{Relato Corto} Con Alma de Bohemio.

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{Relato Corto} Con Alma de Bohemio.

Mensaje por Zack Riggins el Miér Abr 04, 2012 1:47 am

Con Alma de Bohemio:

Spoiler:
Acudir a la ciudad era para mí una constante molestia; residía en un chalet en lo alto de la montaña. Pero debía hacerlo después de que a mediados de septiembre decidiese estudiar la encuadernación tradicional de libros.

Ese arte lo impartía un jubilado profesor de historia, que por medio de las redes sociales, logró convocar a un buen número de interesados en aprender el elaborado método de hacer tomos elegantes. Las clases eran en el garaje de su casa, que había habilitado en la medida de lo posible para adecuarse a las exigencias del curso. Íbamos alrededor de quince alumnos, de los cuales, yo era el de apariencia más siniestra: vestido de negro, con algunos ornamentos de plata, y una piel translúcida como el papel.

Dos meses pasaban desde que diera inicio la primera clase, y como ya esperaba desde antes de comenzar, me la pasaba siempre solo. Algo que a mi favor, me permitía acabar primero las lecciones.

No obstante, y como en toda historia, una chica cautivaba mis ojos. No pasaba de los veinte años, y aunque trataba por todos los medios de que ella no se diera cuenta, algunas veces cruzábamos la vista como si fuera inevitable.

De camino a casa, sólo ocupaba mi mente con una cosa: ella. Y al mismo tiempo pensaba: “¿por qué iba a fijarse en mí?”. Estaba abatido en mis propios complejos. No era persona capaz de hacer amigos. Mi tristeza crónica me había conducido a una apatía atroz en pos de entablar conversaciones. No me interesaba nada de la actual época, ni nadie: sólo me entretenían las actividades del pasado, relevadas ahora por la alta tecnología. Y salvo ella, que desde los primeros días me llenó tanto, como un vacío sentí, al aceptar prematuramente mi derrota. Para mí era inalcanzable.

Era agasajada y piropeada constantemente por toda la clase. Nadie le daba de lado. Y yo lo veía lógico. Una morena de ojos verdes, sonrisa prominente, y tan dulce como el primer beso. Se la veía eternamente feliz. Aunque en algo sí nos parecíamos, y era en lo níveo de su piel.

En cambio yo era un ser amargado, sin sonrisa. Tanto así, que nadie sabría decir con exactitud si tenía dientes o no, o si eran blancos o amarillos. Mi pelo azabache y desaliñado me rozaba los hombros, y mis ojos marrones se me antojaban inexpresivos.

Pero el ingenioso profesor, sabedor de primera mano de mi autismo -y de que la miraba constantemente- organizó un trabajo por parejas en el que nos encuadró. “¡Vaya hombre más ladino!” pensé, en realidad agradecido.

-Buenos días, Patrick.- se dirigió a mí, sonriente. No me lo podía creer.

-Buenos días, señorita María.- contesté, quizás un poco seco. Sin embargo, ella no dejaba de sonreírme. Era como si el sol brillara ante mí.

-Sólo, “María”. No necesitas formalidades conmigo.- me tendió la mano, -es un placer conocernos al fin.- Y es que, después de dos meses y pico, era la primera vez que entablábamos conversación.

Cogí su mano intentando no ser brusco, ya que me parecía que la podría romper; ella reflejaba una fragilidad significativa, lo cual la dotaba de una dulzura todavía mayor.

-Por supuesto, el placer es para mí, señori… quiero decir, María.- Ella rió por lo bajo. Parecía hacerle gracia, lo cual me incomodó un poco, y giré ligeramente el rostro hacia otro lado; avergonzado.

-Venga, no te enfades hombre.- me animó afablemente, colocando su mano en mi hombro. -¿qué te parece si me acompañas a casa cuando acabemos?

-No creo que sea lo más adecuado.- como siempre, ganó mi insipidez.

-Pues yo opino que un caballero no debería dejar sola a una dama ante el peligro. -se acercó a mi oído, y susurró. -acechan malvadas bestias en cada calle.

Parecía querer hacerme sentir culpable de lo que le ocurriera, aunque en realidad su deseo era hacerme ver algo más que las cuatro paredes que conformaban mi hogar.

-Tampoco es mi deseo que le ocurriese algo.

-¿Eso quiere decir que me acompañas?- contestó sonriente. Lo que me “obligó” a afirmar tímidamente con la cabeza. -¡Estupendo!- exclamó abrazándome.

El resto de la clase se me hizo eterna, y en los últimos minutos hasta me temblaban las piernas.

-¿Nos vamos, galán tenebroso?- me dijo al concluir, mientras apretaba su cartapacio contra su pecho: sus dos maravillosos pechos, pensaba yo. Ya que en esa posición se hacinaban de una manera imposible de olvidar. Los miraba con disimulo, y aunque imaginaba que ella se daba cuenta, no podía reprimir mi visión. Ella reía graciosa, con ternura. Por supuesto que sabía donde miraba, pero aún así, me dejaba, no decía nada al respecto.

Y allí me encontraba yo, en una caminata sin fin. Día tras día, al salir de las clases, la acompañaba a su casa, luego de tomar un café o un helado con ella. Pero una de las salidas que recuerdo con más cariño, fue cuando me llevó a su lugar favorito, con vistas al mar. En esos días me enamoré sin remedio, me cambió la vida, me hizo más sociable, y me ofreció el gusto por vivir.

Esas navidades me invitó a cenar con su familia, ya que yo no tenía a nadie. Luego del banquete nos fuimos a su lugar predilecto.

-¿Te ha agradado la cena?

-Me lo he pasado muy bien, María. Contigo cada momento es especial.- por fin empecé a quererme declarar, aunque a ella no parecía hacerle gracia.

-Me alegra que te gustara, Patrick. Pero por favor, no lo tomes como una cita.-su tono era triste.

-¿Estás bien? Te noto afligida.

Me sonrió para amortiguar mi inquietud.- tranquilo, contigo estoy bien.- La abracé y le susurré al oído:

-María…estoy enamorado.

Ella cerró los ojos, resignada a la situación. -…yo también- pero su confesión sonaba taciturna.

-María, ¿qué te pasa? Estás distinta.- volvió a sonreírme mientras me sujetaba las manos.

-Sólo estoy un poco cansada, hoy dormiré pronto. ¿Nos veremos mañana?

-Si no hay otro remedio… aunque pensé que pasaríamos más tiempo juntos.

No me contestó, besó mi mejilla y se fue. No la volvería a ver hasta “noche vieja”, hasta entonces, la llamaba día tras día, esperando contestación. Finalmente me llamó ella, para volver a cenar en su casa, esta vez, a razón de “año nuevo”. Me contó por qué no era bueno que nos enamoráramos.

-Patrick, quiero que tomes lo que te voy a decir con la mayor naturalidad.

-¿Qué ocurre?- me agarró una vez más las manos, mientras yo fruncía el ceño.

-Estoy enferma, desde febrero. Me han diagnosticado un tumor cerebral. Y es muy probable que no aguante más de un mes.

En ese momento se me destrozó el alma. Pero tras aquellas palabras, ella seguía con su sonrisa imperecedera, como si quisiera hacerme olvidar su padecimiento, intentando animarme. Pero yo la amaba, y no podía ser inmune ante esa confesión. Sentía como su infortunio era traspasado a mí, en forma depresiva. Me derrumbó por completo. Ella movía mi mundo desde que la conocí, y ella se lo llevaría en la hora de su muerte.

Las lágrimas me brotaban como cascadas, me levanté del asiento bruscamente, dándole la espalda a ella y a sus padres. No quería aceptar aquello. La situación me desbordaba: ”¿un ser que se interesaba por mí, y al que amaba; algo bueno en mi vida, y también me era arrebatado? ¿Qué tenía el destino en mi contra?” me decía en silencio, frustrado en mis pensamientos.

Ella también se levantó de su asiento, para abrazarme por detrás, apoyando su moflete diestro en mi espalda.

-Patrick, no tienes que seguir aquí si no quieres. Vete, no mereces sufrir por mí. No quiero que pases por esto. Va a ser muy duro. Yo no dejaré de amarte, pero lo que yo sienta ya dará igual; lo importante eres tú, te queda toda la vida por delante, disfrútala y sé feliz, muy feliz. Hazlo por ti…y por mí.

-Llevo veinticinco años esperando ser feliz un día, ¡un día! Y desde que te conocí no he dejado de serlo. Te amo como nunca he amado a nadie. Y me cambiaría ahora mismo por ti, si estuviese en mi mano. Yo pensaba que el mundo era cruel conmigo, y de hecho esto lo confirma. Pero contigo no han tenido clemencia, ¡odio a los dioses y a todas sus creaciones! Lo más hermoso y completo que han creado está abrazado a mí, y así lo tratan… no es justo.

Ella lloró conmigo, me dio la vuelta y me besó.

-Calla. No dejes que esto te supere, por favor. Odio que sufras.

-Me quedaré contigo hasta el final, María.- Ella me miró entre sorprendida y aliviada.

A decir verdad, pasé los mejores momentos de mi vida durante las dos semanas que siguió conmigo.

Patrick tiró el último puñado de tierra, junto con unas flores, dentro del sepulcro. Y allí dejaría también, su corazón.



Zack Riggins

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