego transportaban a las haciendas de los
Estados Unidos, trata de blancas con el califato de Orán. Historias a cual más
variada y no menos imaginativa e incluso truculenta.


- A saber cuánto hay de verdad y cuánto de
mentira en todas esas habladurías. En España, ya se sabe: los rumores vuelan y
la verdad se arrastra. Quienes han visto su tarjeta de visita dicen que aparece
la corona de un marqués –concluyó Darío encogiéndose de hombros.


- ¡Infame falsario! ¿Ese pájaro de cuenta
con un marquesado? –me exalté-. Será de esos arrogantes que mandan tejer
coronitas de Marqués en los calcetines, pero nada más.


- Pues así aparece inscrito en la Guía de
Forasteros. Nada extraño, pues es de los que rinde culto a sí mismo por medio de
su engalanamiento exterior. Pocos en la corte irán tan emperejilados como él.
También puede tratarse de un rico de nuevo cuño que, por darse tono, distribuye
tarjetas aristocráticas –expuso Darío-. En cualquier caso, si realmente está al
servicio de su gobierno, con las credenciales pertinentes, su persona es
inviolable.


- Ha sabido gastarse varios miles de duros
con gran acierto. ¿Quién te dice que parte de los mismos no los ha cambiado por
un viejo pergamino nobiliario? España es la nación de los hidalgos empobrecidos
–explicó con tono didáctico Gerónimo, que cuando hablaba parecía a veces más un
maestro que un granadero, vista su aventajada estatura y austera fisonomía-. Las
onzas de oro allanan las dificultades mejor que ninguna otra cosa. Así, con la
curiosidad que despierta, le conviene mucho que le vean no como ha sido, sino
como quiere ser visto. Para ello un título ayuda, y mucho.


- Tendrá una nobilísima genealogía: alcanzará
hasta al rey Tolomeo por una parte, y hasta Hércules por la otra. Un origen
linajudo de calidad incontestable. ¿Será descendiente de los príncipes de la
Atlántida? ¿Y si también es hijo del emperador del Brasil y su embajador
plenipotenciario? –me burlé-. Los defectos, cuando se presentan cubiertos con
barniz de oro, no se ven bien –protesté-. Ni todo el oro de los Rodschild puede
comprar ni la dignidad ni el honor.


- Alma de Dios, el oro es un excelente
consejero, igual que el vino: usado con moderación resulta muy saludable
–remarcó Gerónimo con mordacidad.


- En ocasiones te comportas como un iluso,
Ventura –rió con sorna Darío-. La sociedad es servil por naturaleza. Busca
cobijarse bajo la sombra del rico y huye del pobre como de la peste.


Alcé una ceja, sorprendido... hasta cierto
punto. En ocasiones no podía evitar ciertos arranques de absurdo idealismo. Algo
paradójico por cuanto me consideraba un hombre pragmático, y algunos incluso me
tenían por un cínico.


- ¡Ah, queridos amigos! La alta sociedad es
la menos escrupulosa en materia de examinar las cualidades morales, pues
admitirán comportamientos reprobables al hombre menos merecedor de alternar en
sus círculos siempre que cuente con un título nobiliario, mientras que sin esa
cualidad le mirarían con profundo desprecio. Los hombres de la aristocracia
siempre se tratan con la mayor afabilidad, aun con sus mayores enemigos, pues
dicen que lo cortés no quita lo valiente -remató Gerónimo con una media sonrisa
que nos ofrecía sus dientes, blancos como la nieve.


Mi amigo era capaz de aportar siempre
sentido común ante mis arranques de genio y ofuscación.


- No sabes lo mejor –anunció Darío, todo
ufano, más feliz que un hambriento delante de las viandas-. Incluso algunos le
señalan como el cerebro que tramó el fraude de los títulos de las Minas del
Cuzco –me miró para apreciar qué reacción provocaba en mí esa
noticia.


- ¡Y ahora me lo dices! –rugí-. Estuvieron
a punto de darme una tunda en Cádiz por culpa de ese asunto. Rediez, yo nunca
traté con ese gachó. Fue a otro al que custodié, un empleado suyo, me imagino,
sin conocer el real motivo del negocio.


Siempre acababa excusándome por ese tema,
algo que me irritaba sobremanera.


- Cabal. Por eso se le considera el cerebro
en la sombra de esa estafa.


- Si de veras es rico, ¿para qué comete una
estafa? –cuestionó Gerónimo.


- Bueno, en este
bendito país nuestro, pocos ricos han amasado una fortuna con su propia
iniciativa. Más bien las han obtenido por herencia o de forma
ilícita. Y cuanto más tienes, más quieres
–respondí con voz exasperada.


- Ventura, hijo, desengáñate –me amonestó
Darío, quien se frotaba el índice contra el pulgar en ademán expresivo y de
significado más claro que la luz-. En España el trabajo y la inteligencia están
mal vistos. Solo cuenta el dinero. Con influencias todo se consigue en este país
nuestro. En ese campo, el tal Ferreira parece todo un príncipe.


- ¿Y a ti
p
or qué te interesa ese
sujeto? –inquirió con suspicacia Gerónimo-. Acabas de enterarte de su posible
participación en la estafa. Lo que nos has explicado se reduce a un lío de
faldas en el peor de los casos. ¿Entonces?


- Ferreira no es trigo limpio. No puede
serlo quien pretende seducir a la novia de otro hombre, uno indefenso –me pasé
la lengua por los labios, como si aquel pensamiento puesto en palabras me
quemara la boca-. Pero si solo fuera eso…


- ¿Solo le has visto una vez y ya le has
descubierto intenciones ocultas? ¿Tus miedos sobre él no son infundados?


Gerónimo ponía el dedo en la llaga. Yo
mismo era consciente de la ausencia de datos irrecusables que avalaran mis
acusaciones.


- Hay algo perverso, malvado, en ese
hombre, te lo digo y te lo repito. Lo intuyo –insistí de forma
enérgica.


- Dicen que el portugués se burla
cruelmente de los santos misterios de la religión –aseveró Darío-. Pero ser
anticlerical en España no tiene nada de extraordinario hoy en día. Los beatos
incluso lo achacan a una moda extranjerizante alentada para causar la disolución
de nuestra patria.


- ¡Fíate tú! A veces detrás de la cruz se
esconde el mismo diablo –arguyó Gerónimo con inquina-. En estos terribles días
la desgracia no encuentra consuelo en la religión. Sobre todo cuando no se tiene
claro si los impuestos que nos sangran son para el Rey o también para los curas
con barriga de canónigo. No caben más premios para los vicios públicos ni
sustento para la vagancia y la molicie eclesiásticas.


Como viera todavía un deje de duda en
Gerónimo proseguí con mi obcecada diatriba en contra del extranjero.


- Aunque
s
olo fuera un asunto de
faldas, y robarle la prometida no es poca cosa, no podemos fallarle a uno de los
nuestros. Su honor está en juego. Y con el suyo, el nuestro. ¿Necesitas más
razones, aparte de ser un estafador como acaba de relatarnos Darío? Es hora de
convocar a los camaradas a capítulo.


- ¡No te preocupes, hombre! Nuestros
correligionarios siempre acuden al llamado de un hermano. Máxime cuando el
interesado no puede defenderse por sí mismo. Seremos una china en los zapatos de
ese pérfido, si es menester.


- Tal vez esa fuera
la clave
: el honor –barrunté
en voz alta-. Si ese canalla quiere un amor que no le corresponde, al no poder
pedirle cuentas Leopoldo por razones obvias, podría yo exigirle satisfacción por
ese ultraje. Habría un desafío y el consiguiente duelo –sonreí lobunamente
sopesando esa posibilidad-. Hace falta coraje para defender el honor y de eso a
mí nunca me faltó. Hay tachas que solo se lavan con sangre.


- ¡Parece una declaración extraída de uno
de los dramas de Calderón de la Barca! –exclamó el valeroso
vascongado.


- No es necesario tanto entusiasmo. Hablas
como Robespierre cuando iba a cortar la cabeza a María Antonieta. Además, si
tiene esa elevada posición de la que presume, excuso recordarte que podría
exigir batirse con alguien de su clase, no contigo –advirtió Darío.


- Lo que demostraría que además de falsario
nos encontramos ante un cobarde. Una sola acción, como una sola palabra, da a
veces la medida de un hombre. No, no creo que con su carácter altanero rehusara
el lance tras mi reciente visita a su casa. El escozor por lo sucedido le
acompañará largo tiempo –me congratulé-. Además, ¿qué clase de caballero
renunciaría a la reputación que proporciona realizar un desafío y salir
victorioso?


- Alguien que no
tiene honra y a quien
su
reputación le importara una soberana higa –apuntó Gerónimo con la lógica de la
que siempre solía hacer gala.


- Lo que no parece el caso de ese señor
–concluyó Darío.


- No nos encontramos ante una ridícula
causa, sino una ofensa de lo más grave. Por tanto, insisto, estoy en mi derecho
de exigirle una satisfacción cumplida. Un duelo a muerte –expuse con
solemnidad.


El silencio se instaló ante esa
descabellada declaración de principios. Mis amigos creían que estaba llevando el
desafío demasiado lejos.


- Te echarás a perder por culpa de tu
carácter. Eres más soberbio que don Rodrigo en la horca –replicó Gerónimo con
energía-. Tú eres muy diestro, pero seguro que él tampoco se queda
corto.


- ¿Cómo dijiste que se llamaba el Goliat de
su secuaz? –Darío se acarició la barbilla de forma pensativa a la espera de mi
respuesta.


-
Valdivia
–respondí a la
expectativa. El bodeguero asintió con ademán pensativo-. ¿Por qué?


- Es una buena pieza procedente del lumpen
sevillano. Frecuenta compañías muy dudosas. Perdió la chaveta, mató a quien no
debía y tuvo que poner pies en polvorosa de tierras del Guadalquivir. Si ese
Ferreira lo domina y a la cuadrilla que le sigue, de la peor calaña, está claro
que es un hombre de lo más peligroso. Y no menos diestro que tú en el manejo de
las armas, me temo. Ahora sí me creo que se esté gestando una peligrosa sociedad
de delincuentes en Granada –anunció con acento preocupado.


- ¿Qué pintan estos aquí? Hay ciudades más
jugosas en España para los cambalaches de altos vuelos. ¿Cuáles son sus
objetivos? –me cuestioné con tono de vivo descontento.


Quedaron las
preguntas en el aire. Ninguno de nosotros contaba con la menor pista al
respecto.


Entonces Gerónimo nos sorprendió. Tenía la
virtud de desmadejar los hilos más embrollados cuando los demás permanecíamos
sumidos entre tinieblas.


- Estaba pensando… Hay un fumadero de opio
a orillas del Darro. Dicen que lo controla una bestia parda. Concuerda con la
descripción de ese Valdivia.


- Sería interesante hacer una visita a ese
antro, ¿no te parece? –le propuse-. Si nos hacemos de miel, nos comerán las
moscas.


- Bueno, bueno. No saquemos las cosas de
quicio. Permaneceremos recatados en la sombra, alerta ante las actividades de
ese sujeto y sus secuaces. Luego decidiremos el rumbo a tomar. Ahora quiero que
probéis un néctar de mi reserva personal –anunció el bodeguero con acento
benevolente.


- Tus palabras suenan como el mismísimo
Evangelio –aplaudió Gerónimo.


Darío se agachó tras
la barra. Cuando se incorporó le acompañaba una gruesa botella sin
etiq
uetas. Sirvió con
cuidadosos aspavientos tres vasos de láudano.


- Vale un Potosí, ¿eh? –Gerónimo y yo
asentimos en respetuoso silencio tras beberlo-. También puedo ofreceros un añejo
que no lo resiste un Sansón. Ese vino resucita hasta a los muertos. Una vez bien
servidos de bebida, ¿queréis algo de comer para hacer lastre? Aquí nada de
cocina a la francesa o a la italiana. Hoy tenemos taza de caldo y chuleta. O
puedo hablar con la señora a ver si quedan caracoles o callos.


- Hoy comeremos como unos príncipes –me
felicité, haciéndoseme la boca agua.


- Ya no nos toca ser sobrios en el yantar,
como cuando estábamos de campaña. Aprovechemos, no sabemos cuándo nos tocará
volver a comer pan duro –me secundó Gerónimo-. Alabado sea el Señor por habernos
regalado tan excelentes quijadas.


- Con el estómago
lleno y agradecido
, los
problemas siempre parecen un poco más asequibles –sentenció Darío mientras nos
preparaba una mesa.


Ay, esos problemas. Sin alejarme ni un
ápice de la verdad puedo afirmar que las velas de nuestros deseos pocas veces
son henchidas y bendecidas por el propicio viento del destino.

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Re: El hombre sin alma, una novela de aventuras para chicos y mayores

Mensaje por El hombre sin alma el Vie Mar 08, 2013 7:57 pm


CAPÍTULO X. ATAQUE A TRAICIÓN



Disfrazados con un gorro de operario, una blusa rayada, un grosero pantalón y zapatos de cuero, extraídos de un arcón maloliente de la fonda de Darío, prendas mugrientas de clientes morosos que no pudieron pagar las habitaciones alquiladas, partimos Gerónimo y yo hacia el fumadero de opio.

La calle de acceso al antro no era tal, sino un sendero polvoriento y pedregoso, ajeno a las rutas de los barrenderos con sus carros de riego y sus barrederas mecánicas. Tuve que reprimir una exclamación de sorpresa. Nada de lo que explicó mi compañero de andanzas me había preparado para lo que aparecía ante mis ojos en mi primera visita a aquel pudridero.

Sí, no exagero. Allí la miseria no se podía esconder, a pesar de la triste iluminación proporcionada por dos solitarias farolas de petróleo. Asemejaba un vertedero humano, con despojos que antaño fueron personas, víctimas de los estragos que hacía en ellos la desdicha y la inmundicia, estiradas en el suelo o sentados con la espalda contra las paredes, cubiertos con arrapiezos, aguardando una nueva dosis de droga o esperando que un alma caritativa se apiadara y les devolviera a su hogar, si es que no lo habían perdido todo ya y malvivían en algunas cabañas y casuchas construidas con ramas, escombros, paja, barro y chapas de hoja de lata en la zona de las trastiendas, por donde ratas bien cebadas campaban a sus anchas.

Un pobre desdichado, cuya edad no podía adivinarse por su aspecto, pues no se sabía si las desgracias o los años lo habían demacrado y envejecido, permanecía acurrucado, abrazado a las rodillas, barboteando su desgracia. Estaba en cueros, supuse tras ser atacado por unos ladrones. Junto a él, como si nada, un anciano, arrugado como una pasa, de ojos hundidos, nariz surcada con venillas rojas y con un cerquillo de pelo alrededor de una calva resplandeciente, tostaba garbanzos en una sartén colocada sobre un hornillo. Más allá, una mujerona despeinada de piel alobunada, cara plagada de lunares y busto desbordante acunaba entre sus brazos un niño que, de tan pálido y esmirriado, se confundiría con un gusano blanco.

Al lado se alzaba otro refugio de infelices, guarida de vagabundos y de una variada turbamulta que bullía por la ciudad de noche más que a la clara y honrada luz de del día con los que más valía andar con tiento. Se trataba de una de esas que se titulaban “Casas de Dormir”, cuando en realidad se conocían como Hoteles del Hampa, anunciada con unos farolillos de papel de color rojo colgados en la fachada y con rótulos de brocha gorda.

De un poco más allá, surgía un griterío atroz de un figón de mala muerte ahogando los acordes de una zarzuela. Los ladridos de unos perros famélicos servían de coro mientras perseguían a una gallina. En la puerta, una chiquilla con la cara estucada y pintarrajeada como una muñeca de porcelana, no tendría más de quince años, con una colilla de un cigarro bailando en la comisura de los labios, nos mostraba su cuerpo andrógino, casi tan desnudo como el de Eva en el Paraíso, y hacía signos procaces, ofreciéndose para lo que quisiéramos hacer con ella.

En la entrada del fumadero de opio, un cartel lo anunciaba como “Salón de Té”, un oriental preparaba una pipa del veneno procedente de las Indias presto a entregársela al primero que franqueara la puerta del tugurio, o a cualquier cliente que se la reclamara. Quienes no gustaban del opio, podían optar por la morfina. Un surtido de jeringas descansaba a su lado.

Nada más acceder al interior, un tufo insoportable echaba de espaldas. Hasta se me revolvió el estómago tras la principesca comida que había degustado en casa de Darío.

El no iniciado, al entrar, se tapaba la nariz con un pañuelo para soportar el hedor nauseabundo, y caminaba a tientas para no tropezar con algún brazo o pierna colgantes de algún adicto medio desvanecido. Tuve que hacer de tripas corazón para soportar aquella hediondez sin despertar sospechas.

En el interior, sombras chinescas danzaban en las paredes a causa de un grasiento quinqué que desprendía un siniestro resplandor. Allí, personas de la más variada condición, a las que les hermanaba su quebrantada moralidad, permanecían estiradas lamentablemente en andrajosos jergones y literas, donde el silencio solo se rompía con el crepitar de las velas y algún lamento perdido, embargadas la razón y la voluntad.

La parte trasera del antro daba al río, cuyas orillas fangosas aparecían controladas por nubes de mosquitos, y tenía un oportuno escotillón para la discreta evacuación de cuerpos y otros detritus.

- ¡Candela! –pidió con voz estentórea el chino, un tipo de pómulos salientes y descarnados.

Un niño andrajoso se presentó de súbito con un cabo de cuerda ardiendo. Tomólo el asiático, encendió la pipa y devolvió la mecha al chico, en cuya mano cayó una chispa que le hizo soltar el cabo con un aspaviento dolorido. El oriental le chilló en su incomprensible idioma, arreándole una patada que lo envió rodando contra la pared.

De no estar sujeto por el disfraz de un drogadicto para introducirme en aquella covacha, le hubiera dado un buen escarmiento a aquel desalmado.

El encargado, un español con los antecedentes más viles, según se decía, permanecía oculto en la trastienda, separada del resto del establecimiento por una arpillera, de donde salían voces con cajas destempladas.

Para nuestra sorpresa, al fondo descubrimos a un viejo camarada, Santiago Noguerda, completamente apático, falto de energías, indolente, con el rostro abotargado, incapaz de mantener concentración alguna. Eso me revolvió el estómago más que la pestilencia y el ambiente cargado.

Había oído contar que se dejó embobar por una venus popular, una sirena de bajos vuelos que le embaucó hasta desplumarlo. Hasta al más listo se la podían pegar aquellas pelanduscas, me previne.

Le susurré a Gerónimo que lo sacará a rastras para llevárselo a su casa, pues él conocía a su familia. Yo me quedaría para proseguir con nuestras pesquisas.

Pasándole un brazo por los hombros a Noguerda, Gerónimo se disponía a salir cuando el chino de la puerta empezó a reclamar a voz en grito por las deudas de nuestro colega. El escándalo hizo que saliera el encargado, un hombretón de mala traza con un par de patillas de hacha que casi le cerraban la barba y adornado con dos aretes de marinero en las orejas, acompañado de un gigantón chino que se golpeaba, indolente, la palma de una mano con una porra.

Con disimulo eché mano a la pistola oculta, no fuera a ser que el asunto se desmandara. Finalmente, Gerónimo sacó la cartera y arrojó unas monedas que tintinearon sobre la mesa, lo que tranquilizó los ánimos.

Una vez salieron, me relajé. Daba cortas caladas a la pipa de forma esporádica, para que no se notaran demasiado mis intenciones, esperando conseguir alguna pista. Así pasaba el tiempo, cada vez más inquieto y exasperado. Creo que al final caí en un estado de duermevela a causa del opio.

De fondo, en un segundo plano como el rumor del mar, se oían las voces ásperas y desapacibles de los encargados, las maldiciones de los que eran rechazados en la puerta porque en ese sumidero del vicio execrable no se fiaba, las risas sardónicas y los quejidos de quienes ya tenían la mente extraviada por efecto del narcótico. Aquel era un placer grosero y vil, capaz de embrutecer al más noble de los hombres.

La voz artera de Valdivia me devolvió de golpe a la realidad. Sin perder un instante me giré, ocultando mi rostro para evitar ser reconocido.

- El amo quiere que traslademos la talla a la cueva… -dijo con tono altisonante.

¡Albricias! Se tenían que referir por fuerza a la estatua robada, pensé al punto.

Entraron en la trastienda y se me escapó el final de la frase. Agucé los sentidos, intentando captar algo más, sin éxito. Aparte de confirmar que el local estaba bajo control del portugués, viendo que el tal Valdivia era quien partía el bacalao con el jefe del fumadero, no descubrí nada más. Y poco más podía hacer allí sin arriesgarme a ser descubierto o a perder la razón por la mezcla de la droga y los efluvios que allí nos ahogaban.

Una vez marcharon del local, decidí salir, horrorizado por el pensamiento de ser prisionero de tan abyecto vicio. Me escurrí cruzando varios tendederos, cargados de harapos que ni el más ruin de los ropavejeros hubiera querido.

Necesitaba respirar, caminar bajo la bóveda celeste, abandonar aquella cueva opresiva y deprimente, reconciliarme con mi conciencia. Sentía la sangre aglomerada en la cabeza.

Miré hacia a la Alhambra. Subiría hasta allí. Me sentía mal, física y espiritualmente. Tal vez si no nos hubiéramos encontrado a un antiguo compañero allá...

No despreciaba a Noguerda, entiéndanme. Le compadecía y, sí, hasta le entendía. Algunos querían evadirse, otros eran amantes de lo prohibido. Todos tenían un motivo que les impulsaba a abismarse en la desgracia. Algunos deseaban destruirse. Ese debía ser su caso. No tenía valor para quitarse la vida, de manera que se mataba poco a poco.

Algunos relatan las batallas ganadas, pero sus ojos reflejan las penalidades sufridas. Para algunos, la licencia de la milicia no supuso el inicio de una nueva vida, sino de un infierno distinto. En él padecía Santiago, y penaba cada segundo que pasaba en este valle de lágrimas.

Las almas fuertes se templan igual en la prosperidad que cuando la fortuna es adversa. Sin embargo, yo también podía haber seguido su triste sino. Si don Alejo no se hubiera presentado de improviso en aquel duelo para salvar al pobre imbécil del hijo de un amigo suyo, tampoco me hubiera salvado a mí. Entonces yo me dedicaba a la innoble tarea de duelista al servicio de caballeretes con escaso valor y menos puntería. Resultaba de lo más fácil provocar y retar a quien me ordenaban los que me contrataban para sustituirles en el campo del honor. Fácil y lucrativo.

- ¡Ventura, detente! –esa orden todavía resonaba en mi cabeza.

Me giré, ebrio, sin reconocerle, con el arma apuntándole. Avanzó lentamente hacia mí. Entorné los ojos. Al reconocer al tío de Leopoldo me tembló la mano. Sentí asco de mí mismo.

Sería necio especular sobre lo que pensó de mí en aquel momento. Sé de sobras lo que me pasó por la cabeza: “Mírate, Ventura, de oficial degradado a matón a sueldo. Siempre se puede caer más bajo”.

Mi oponente lloriqueaba. Creo que se había orinado encima a causa del miedo. Había malogrado su disparo. El turno era mío. Yo siempre acertaba. Su padrino le gritaba que se mantuviera firme, como un hombre. Le temblaban las piernas. Al final cayó de rodillas. Juntó las manos y empezó a rezar con fervor. Temiendo no encontrar clemencia en mí, la buscaba en Dios.

Disparé al aire. Don Alejo sonrió con tristeza y me pasó el brazo por los hombros.

- Vámonos. Este no es sitio para ti.

Entonces entré a su servicio, abandonando una vida tan azarosa como la de Zalacaín el Aventurero. Tuve suerte, mucha, la que le faltó a Santiago. Él no contó con una mano amiga que le sacará del pozo en el que estaba atrapado.

A veces es muy fina la línea que separa la desgracia de la fortuna, lo sé bien.

Llegué a la Alhambra. Los rayos rojizos del sol poniente anticipaban la llegada de la oscuridad de la noche. Me pregunté en qué habíamos fallado yo y Los Numantinos, la sociedad a la que ambos pertenecíamos. Fuimos incapaces de evitar que un camarada cayera en las garras de la desesperación.

En qué había errado yo, me acusé con vergüenza, cuando un compañero encontraba consuelo en el opio antes que pedirme ayuda o consuelo.

Meneé la cabeza, intentado alejar aquellos pensamientos inculpatorios. Con los codos apoyados en la balaustrada, observé abajo los grandes astilleros en los que se construía el último y secreto proyecto de don Alejo. Había un par de edificios auxiliares, más pequeños, flanqueándolos. Estaban rodeados de vigilantes. Desde arriba semejaban hormiguitas. La Guardia Civil patrullaba los alrededores con el celo que la caracterizaba.

Se rumoreaba que construían un barco, no un vapor. ¿Cómo, si Granada no tenía salida al mar? Sonaba a chiste.

Decían que podía tratarse de una especie de Arca de Noé, uno de los extraños caprichos del rey, un monarca más preocupado por sus sueños de grandeza que en conseguir el bienestar de sus súbditos, de quien don Alejo era uno de sus servidores más leales.

Apoyado en un pretil, contemplaba los movimientos gráciles de un pequeño dirigible, en cuyo globo figuraba la pintura de un dragón alado y cuya proa estaba rematada por un espolón con forma de cabeza puntiaguda de ese reptil, disponiéndose al aterrizaje en el atracadero próximo, oí unos ruidos a mi espalda.

Me sorprendió a mi espalda la voz rasposa de Valdivia. Entonces pensé, extraña mente la mía, que con ese apellido podíamos habernos sentado en el mismo pupitre de haber sido compañeros de escuela, y ahora la vida, sin saber porqué, nos convertía en acérrimos enemigos.

- ¡Mira a quién tenemos aquí! –se solazó Valdivia-. El impertinente que osa interponerse en el camino del señor Ferreira.

- ¡Vaya! Qué gran alegría encontrar por estos andurriales a unos amigos tan buenos. Una feliz casualidad, supongo –me amosqué.

- La misma casualidad que te condujo al fumadero, ¿verdad? Te gusta meter las narices donde no te llaman –el hombretón rió con acento rufianesco-. ¿No te enseñaron que es de mala educación presentarse en casa ajena sin invitación, caballerete? –el retintín al hablar de aquel tipo me exaltó.

- Un auténtico caballero siempre se preocupa de proteger la virtud de una dama en peligro. Y sabe respetar la propiedad ajena. Hasta un lerdo como tú debería entenderlo.

- ¡Deja el campo libre, pisaverde!

- Ese campo y su señora ya tiene dueño, pelagatos. ¿O vuestro patrono se jacta de ser un quitahonras? –meneé la cabeza de forma reprobatoria-. Que un caballero se comporte con tal ruindad es algo que no alcanzo a comprender. Claro que él no es un caballero español…

- Español o de la Luna, qué más da. El señor Ferreira está acostumbrado a hacer su santa voluntad.

- No soy cura para dar sermones, pero sus formas parecen más propias de un bruto más caliente que una estufa que de un buen cristiano. Claro que la chiquita bien lo vale, ¿verdad? –le guiñé, provocador, un ojo.

- ¿Te gustan los animales, metomentodo? –me regaló una sonrisa lobuna mientras ponía los brazos en jarras.

- Si están sabrosos y bien asados, sí –mi madre siempre me recomendó tener quieta esa lengua que en tantos problemas me había metido a lo largo de mi vida, y ahora no sería una excepción.

Aquel toma y daca no presagiaba nada bueno. Sobre todo porque estaba en minoría contra aquella horda.

- Primer y último aviso, bocazas. Si te obstinas en comportarte como un perro rabioso, husmeando donde nadie te llama, tendremos que sacrificarte. ¿No te has enterado del asesino que mantiene aterrorizada a Granada? A pesar de que no seas un bocado lo que se dice apetitoso, no creo que esa bestia surgida del submundo de los muertos desprecie tu carne reseca –sus secuaces le secundaron la risa-. Tu ruina está más cercana de lo que imaginas.

- Me tomáis por el mismísimo Marte cuando soy una persona de lo más pacífica –sonreí mientras intentaba acercar la mano a la pistola sin levantar sospechas-. En cambio, tú y los golfos de tus amigotes salís de la Cafrería, mi querido hotentote.

- ¡Dadle una soba que le deje baldado y sin ganas de más cuchufletas! –les ordenó a sus secuaces al descubrir mis movimientos hacia el arma-. Este tapabocas va por cuenta de Júpiter, listillo.

Esta vez no me dio tiempo a proceder como en Cádiz, contra los dos hominicacos que me acusaron de estafador. Estos eran más y sabían cómo actuar.

Aunque tuve tiempo de repartir bastonazos y algún que otro puñetazo, no pude desenfundar la pistola. Al final consiguieron agarrarme por detrás.

No viene al caso consignar la somanta que recibí entre las risotadas de aquellos maleantes. Todavía me duele, aunque ahora solo sea en el orgullo.

- Llegó la hora del baile –anunció Valdivia, quien se refocilaba ante mi inminente desgracia, tan alegre que solo le faltaba hopear la cola como un perro-. Venga, enviadlo volando hacia bajo.

Cuando empezaban a balancearme para lanzarme por encima de la balaustrada de la Alhambra, varios estampidos interrumpieron sus burlas.

Caí de espaldas al suelo, dándome un buen costalazo. Los dos que me tenían agarrado de pies y brazos se derrumbaron a mi lado, entre ayes.

Retumbaron más detonaciones. Miré de dónde procedían. José Garza llegaba a la carrera en mi rescate, con un par de pistolas como compañía. Mis agresores huyeron a la desbandada, llevándose a sus compañeros heridos.

El americano se arrodilló a mi lado.

- Creo que he llegado justo a tiempo –asentí en silencio, con un rictus de dolor en la cara ensangrentada -. ¿Cómo se encuentra?

- Nunca me he encontrado mejor –respondí con voz trémula. Garza movió la cabeza. Debía pensar que estaba como una cabra por mis ganas de mofarme de mi estado en ese trance-. ¿Me ayuda a levantarme?

- Pues parece herido. Mañana le saldrán más cardenales que a un obispo. ¿Le duele? –me agarró bajo los brazos y tiró hacia arriba con cuidado.

- Solo un poco, especialmente cuando respiro –al hablar noté el sabor cuproso de la sangre en la lengua.

No pude reprimir un gesto de dolor cuando me alzó y solté un gemido.

- Si usted lo dice... Venga, le acompañaré a su casa. Necesita que le curen y descansar.

- Pues no diré que no. ¿También ha venido a contemplar las vistas?

Me ofreció una sonrisa melancólica, la primera que mostraba desde que arribara a España, me imaginé.

- El azar hizo que me encontrara con Gerónimo Garay. Me dijo dónde habían estado. También que venir aquí le relajaba. Pensé en llegarme para explicarle ciertas noticias. Venga, vamos a descansar, ya hablaremos mañana.

- Sí, mañana, mejor, cuando tenga le mente menos turbia –intenté a mi vez una sonrisa de compromiso, pero sentí un agudo pinchazo en las costillas que me dejó sin aliento.

Ya no me quedaban ni fuerzas ni ganas para bromear.

El hombre sin alma

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Re: El hombre sin alma, una novela de aventuras para chicos y mayores

Mensaje por El hombre sin alma el Mar Abr 02, 2013 5:35 pm

CAPÍTULO XI.- PESADILLAS DEL PASADO

Al llegar a la pensión, Garza me ayudó a limpiarme las heridas y partió en cuanto me dejé caer exhausto sobre el jergón. Mientras que para el común de los mortales lo anterior implicaría el inicio de un reparador descanso, no siempre resultaba así en mi caso.
Tuve una pesadilla, la de casi siempre. Rememoraba la emboscada que sufrimos en la otra punta del mundo y motivó el estado actual de Leopoldo. Cuando me asaltaban esos malos sueños, hasta el más mullido lecho parecía cubierto de erizadas espinas. Prefería el dolor de la golpiza de los matones de Ferreira al de esa alucinación del pasado.
No hay castigo peor que revivir lo que más deseas olvidar. Por desgracia, no podía elegir, atrapado por ese sueño de forma tan inexorable como Prometeo fue encadenado por Zeus.
Relegaría su recuerdo al más profundo de los olvidos, aunque conviene que el lector conozca algunos pormenores, pues sabiendo lo que sucedió en el pasado entenderá mejor algunas circunstancias del presente relato.
En el archipiélago de las Carolinas las cosas estaban tranquilas. La segunda compañía del regimiento de infantería Legazpi nº 68, la nuestra, se bastaba para ello. Al menos sobre la superficie.
Pero llegaban rumores de las Islas Marianas. Para nuestros compañeros del regimiento Magallanes nº 70 la misión no era tan plácida. Comerciantes y balleneros procedentes de allí contaban que las cosas no marchaban como debieran. El ambiente con los nativos poco a poco se enrarecía. Los reyezuelos locales no se avenían a razones con nuestros emisarios.
Sospechábamos de influencias externas. En nuestras patrullas a veces avistábamos, demasiado cerca para nuestro gusto, buques estadounidenses y alemanes. La nueva potencia germana pretendía proteger a todos sus súbditos a toda costa desde la unificación de los estados alemanes.
Aunque esos malditos alemanes y los yankees habían reconocido la soberanía española sobre aquellas tierras, seguían intrigando en la sombra.
A pesar de que ya se había aposentado la convicción de la inexistencia del continente hundido tan buscado, Terra Australis, las grandes potencias seguían jugando a su particular ajedrez en el lejano Pacífico.
La pluralidad de islas facilitaba la implantación de bases de aprovisionamiento para los vapores o para la instalación de cables telegráficos submarinos. Además, la población era poca, el terreno resultaba pobre, y los intereses comerciales escasos.
A despecho, pues, del ridículo valor estratégico y económico de la región, las potencias no estaban dispuestas a ceder ni un palmo, y el equilibrio y la paz pendían de un hilo. Todo por mantener el prestigio internacional. Tal era la vanidad del común de los gobernantes.
Recordé el discurso del Capitán General en Manila, todos formados en el patio de armas, antes de embarcar en el crucero de segunda clase “Velasco” con el fin de afirmar nuestra soberanía en aquellos archipiélagos ante las instigaciones de terceros países: “El Dios de los Ejércitos bendecirá nuestras armas, y el valor de nuestros soldados y nuestra Armada harán ver a nuestros enemigos que no se puede insultar impunemente a la nación española sin que busquemos la más cumplida satisfacción”.
El padre Maldonado, el misionero de nuestra expedición, como parte del personal civilizador, tenía más problemas con los malditos misioneros protestantes norteamericanos que con los propios naturales, quienes asociaban magia y religión.
Todo eran contrariedades con aquellos intrigantes herejes, que decían estar al servicio de Dios, y más bien parecían estarlo al del presidente de los Estados Unidos, pues soliviantaban a los nativos en nuestra contra desde que se hizo efectiva la ocupación española.
Guam. Aquella maldita isla, casi un islote... tan lejos de Filipinas, tan retirada de España, incluso remota para el mismísimo Dios. Posiblemente, y a pesar nuestro, donde más falta hacíamos en ese momento.
Un fatídico día recibimos un cable del Teniente-Gobernador de las Islas Marianas. Había estallado la revuelta. Estaban sitiados. Nos pedían ayuda. Leopoldo ordenó telegrafiar a la Capitanía General de Filipinas solicitando refuerzos.
- ¿No lo habrán hecho ellos ya? -le pregunté con recelo.
- Tal vez lo hicieran o tal vez los enemigos les cortaron las comunicaciones. No podemos arriesgarnos.
- El nuestro será un sacrificio estéril -le advertí.
Modestamente, creo que no soy ningún cobarde, mas no era plato de gusto meterse con los ojos cerrados en la boca del lobo.
- No pueden esperar. Cuando llegasen las tropas de Filipinas, probablemente todos habrían muerto ya. Debemos ir en su rescate.
A los jóvenes oficiales con buen apellido les costaba encontrar el camino hacia el frente. En cambio, Leopoldo nunca rehuyó el peligro.
Menos el telegrafista y una escuadra al mando de un cabo, Leopoldo ordenó que todos embarcáramos en un viejo cañonero adaptado como transporte militar. Partimos hacia Guam.
Al desembarcar en el puerto de Apra caímos en una emboscada. Se abalanzaron sobre nosotros como una inesperada granizada de verano.
Al padre Maldonado, que insistió en acompañarnos por si podía dialogar con los rebeldes, le concedieron el mismo recibimiento que a los demás. Leopoldo fue herido por un dardo que luego descubriríamos que estaba envenenado, nunca supimos con qué sustancia.
Conseguimos llegar a sangre y fuego hasta la fortificación, en medio de una lluvia de flechas, piedras y maldiciones.
El almacén del fortín estaba destruido, otro sabotaje. De la guarnición, ni rastro. Solo contábamos con las limitadas provisiones y la munición que habíamos traído con nosotros. Éramos una avanzadilla expedicionaria, no un cuerpo de ocupación. Aquello no pintaba nada bien.
Nos superaban en número, sí, en una proporción de veinte a uno, pero nos asaltaban con la simple fuerza bruta de la cantidad, sin orden ni concierto. Las descargas cerradas de nuestros fusiles Mauser causaban grandes bajas entre aquellos salvajes. Podíamos esperar la arribada de los refuerzos de Filipinas de haber contado con más suministros. Pero no tardaríamos en agotarlos.
Dicen que quien se bate por su independencia es más bravo que quien se alquila para defender la tiranía. Según se sabría más tarde, en su ignorancia los nativos actuaban espoleados por agentes externos que nos acusaban de introducir las enfermedades que los diezmaban, y les abastecían sobradamente de alcohol, regalándoles los oídos con falsas promesas de libertad y la expulsión de nuestra nociva influencia occidental.
Guerreaban aquellos morenos con la ferocidad de los demonios del averno. Luchábamos sin cuartel, los prisioneros se arrojaban degollados al río tal como hacían ellos, para que los insurrectos fueran conscientes de nuestra determinación. Entre ellos y nosotros ya no quedaba el menor resquicio para la misericordia.
Sus emboscadas eran temibles, no nos arriesgábamos a salir del fortín por comida. No solían usar armas de fuego, mas sus flechas envenenadas y sus sables eran igualmente dañinos y mortales.
Sería ingrato no reseñar semejante valentía por parte de los nativos al servicio de nuestro glorioso ejército. Formaban la mayor parte de nuestra tropa, no lo olvidemos, y se batían con heroico denuedo.
La situación se tornó desesperada. A pesar de las matanzas que les causábamos, siempre contaban con nuevas fuerzas, no sé si llegadas del interior de las selvas o de otras islas. La ametralladora que nos habíamos traído del barco quedó inutilizada por el constante uso y el calor.
Como si intuyeran nuestra difícil situación, un día, de forma inesperada, dejaron de acosarnos. Tal vez pretendían rendirnos por inanición.
La selva circundante había enmudecido. Salí a explorar con una patrulla. Entre aquellos árboles colosales y la maleza intransitable, solo se oía el dulce murmullo de la brisa entre las pobladas ramas. Tuve la sensación de pisar la espesa hierba donde jamás puso antes el pie el hombre blanco. Parecía que a los chamorros se los hubiera tragado la tierra.
Al volver, exploramos el poblado. Abandonado también. Apenas conseguimos un poco de arroz para alimentarnos y llenamos las cantimploras. Se lo habían llevado todo. Los malditos habían incendiado nuestro transporte en el ancladero, ahora varado como una ballena moribunda.
En aquellas tierras lejanas, la noche tenía un algo de pavoroso que aumentaba el miedo de los cobardes. Y el miedo se transmite a la velocidad del fluido eléctrico. O nos mataba el enemigo, o moríamos de hambre y sed, o la locura plantaba la semilla de la destrucción en nuestras enfebrecidas mentes.
La herida de Leopoldo se infectó. Me vi obligado a tomar el mando. Sabía que por poco tiempo. El fin se acercaba.
Tal como se habían marchado, los nativos regresaron. Un día volvieron a resonar sus tambores batientes.
A pesar de nuestras escasas fuerzas, no habíamos permanecido ociosos en su ausencia. Cavamos un foso en torno a las murallas de adobe. Lo rellenamos de alquitrán y combustible, pues ignorando los salvajes su utilidad no lo habían rapiñado, cubriendo el mejunje negruzco con hojas de palmera.
Apuntando a la entrada, colocamos la única pieza de artillería con la que contábamos. La cebamos, agotada ya su munición, con todo elemento metálico y puntiagudo que conseguimos recoger.
No resistiríamos un asalto masivo, lo sabía. No podíamos defender el perímetro completo. Teníamos que hacerles atacar por donde mejor nos conviniera a nosotros. Ideé una estrategia desesperada. La idea, en verdad, fue gracias a la preocupación del padre por los elementos sagrados que quedaban en la misión extramuros.
No nos aseguraba nada, cierto, pero tampoco podíamos perder mucho.
Daba por descontado que no íbamos a salir de esta a no ser que llegaran los refuerzos de Manila de forma inmediata.
Consulté la maniobra con Leopoldo. A duras penas consiguió incorporarse, consumido por la calentura del veneno.
- Haremos una salida hasta la misión, el padre Maldonado a la cabeza. Les desconcertará –los salvajes tenían la curiosa idea de que matar a un chamán, y el padre era nuestro equivalente al suyo, acarreaba terribles maldiciones para el responsable-. Son doscientos metros. El tiempo justo para recoger el cáliz y retrocedemos de vuelta. Despacio, para que se envalentonen y nos persigan todos hasta la entrada, donde el cañón les dispensará el recibimiento que se merecen. Nos llevaremos por delante a todos los que podamos antes de morir.
- Os dirigís hacia el infierno –esa advertencia con un hilo de voz de Leopoldo permanecía grabada en mi mente, como la metralla me había dejado cicatrices en la piel.
Le sonreí con una falsa mueca de seguridad. Una sonrisa producto más bien de la locura de la guerra.
- Cuando lleguemos al infierno, seguiremos marchando. Mañana estaremos todos muertos. Prefiero ser yo quien decida cómo irme de este mundo. Ahora toca repartir bendiciones entre esos malditos. ¡Calen bayonetas! –ordené con la voz ronca por culpa de la sed a la diezmada tropa.
El toque de generala todavía me perforaba los tímpanos. A continuación sonó el toque a oración justo antes de la última carga. Nos arrodillamos mientras el padre Maldonado nos absolvía de nuestros pecados y repartía las postreras bendiciones y los últimos sacramentos. Aunque no fuera muy cristiano, juramos por lo más sagrado vengar a nuestros muertos.
El clarín nos hizo hervir la sangre en las venas, enardecidos por el espíritu de venganza y el ardor militar, mas no aturdió los oídos del enemigo como las trompetas de Gedeón espantaron y vencieron a los Madianitas. Solo contábamos con nuestro propio arrojo.
Dejamos la empalizada erizada de antorchas a nuestras espaldas. El padre, portando el crucifijo delante de él como un escudo, abría la marcha a paso ligero en fila de a dos.
Aquella bravata desesperada sorprendió al enemigo.
Oíamos sus insultos, pero no reaccionaron. Llegamos a la iglesia. Los chamorros poco a poco fueron abandonando la seguridad de la espesura.
- ¡Rápido, padre! No tenemos más tiempo.
Salió del templo con el cáliz en una mano y el crucifijo en alto en la otra.
- En dos filas. Retrocederemos en orden. Cuando la primera fila, de rodillas, dispare, retrocede detrás de la otra y recarga, mientras la segunda dispara, y así sucesivamente hasta llegar al fuerte. ¡Ánimo, estamos a un tiro de piedra!
Calculaba que nos quedaban unas seis balas por hombre, lo justo para llegar a medio camino entre la misión y el fortín.
Los salvajes habían perdido el miedo. Se mostraban fieros con sus caras y cuerpos embadurnados con pinturas rituales de guerra. Nos apuntaban con sus arcos y sus hondas. Avanzaban lentamente hacia nosotros, a la expectativa.
Los que sabían español nos amenazaban a gritos con rebanarnos la cabeza como una sandía con las hojas de sus machetes. Había llegado la hora de la verdad.
Siempre recordaré aquel grito, hijo de la rabia, como si hubiera sido otro el que lo lanzara, mas fui yo, en un desesperado intento de infundir ánimos a nuestras menguadas fuerzas.
- ¡Venid, salvajes! ¡Mi sable quiere mediros las costillas! –me giré hacia mis hombres-. ¡Fuego la primera línea! ¡Preparada la segunda!
Se desató el infierno. Ante aquel asalto, que parecía el último y definitivo, sentí que un frío mortal circulaba por mis venas.
Agotada la munición, solo quedaba defenderse a culatazos, con las bayonetas y con los sables. Y, llegado el caso, con uñas y dientes.
La entrada al fortín se nos ofrecía cercana.
- ¡Retirada! Trompeta, ¡toca retirada!
Huimos en desbandada para atraerles hacia el campo de acción de la pieza de artillería, trabada entre los escombros de parte de la muralla usados a modo de parapeto.
Unos pasos antes de alcanzar la puerta, me detuve para desafiar a la turba de salvajes, permitiendo así que nuestros rezagados se pusieran a salvo de la próxima descarga del cañón.
Al primero le desnorté al impactarle mi pistola, inservible a falta de balas, en toda la cara. A los demás les enfrenté a sablazos. Parecía poseído por una fuerza y una determinación demoniacos. No se lo esperaban, y se arremolinaban en torno a mí, cayendo como moscas.
Finalmente un garrotazo me impactó en la nuca. Caí de rodillas. Con la visión todavía borrosa, alcé el sable. Vi una sombra a mi izquierda, acompañada del reflejo metálico de la hoja curvada de un yagatán. Levanté el brazo izquierdo para parar el golpe que suponía estaba por llegar. Sentí un estallido de dolor en la mano y me derrumbé.
Sabiendo que el jefe enemigo había caído, los nativos aullaron ebrios de odio, atisbando la victoria al alcance de sus sucias manos. Se lanzaron como posesos hacia la entrada franqueada.
Medio desmayado, cubierto de mi sangre y de los chamorros que yacían a mi alrededor, sonreí. Imaginaba el chisporroteo de la llama, cuando...
Oyóse una espantosa detonación. El rugido de los asaltantes se trocó en un aullido de dolor cuando la carga de metralla impactó en ellos.
El cielo se oscureció momentáneamente por una nube de humo y polvo. Al mismo tiempo, la cuerda que unía todas las antorchas debía soltarse y dejar caer las teas sobre la mezcla explosiva del foso. Sentí el calor de las llamaradas y alcancé a oír su crepitar antes de desmayarme, mezclado con los gritos de los que pretendían escalar la empalizada, convertidos en antorchas humanas.
No relataré aquí la dantesca matanza que produjo en los rebeldes. De igual manera, el precio que nos tocó pagar fue excesivo. El ruido pronto enmudeció.
Fue tal la escabechina que les causamos que los supervivientes se batieron en retirada. Nunca regresaron.
Aquel aciago día volví a defraudar a la Muerte. Después, reflexionando sobre lo sucedido, he llegado a la conclusión de que, más bien, la Muerte me repudió. Pensaría que vivo prestaba un mejor servicio a sus macabros intereses.
Poco recuerdo de los días posteriores, más allá de los cuidados que nos dispensó el padre Maldonado a los que sobrevivimos a aquel apocalíptico infierno, hasta que llegaron un crucero y una corbeta desde Filipinas.
Por fin desperté sobresaltado de aquel delirio, con los labios secos y abrasados por la fiebre. La cabeza me ardía, el corazón palpitaba desatado.
Noté como las lágrimas se me abismaban por las mejillas. Las pesadillas me atosigaban de vez en cuando. Aquel sueño era la imagen de la muerte.
A veces deseaba que aquel día aciago hubiera sido el último para mí. Ese infortunio había desbaratado todos mis planes. Entonces me sentía el más desgraciado de los hombres. Pero por poco tiempo: si algo había aprendido de todo lo sucedido era que lamerse las heridas no sirve para nada.
Me acaricié el muñón instintivamente. Todavía notaba los dedos mutilados, pero de repente me asaltó un dolor, más que físico producto de la desesperación por lo que aquella pérdida implicó en su momento.
Recordé entonces las palabras del cirujano militar que me atendió: “cuando le duela, recuerde que para el veterano esas heridas simbolizan el cumplimiento del deber. Entonces notará como el daño se aminora”. En España parece que la honra lo soluciona todo. Ojalá fuera tan fácil.
Recogí la prótesis mecánica de su estuche y me la encajé como un guante en el muñón. Los dedos de acero de aquella mano artificial, diseñada por don Alejo, eran más fuertes que los originales. Eso sí me servía de consuelo.
Llamaron con insistencia a la puerta de mi habitación. La casera no se sorprendió en demasía al verme los ojos enrojecidos y pitarrosos y el rostro desencajado cuando abrí. Ya conocía que descansar no me resultaba una tarea fácil. Me entregó una nota.
Me esperaban a mediodía en casa de don Alejo. Torcí el gesto. El maldito asunto de la estatua se había torcido y no había cristiana manera de enderezarlo. Esperaba que no de manera irremediable.
Necesitaba con urgencia dos tazas de café negro como la tinta.

El hombre sin alma

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Re: El hombre sin alma, una novela de aventuras para chicos y mayores

Mensaje por El hombre sin alma el Mar Abr 09, 2013 7:20 pm

CAPÍTULO XII.- LOBOS Y CORDEROS


La cabeza me zumbaba como si fuera una colmena poblada por furiosas abejas. Me afeité con los movimientos mecánicos de un robot, casi sin verme en el espejo, empeñado en mostrarme un rostro macilento. El agua de la palangana del aguamanil ofrecía, en cambio, un reflejo borroso que me confortaba al ocultarme la cruel realidad. Solo los ignorantes y los cochinos sostienen que lavarse debilita la resistencia del hombre. De niño, mi madre me inculcó que el aseo personal y la limpieza suplían la humildad de nuestras ropas. Además, como militar en campaña, la pulcritud era un ritual, un ejercicio imprescindible para mantener unos hábitos saludables y civilizados, y no dejarse caer en la desidia que acababa contaminando a la tropa. No soy, pues, de los que defienden la teoría que el hombre ha de oler a tabaco, a sudor y, tal vez, a alguna cosa peor.
Magullado aún por la pelea y con jaqueca por la maldita pesadilla, acudí a la casa de don Alejo maldiciendo las prisas. Aquella no era la mejor mañana para mantener mis sentidos alerta.
Al llegar, Peralta, el mayordomo, me informó de una reunión con una dama extranjera, Lady Margaret Lytton-Hewit.
La observé con detalle desde la distancia. Era de talla varonil, frente altiva, mirada provocativa acentuada por sus largas pestañas doradas. El rostro parecía habituado a las influencias del sol y los vientos, sus lustrosos cabellos caían sobre unos hombros redondos y bien torneados. Vestía una chaquetilla entallada de cuero, habitual en los pilotos aéreos.
Había acudido a la llamada de Fermín Avellaneda, dueño de la Galería de los Mundos Lejanos, para colaborar en la recuperación de la estatua.
Con esa carta de presentación no podía resultarme simpática, por muy atractiva que resultara su figura.
Allí estaba aquel marisabidillo, don Fermín, como si nada. Repartía reverencias afectadas a troche y moche como si estuviera en una recepción de la corte. Me saludó con una inclinación de cabeza y una sonrisilla inocente, olvidando que hacía bien poco medio le acusé de saber más de lo que confesaba sobre el robo. Menudo bazo tenía aquel sujeto.
Don Alejo departía con la dama, pues hablaba la lengua estropajosa de los anglicanos como un almirante de la armada británica. Yo, en cambio, tuve la escasa fortuna de que el marchante de arte se dirigiera hacia mí con la precisión de una de las flechas de Guillermo Tell.
- ¡Ah! ¿Con que también usted aquí, querido señor Avellaneda? –pregunté con un deje de malicia-. ¿Sus intereses convergen con los nuestros… todavía?
- Usted conoce tan bien como yo la respuesta –me espetó tal cual, ajeno a mis recelos-. ¿Cómo está su querida esposa?
- Yo no estoy casado –respondí con tono acerbo.
- ¡Qué inteligente! La mujer es culpable de todos los desvaríos del hombre.
- ¡Qué dice usted! Se referirá a las mujeres vulgares, sin pudor, insensibles –le desmentí-. Las nocturnas evas.
El fulgor de un pensamiento me iluminó. Aquel sujeto, experto en andarse por las ramas, recitar la Biblia en verso y desviar la atención de los asuntos principales, era un amante de la adulación. Así debía proceder con él con objeto de tirarle de la lengua.
- Una eminencia como usted seguro mantiene tratos con la flor y nata de Granada –le dije con jubilosa entonación. Asintió con una enorme sonrisa de satisfacción-. Conocéis a don Arnaldo Ferreira, sin duda, el afamado marqués.
- Por supuesto –se ufanó-. Un caballero extraordinariamente refinado. Ha tenido el buen gusto de comprarme bienes muy exquisitos.
- Caros, querrá decir –apunté con tono mordaz-. ¿Por un casual no habrá mostrado interés por los mismos objetos exclusivos que nuestro anfitrión? –su rostro se demudó-. Vamos, hombre, estamos entre amigos –mostré una sonrisa más falsa que un duro sevillano, pero no menos deslumbrante-. Discúlpeme por ser tan directo, pero ¿tanto le molesta presumir de sus éxitos? Todo el mundo sabe el mucho dinero que mueve el caballero portugués. Resulta, por tanto, obvio que habéis cobrado una pieza de caza mayor. Le expreso mi mayor reconocimiento por vuestro éxito. La falsa modestia es un pecado tan grave como el orgullo desmedido –expuse con voz monjuna.
- Os confesaré, ya que parece ser vox pópuli, que es tal y como decís –pareció tomar aliento, como quien se apresta a confesar que ha sido agraciado con el gordo de la Navidad-. El caballero adquirió un rarísimo ejemplar del Necronomicón.
Alcé las cejas. El galerista, por fortuna, confundió mi ignorancia, pues por aquel entonces desconocía la importancia de aquel grimorio maldito, con una muestra de escepticismo.
- Auténtico. Lo garantizo al cien por cien. Escrito con sangre, las hojas son pergaminos confeccionados con tiras de piel humana –dijo con total firmeza y formalidad-. Se trata de una traducción al latín de Olaus Wormius que pude localizar, tras muchos desvelos, en Simancas. El sello de las guardas indica que fue editado en 1647 en Salamanca. Por el bien de la ciencia encargué un facsímil del mismo antes de su entrega, con objeto de que sus conocimientos no caigan en el olvido una vez más –lo dijo como relamiéndose.
- ¿Y para qué podría querer un libro de tales características? –le miré con insolente curiosidad-. ¿Otro simple coleccionista de antigüedades? Lo dudo. Ese caballero puede ser muchas cosas, pero nunca simple.
- Eso pertenece a la esfera privada de mis clientes. No puedo desvelar nada más. Creo que ya he dicho demasiado –se quedó lívido. Por una vez debió darse cuenta que su vanidad le había jugado una mala pasada al aflojarle la lengua en demasía-. No es apropiado ser tan curioso, mi querido amigo.
- Esa excusa haría reír al espartano más recto. Por favor, no derroche saliva con nuevos pretextos. ¿Tiene claro de qué parte está? Porque yo no, y eso empieza a molestarme –al ver que abría la boca para protestar, alcé la mano demandándole silencio-. Seguro que en breve nos deleitará de nuevo con las flores de la lisonja, tan caras para usted. Flores que, como las rosas, tal vez escondan algunas espinas traidoras.
- El páramo de la verdad es desolador. Árido y sin fragancia –declaró con yerta indiferencia.
- Ya tenemos al poeta con su verbo florido –le solté con acento áspero, mientras el marchante de pedruscos partía raudo hacia el anfitrión, incapaz de sostener mi mirada de pocos amigos.
A proseguir con sus intrigas, pensé.
Si don Alejo pretendía que ésta fuera una operación discreta y rápida, sería difícil si cada vez se añadía más gente y tan poco fiable como el galerista. Me disgustaba el curso que estaban tomando los acontecimientos. Acostumbrado a la libertad de acción, temía que estas nuevas alianzas implicaran una falta de confianza del patrón hacia mi persona debido a los últimos percances.
Me acerqué al grupo. José Garza acudió al llamado de don Alejo. Con la participación de Avellaneda, que asentía en silencio como un profesor ante la lección bien aprendida por un discípulo, el mestizo ofrecía una descripción de la figura desaparecida.
- La estatua representa al dios Coatlipec. Su cabeza ha sido cortada. De su cuello degollado salen chorros de sangre que, convertidos en dos serpientes, se encuentran, como en un beso, formando una nueva cabeza. Sobre sus desnudos pechos aparece un collar hecho de corazones y manos cercenadas. Abajo, una falda de serpientes vivas y tejidas. Una de ellas le sirve de cinturón, y un cráneo hace las veces de hebilla. Hasta sus brazos y piernas se han convertido en víboras, cuyos colmillos ejercen de garras.
- En algunas ceremonias se cubría con una piel, arrancada a un joven elegido –apostilló el galerista, incapaz de contener su lengua-. Fertilizado con la sangre del sacrificado, el dios concedía sus frutos.
Quise hacerme una imagen mental, pero fui incapaz de imaginarme como sería aquel engendro de piedra. Pero si aquello servía para curar a Leopoldo, lo encontraría al precio que fuera, aunque pensar en sacrificios humanos me resultara una idea repulsiva.
Al punto comprendí que aquella era una forma de pensar pacata. ¿Acaso no se producían en la guerra un sinfín de muertes innecesarias? ¿Muchos no conducen su vida como corderos camino del degolladero? Bien sabe Dios que no fueron pensamientos muy piadosos, aunque tampoco se alejaban tanto de la realidad.
- Ahora que estamos todos, permítanme presentarles a una dama de alta alcurnia que podrá ayudarnos decisivamente en la cruzada en la que estamos inmersos –anunció con pompa Avellaneda-. Posee, además de su lengua materna, el alemán, el francés, el italiano y, faltaría más, el español. Mujer valiente y ducha en geografía, ha viajado por todo el mundo en su propio dirigible. Reconocida buscadora de huevos de dragón en Mongolia, alumna de los lamas en Shangri-La...
- No hace falta que se explaye más relatando mis méritos, mi querido don Fermín, o aburrirá a los invitados –atajó la británica al locuaz Avellaneda con un displicente movimiento de mano-. Excelente este té con su nube de leche. Se nota que nos encontramos en un oasis de la civilización entre tanta barbarie –dirigió una sonrisa encantadora a nuestro anfitrión.
Aquella insinuación sobre que en Granada estaba entre bárbaros me soliviantó. No toleraba de buen grado que un extranjero, por muy miembro del género femenino que fuera, se atreviera a faltarnos al respeto en nuestra propia casa.
Una cosa era que los iberos denigremos lo propio como deporte nacional; los más mordaces hablan de una Españita bufa, de tapiz de Goya o sainete de don Ramón de la Cruz. Otra, tolerar lecciones de foráneos que no estaban en disposición de darnos ejemplo.
- Hoy en día las mujeres ejercen los oficios más extraños –no pude evitar mascullar. Había algo de Mefistófeles en su rostro de ángel tentador que me repelía… a la par que me hipnotizaba-. Además, una mujer ejerciendo una tarea propia de hombres. ¡Jamás había visto una cosa igual!
- ¿Es usted el señor Ventura?
- Más bien lo que queda de él –sabía que mi aspecto no era de estar fresco como una rosa debido a la pasada noche toledana-. ¿Me conoce?
- Claro, usted era el responsable de recoger la estatua –aquellas palabras se me clavaron en las entrañas como una espada. Todavía sorprendido, la dama prosiguió su implacable avance hacia mis posiciones-. ¿Sabe? Incluso están pensando en dejarnos ejercer el derecho de voto. Qué procacidad, ¿no le parece? –replicó con enorme sonrisa de lo más seductora-. ¿Por qué os extraña, si este país cuenta con doña Concepción Arenal, una destacada e ilustre defensora de los derechos de las mujeres?
- Una mujer debería adornarse de cualidades, como diríamos, menos viriles y tan propiamente femeninas como la dulzura, la sumisión, la prudencia...
- Supongo que podríais encontrarlas buscando en el lugar adecuado... dentro un convento o en una virgen de la Edad Media. Creo que le escandalizo un poco, ¿cierto? Puede que os sintáis más cómodo con mujeres algo más frágiles que yo, de esas que ven el mundo a través de las inanes páginas de “El Correo de la Moda”.
- Estoy acostumbrado a lidiar en todo tipo de plazas, señorita –contesté con tono frío.
Sabía que mi rostro adusto y poco agraciado no podía competir con la gracia de su perenne y arrebatadora sonrisa. Tocaba afilar el ingenio para enfrentarme a aquella sufragista lenguaraz, que volvió a interrumpirme.
- No me gustaría perturbaros con mis palabras, querido amigo –insistió, como si me tomara por un babieca.
- Perded cuidado, milady. ¿Es usted una aventurera? –en realidad pensé en la palabra mercenaria, mas tampoco quería resultar tan brusco: sonaría demasiado a burla adjudicarla una tarea tan lejos de su condición femenina-. No entiendo porqué la ha contratado el señor Avellaneda –si las miradas mataran la mía le habría fulminado en aquel momento- ni cuál es su interés en el asunto, más allá de una cuestión puramente crematística.
Todos me observaron, un tanto escandalizados por mi cruda franqueza.
- La intuición de una mujer puede ser más valiosa que el más minucioso proceso analítico -afirmó don Fermín quien, como promotor de la dama, estaba dispuesto a defenderla a capa y espada-. Y su experiencia en recuperación de objetos de artes nos será de inestimable ayuda.
- ¿Recuperación, dice? –solté una ruidosa carcajada-. No dulcifique lo sucedido, haga el favor, ni tampoco la gravedad de la tarea que nos espera.
- Tengo un interés personal en este asunto –justificó la inglesa-. Creo que esa estatua servirá para curar a mi madre. La herencia familiar está en juego. Si ella no se recupera pasará todo a mi hermano... y yo me quedaré sin nada, o con la renta anual que él tenga a bien concederme. Tengo una aeronave propia, proyectos personales. Una mujer necesita fondos para mantener su independencia. Mi natural interés en el caso está más que justificado.
Los presentes parecían impresionados por su determinación y presencia. En cambio, yo no me fiaba, y menos de una hija de la soberbia Albión. Confiaba tanto en la bondad de esa mujer como en la del beso de un escorpión.
- ¡Independencia, decís! ¡Otra de esas nocivas modas modernas y extranjerizantes! –exclamé con indisimulado escepticismo-. Además, ¿una bella damisela será capaz de arrostrar todo tipo de peligros para alcanzar el éxito en esta titánica misión, en la que apenas contamos con pistas? ¿Cuenta usted con las cualidades de las legendarias amazonas? –dudaba y quería que los demás compartieran esas dudas-. Mujer y con la pragmática sangre inglesa corriendo por sus venas... –remaché el clavo de la desconfianza.
- Os garantizo que nunca estaré un paso por detrás de usted. Más al contrario, tal vez sea al revés. He vertido más sangre, inglesa, española y de otros nacionalidades, que posiblemente la vuestra esté aguada en comparación.
- Me hacéis reír, señora –apreté los puños ante aquel nada velado insulto. Al punto aflojé la mano izquierda, enmascarada con un guante: podía romper sin querer los dedos mecánicos al no sentir dolor que me previniera del exceso de fuerza-. El sufrimiento, el valor y la constancia jamás abandonan al soldado español, cualquiera que sea la causa que defienda –dije con orgullo-. Mi sangre española arde tanto en el África como en el glacial Polo. Y la que yo vertí fue en el campo de batalla, no en un salón de esgrima.
- Por cierto, ¿usted se dedica al boxeo? Parece que os ciega el coraje –casi me rozó con un dedo enguantado un verdugón de la mejilla.
Su mirada era la de una consumada apostante valorando si valía la pena o no arriesgar unas monedas en un caballo desconocido o de pedigrí dudoso.
- Practico el pugilato de forma ocasional. No soy un boxeador de paso atrás. No tengo horchata de chufas en las venas, la lava hierve en ellas. Mi aspecto destartalado lo debo a una caída con un motociclo –mentí por no admitir ante ella y todos los demás mi derrota de anoche-. Ya sabe, son estos nuevos artefactos de dos ruedas con un equilibrio inconstante. Lo mío son las cuatro ruedas, un vehículo bien asentado en tierra firme.
- ¿No seréis un jugador de ventaja? –miró de forma sibilina a mi mano enguantada. Aquella mujer estaba demasiado bien informada-. Pues yo prefiero volar, moverme por las alturas. En esto tampoco coincidimos –sonrió.
Bajo esa deliciosa sonrisa me pareció atisbar las gélidas cumbres de Sierra Morena.
La miré sin recatarme, como si estuviera loca.
- Sería conveniente que tuvierais cierto respeto por el peligro y no asumierais riesgos propios de varones. Sois mujer y deberíais comportaros como tal.
El resto de los presentes contemplaba nuestro duelo dialéctico con muda estupefacción.
- Tales riesgos, como usted los llama, son también un placer. Placer que concede emoción a mi vida. ¿Por qué le sorprende? –parecía henchirse como un pavo real-. ¿Y conveniente para quién, señor? Si yo fuera hombre no tendría miedo de nada... como no lo tengo siendo mujer. No me doblego ante nadie. Eso sería vergonzoso.
- Pero benéfico para vuestra salud. No atino a comprender cómo vuestro marido –ella negó con la cabeza-, vuestro prometido, ¿o tampoco?, vaya, no me extraña, estaría encantado de llevar enaguas mientras usted se pone los pantalones –me burlé con tono sarcástico.
- ¿Acaso las mujeres no pueden educar a sus maridos, no pueden elevarse por encima de ellos, llegado el caso?
- ¿Elevarse en dirigible, como usted? Eso en nada honra al esposo y humilla a la esposa. Esa conducta es perjudicial para ambos. Y el lugar de una dama es el hogar, no pretendiendo usurpar un lugar que no le es propio. Al menos eso es así en España, donde todavía impera la decencia. Tal vez en las islas de Albión, debido a su confesión cismática, sea costumbre el comportamiento licencioso de la mujer –ahora era mi turno para insultar.
- Siempre me ha parecido la ingratitud el defecto más pernicioso en un caballero –concluyó de forma cortante.
- Yo tengo de caballero lo mismo que usted de dulce damisela.
- ¡Imperdonable! –protestó con voz melindrosa Avellaneda-. ¡Basta ya, señor mío! Este ultraje ha llegado demasiado lejos. Don Alejo, ya sabe cómo es su empleado. Por cualquier motivo se desboca como los hunos y le denigra en público al faltar al respeto de forma flagrante a esta dama en su casa. Ante omnia, ella ha venido a ayudarnos. Con esa actitud desdeñosa y poco colaborativa jamás conseguiremos nuestros objetivos.
- ¡Por favor! Haya paz –demandó don Alejo, alzando las manos con ánimo apaciguador-. ¿Será necesario recordar que todos estamos en el mismo barco? Las disensiones entre nosotros solo benefician a nuestros enemigos.
- Que Dios nos guarde de ciertos amigos, que yo ya me ocuparé de nuestros enemigos –no soy de los que sabe callarse a tiempo, lo admito.
- ¡Ventura, basta ya! –insistió el patrón con voz inflexible-. No te comportes como Belerofonte. La señorita decide por sí misma. Y ha elegido formar parte de nuestra empresa.
Me envaré ante la advertencia de mi jefe. Era la primera vez que veía enfadarse en público a don Alejo. Recordé entonces su discurso sobre la necesidad de hacer lo que fuera necesario por el bien de Leopoldo.
Ahogué una replica cuando salía por la punta de la lengua. Por una vez la Prudencia me iluminó, pues en aquellos momentos tenía la luz de la razón casi apagada, la mente entre tinieblas, a causa de mi carácter levantisco. Al corregirme en público mi patrón, había quedado a la altura del betún. No valía la pena insistir y descender hasta la categoría de tonto de capirote.
Advertí, con cierto pesar, que el malo y escaso descanso nocturno, añadido al dolor que aún sentía por la paliza encajada, no había ayudado en nada a mejorar mi natural mal humor.
Un profundo suspiro me escapó del pecho, tras ese amargo trago de acíbar bebido sin titubear del cáliz del sacrificio.
- Usted manda –cedí en tono neutro-. Señorita, le pido disculpas si mis palabras han podido ofenderla –la aludida inclinó levemente la cabeza a modo de asentimiento-. Me he dejado llevar por una inmoderada pasión.
- Creo en la sinceridad de su arrepentimiento. No esperaba otra cosa de usted, querido –aceptó la inglesa.
- Beso a usted la mano –repliqué de forma mecánica.
Resultaba claro y meridiano que esa dama y yo no íbamos a hacer buenas migas. Ninguno estaba a dispuesto a cejar en su postura. Siempre parecía presta a la réplica, cuando estaría mejor callada como la esposa de Lot después de convertirse en estatua de sal.
Convinimos en trabajar cada uno por su lado, con la excusa que así podríamos abarcar más terreno, una forma diplomática de evitarnos salvo cuando fuera estrictamente necesario.
Dicen que la necesidad hace extraños compañeros de cama.
De ser cierto ese aforismo, mi suerte era más negra que una noche de tempestad.

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