Las crónicas de Lejana

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Las crónicas de Lejana

Mensaje por janacek el Jue Ago 25, 2011 11:58 am


Este ralato inaugura una serie que con el tiempo pretendo reunir bajo un mismo epígrafe. Las crónicas de Lejana. Por ser la primera vez debo hacer una breve descripción de ese mundo a´ntes de comenzar el relato. Espero que les guste y, si es así, o si no, se agradecerán tanto alabanzas como críticas. De todo se saca enseñanza. Un saludo.


Las Crónicas de Lejana.

Una de las consecuencias de que a finales del siglo XIX y tomando como idea de referencia la novela homónima de H. G. Wells, se inventase la máquina del tiempo, fue que los viajes entre distintos planetas, sistemas solares e incluso galaxias lejanas se viesen facilitados igualmente de manera exponencial por procedimientos similares. Esto es así dada la naturaleza indivisible entre la estructura temporal y espacial de nuestro universo, lo que, en última instancia dio lugar a lo que se conoció como el Gran Éxodo que despobló nuestro planeta al tiempo que permitió la conquista de nuevos y maravillosos mundos más allá de cualquier frontera imaginable.
Al mismo tiempo que intrépidos exploradores se adentraban en los paisajes incógnitos de nuestro pasado, (viajar al futuro no es posible) otros empezaron a surcar al azar los abismos del cosmos como antiguamente lo hicieron los grandes veleros y por la misma razón.
A través de portales abiertos en la mismísima malla espaciotemporal, los hombres se lanzaron a la conquista del universo armados con sus máquinas de vapor, su incipiente industria, su deficiente ciencia y el mismo espíritu que los pioneros del lejano oeste ya habían demostrado tan sólo unas décadas antes.
Uno de los primeros mundos en ser colonizado fue Lejana, y también uno de los primeros en ser perdido, pues una inesperada catástrofe natural destruyó la puerta de entrada y nunca más se la volvió a encontrar.
Sin embargo, y a pesar de tratarse de un planeta escaso en combustibles fósiles por ser aún muy joven, de estar cubierto por océanos tormentosos, violentos y profundos, salpicados de infinitud de islas más que de continentes, de sus vientos fuertes e impredecibles y de sus altísimas montañas, sus abruptos, extremos y peligrosos paisajes, sus infranqueables selvas y su extraña fauna, el hombre y su tecnología consiguieron instalarse en el.
Bajo un régimen político basado en el recuerdo de las viejas monarquías de Europa, algunas pequeñas y nuevas naciones pugnaron por civilizar los espacios abiertos y fértiles entre los cuales viajaban sorprendentes máquinas aéreas, submarinos increíbles y extraños barcos a vapor, mientras otros hombres, al margen de la ley, imponían sus dictados, robaban, asaltaban, violaban, esclavizaban y medraban desde sus refugios ignotos e inexpugnables.
Aquí recogemos algunas historias que se llegaron a contar de aquel mundo casi mitológico en el que todo fue posible y lo que no lo fue, lo será.


Un milagro. Un relato de Las Crónicas de Lejana.

Lo difícil había sido conseguir un guía.
Casi el total de los escasos asentamientos humanos estaban organizados según un sistema político que podría ser definido como “de improvisación”. En un mapa del siglo quince, la mayor parte de las tierras de Lejana aparecerían bajo el denominador común de “Terra Incógnita” y en los modernos mapas trazados desde la perspectiva de una cámara cenital colgada del fondo de la cabina de un dirigible, el equivalente topográfico era “Aún por explorar”.
Por lo tanto era un milagro que aquel hombre hubiese estado disponible para el trabajo justo en el momento en que Fray Ercilio lo había necesitado. Y más aún, que ese hombre tuviese la necesaria experiencia como para no temer el adentrarse en la jungla y llevarle sin contratiempos hasta Los Dedos con la suficiente discreción y profesionalidad requeridas.
Claro que su conversación era la de un iletrado y sus modales no diferían de los que hubiera empleado un porquero con sus bestias, pero se trataba de la persona adecuada para la misión que le había sido encomendada y con eso debía bastar.
El hombre había llegado con los primeros pobladores y había participado en la construcción de Puerto Franco, más tarde rebautizado como London Bay, cuando se impusieron el idioma inglés y las costumbres anglosajonas a raíz de la segunda emigración.
No obstante, él conservaba su acento latino y los modales rudos de un hombre de frontera. Fray Ercilio se preguntaba a menudo si no se trataría de un ex presidiario o de alguien a quién aún no había alcanzado la justicia.
De lo que no le cabía la menor duda es de que quién no había sido capaz de colonizar el alma de aquel hombre era Dios. Pero incluso ese inconveniente se podría tornar en su momento en una ventaja si se veía el asunto desde otro prisma diferente.
Llevaban quince días de marcha y estaban a punto de alcanzar la meta, pero ésta se resistía empeñándose en interponer sistemáticamente pequeños obstáculos en su camino.
Claro que eso no tendría importancia cuando empezaran las peregrinaciones.
Los peregrinos abrirían caminos más anchos, rápidos y transitables. Los obstáculos serían allanados, apartados o destruidos y la distancia, ahora tan desalentadora, se vería reducida, gracias a puentes, refugios y represas, a menos de la mitad y estaría plagada de alicientes espirituales. Al final, los caminantes encontrarían la alegría y el consuelo de un templo que se iría construyendo en la medida en que fueran llegando las donaciones.
Y es que a Lejana le hacía falta una catedral.
Una Catedral, con mayúsculas.
No una de esas pequeñas iglesias que algunos colonos habían ido construyendo en cada asentamiento de la mejor manera posible, improvisadas y funcionales. Sino un lugar de peregrinaje. Un lugar donde la presencia de Dios fuese tan palpable y tan evidente como el agua de la lluvia o el calor del sol sobre la piel. Un lugar donde los hombres nunca pudieran llegar a poner en duda que Dios ya había estado antes allí. Antes incluso del primer desembarco, antes incluso de que el primer hombre abriese los ojos y se maravillara con las obras de la creación.
Por eso había escogido Los Dedos.
Aquellas formidables columnas de roca volcánica erosionadas por milenios pero altivas y desafiantes, sobresalientes en más de cien metros de altura en mitad de una jungla uniforme, faros en un mar de vegetación virginal, que sólo podían ser vistos desde el aire, desde los puentes de las aeronaves que ocasionalmente viajaban al otro lado del continente. Lo suficientemente lejos de la ciudad. Lo suficientemente cerca.
Aquellas gigantescas columnas serían las torres de la nueva catedral y bajo ellas, los creyentes se sentirían en su justa medida de pequeñez infinitesimal y de sumisión a su Dios.
Pero Fray Ercilio no ignoraba que una iglesia, por fabulosa que sea, no dejaba de ser tan sólo una edificación más o menos singular y que hacía falta mucho más para convencer a los sencillos de corazón de que era necesario, más aún, imprescindible, acudir a ella para rezar y sacudir así de sus almas el temor al vacío de sus vidas monótonas y el final inevitable de la muerte.
Fray Ercilio tenía un plan y por eso habían partido de incógnito y había insistido a su ayudante en la necesidad de mantener en secreto tanto su destino como el objeto de su viaje, aunque respecto a esto último no tenía ninguna preocupación pues incluso el mismo guía desconocía sus intenciones.
Se trataba, en definitiva, de encontrar el escenario adecuado y de poner en marcha la escena. A la mayor gloria de Dios.
Al decimoséptimo día los dos hombres llegaron a una elevación y ante ellos, como una visión maravillosa, se abrió la jungla y pudieron contemplar la agrupación basáltica elevándose sobre sus cabezas y sobre el resto del mundo.
Las gigantescas formaciones, siete en total, desafiaban la gravedad y proyectaban en apariencia hasta el infinito sus sombras ahora que la tarde había empezado a caer.
Aquello superaba con creces cualquier expectativa que Fray Ercilio hubiera podido imaginar. Bajo ellos y subrayando la belleza increíble del sorprendente paisaje, un río de aguas rápidas y revueltas había formado una cascada de treinta o cuarenta metros de altura que, desde las profundidades de su despeñadero, elevaba columnas de vapor de agua que creaban arcoiris sobre los que volaban en bandadas los pájaros dragón que anidaban en las cumbres.
Fray Ercilio sintió ganas de caer de rodillas y elevar los brazos como signo de agradecimiento. Más tarde pensó que quizás algunas lágrimas habían brotado inconscientes de sus ojos y habían corrido por sus mejillas y llegado hasta la comisura de sus labios ensanchados por una enorme sonrisa.
Alabado sea el Señor, Dios del Universo. Y aquella frase cobraba en aquel lugar una dimensión que nunca antes había tenido y Fray Ercilio fue consciente de que allí y en ese momento se estaba escribiendo el primer capítulo de una nueva historia.
Sólo desentonaba el gesto hosco e indiferente del guía que, en su ignorancia, tan sólo veía otro obstáculo que superar y otro motivo para no volver nunca más a aquellas tierras.
Pero ya Fray Ercilio había decidido que ese lugar, precisamente donde se encontraban ahora, sería el sitio donde se pondría la primera piedra de la nueva Catedral.
Sobre esta piedra se erigirá mi iglesia. Como Jesús le dijo a su apóstol favorito.
-. ¿Tu crees en Dios?, le preguntó al guía para asegurarse.
El guía se encogió de hombros e hizo un gesto de indiferencia.
-. Dios, dijo, no me da de comer. Mis piernas y mis manos sí lo hacen. Creo en mi propio esfuerzo. De Dios no entiendo nada.
Fray Ercilio sonrió y sacó de su macuto una botella de licor que había cargado desde London Bay y que había guardado celosamente precisamente para ese momento.
-. Toma. Estarás cansado, sediento y hay que celebrar que hemos conseguido llegar a nuestros respectivos destinos.
El guía le dio un buen trago agradecido y le devolvió la botella.
-. Y usted, ¿no bebe?.
-. Yo soy abstemio, hijo mío.
Un minuto más tarde el guía yacía envenenado sobre la hierba virginal.
Fray Ercilio había tomado buena nota del camino y no tendría problemas para emprender el regreso en solitario.
Cavó una fosa para enterrar el cuerpo y depositó junto a él las reliquias que había traído consigo.
Cuando regresara unos meses más tarde, esta vez ya no de incógnito, sino revestido de todo el poder y la pompa de la Iglesia Católica, lo haría como obispo de su nueva iglesia, en compañía de muchos fieles, guiados por la fe en que encontrarían una señal del Señor.
Y la encontrarían. Sería un milagro.
Encontrarían la tumba y el esqueleto de un hombre santo que portaría objetos sagrados. ¿Qué mejor señal?.
Entonces comenzaría una nueva era para Lejana. Una nueva era bajo el manto de la fe en Dios y en Cristo.
Fray Ercilio dio media vuelta y sin mirar atrás emprendió el regreso.
Los caminos del Señor son inescrutables.

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