Steampunk reality

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

Steampunk reality

Mensaje por Rooney el Mar Ago 16, 2011 5:45 pm


Deseo que os guste Smile


-------------------------------------------------------------------------------------------------


Los primeros rayos de sol se abrían paso entre la neblina de la ciudad gris metálico. El suelo, cubierto de charcos de la lluvia que había caído la noche anterior, centelleaba como oro turbio y expulsaba grasientos vahos que ascendían hacia el cielo, mezclándose con la niebla y con el vapor de los primeros trenes que circulaban ya a ambos lados del camino. La ciudad se veía sucia y fría, gris como la hojalata.

Con un suspiro, entré dentro de la estación tras traspasar la verja que franqueaba el paso y me dirigí hacia la vía, donde ya esperaba pacientemente el largo tren negro, con la parte inferior pintada de brillante granate. Entregué mi billete a un revisor de aspecto atolondrado y acné adolescente, que se rascaba la barba rala mientras miraba temerosamente a su alrededor. Parecía asustado por el gentío, y más desorientado que yo. Sin embargo, señaló hacia el monstruoso tren negro que aguantaba pacientemente a nuestro lado, listo para vomitar humo por sus chimeneas, y me dirigió un intento de sonrisa. Tenía los dientes amarillentos y desiguales.

—Muy bien señorita, ya puede subir al tren. ¿Necesita que la ayude con las maletas?
—No, gracias —Sacudí mi larga y ondulada melena pelirroja hacia atrás e hice rodar los ojos, señalando al suelo con mi mano enguantada—. Como puede ver, no llevo ninguna.
—Oh —El revisor pareció avergonzado—. De acuerdo, pues, que tenga usted buen viaje —Se hizo a un lado y me abrió una de las puertecillas del tren, extendiendo un brazo mecánico para ayudarme a subir; debía de haberlo perdido trabajando en las fábricas. Me estremecí al pensar en ello. Pese a su gesto de cortesía, rechacé su ayuda y me agarré con una mano de la puerta y con la otra del vestido, levantándolo a una altura prudencial para no tropezar ni mancharlo con los restos de carbón que se hallaban adheridos a los escalones.
—Gracias —repliqué al fin, cuando ya había entrado en la locomotora, y le di la espalda sin aguardar más indicaciones, internándome en la semipenumbra del vagón.

Tras caminar unos pocos metros encontré un compartimento libre y me senté, suspirando nuevamente. Me acomodé el vestido azul grisáceo que llevaba, y me despojé de los largos guantes, dejándolos en el compartimento superior junto con mi abrigo. Casi de inmediato, el tren se puso en marcha, escupiendo olas de vapor que inundaron la estación como si fuera una ventisca de nieve. Dispuesta a soportar el viaje de la mejor manera posible, hundí el brazo en mi bolso de mano y extraje un viejo volumen de Byron en el que enterré la nariz sin perder un segundo.

Leyendo, perdí el curso del tiempo, como siempre solía sucederme. Cuando me di cuenta y alcé la vista, el paisaje que podía vislumbrarse a través de las ventanas había cambiado por completo, y enormes picos nevados se alzaban contra el cielo gris perlado, apenas visibles entre los plateados jirones de niebla. Sabía que cuando atravesáramos aquellas montañas, todo volvería a ser gris, polvoriento, salpicado de chimeneas, de fábricas escupiendo humo contra el cielo rojizo de un atardecer eterno. Con el corazón estremecido de congoja, bajé la cabeza apartándome de la ventana. En aquel momento, mi atención se vio atraída hacia mi derecha por un movimiento que distinguí a duras penas por el rabillo del ojo. Me giré bruscamente y mi mirada topó, o mejor dicho, se vio atrapada por dos ojos felinos, de un color tan dorado como el topacio, relucientes como las llamas. Eran ojos de un color imposible, cálidos y misteriosos, inocentes y peligrosos a un mismo tiempo. Eran ojos que había visto una vez, en lo que parecía ya otra vida, hacía eones. Tragué saliva y aparté la vista rápidamente mientras sentía subir el calor por mis mejillas. En medio de mi turbación, mi mente recuperó una imagen que había enterrado hacía ya mucho tiempo; la imagen de un chico de edad similar a la mía, con cabellos cortos y oscuros levemente ondulados, tersas mejillas que parecían llevar un par de días sin afeitar, nariz recta y labios sensuales. Toda su persona parecía latir con una intensa vibración de sensualidad, despertando en mí una suerte de deseo primario e irrefrenable. Arriesgué una nueva mirada en su dirección, y mis iris azules toparon con fuego, oro y topacio una vez más. Su mirada, electrizante, clavada en la mía.. El calor en mis mejillas se incrementó hasta volverse casi insoportable; el corazón me iba a mil por hora. Sin apenas saber lo que estaba haciendo, me puse en pie precipitadamente y salí de mi compartimento en dirección al servicio.

Cuando llegué al lavabo, me eché unas gotas de agua helada en la cara y me contemplé en el pequeño espejo manchado de hollín. Mi rostro en forma de corazón se veía enrojecido, especialmente alrededor de los pómulos; mis ojos de un tono añil desvaído parecían relucir con una nueva luz que se había apagado hacía mucho tiempo, mi frondosa cascada de rizos cobrizos se veía despeinada y asimismo tiznada de hollín en algunos de sus enroscados mechones. Mi pecho subía y bajaba agitadamente bajo el vestido azul, abotonado hasta la barbilla. El corset me asfixiaba, pero evidentemente no podía quitármelo. Me temblaban las piernas. Jamás había sentido una turbación tan intensa, ni siquiera cuando... Pero no. Me daba miedo recordar, desenterrar ciertos fragmentos de mi vida que debían permanecer encerrados bajo llave y no ser sacados a la luz jamás. Me daba miedo el rostro que veía en el espejo. No me reconocía a mí misma.

Cuando hube logrado calmarme dentro de lo posible, decidí permanecer en otro compartimento el resto del viaje; por suerte, antes de mi precipitada huida al lavabo había logrado rescatar mi bolso de mano con el libro. Pese a estar demasiado nerviosa para concentrarme, extraje mi pesado monóculo dorado del bolso y me lo encajé sobre el ojo izquierdo para proseguir la lectura, pero era imposible, a cada línea, mi mente volvía irremediablemente a un mundo poblado por enormes canicas doradas, en cuyo centro centelleaba un iris maravilloso y una pupila oscura siempre fija en mí.

Las horas pasaron de algún modo sin que fuera capaz de dejar de sentir aquel pánico, pegajoso y opresivo. Apenas si pude probar bocado cuando la camarera deslizó su carrito en mi compartimento y me dejó una tetera rellena de humeante líquido color canela, un par de pequeños sandwiches de pavo y lo que parecían unas galletas de arándanos. Posiblemente lo hubiera vomitado todo, de haberme atrevido a dar siquiera un mordisco. Y entonces, de pronto ya estaba huyendo el sol del cielo, y la escandalosa bocina del tren indicaba que habíamos llegado a nuestro destino.

Con las piernas aún temblorosas como unas cuantas horas atrás, me deslicé por el vagón sumido en sombras y llegué rápidamente a mi compartimento anterior, en el cual por fortuna, seguían estando mis guantes, mi pequeño sombrero y mi abrigo de brocado cuidadosamente doblado en el compartimento superior. El causante de mi turbación parecía haber abandonado ya el tren, como comprobé aliviada. Aun así, no me decidí a verificarlo quedándome ahí plantada más tiempo, de modo que me coloqué mis pertenencias bajo el brazo y salí casi corriendo del vagón. Cuando bajé por la escalerilla de la locomotora, poco faltó para que cayera de bruces sobre la pasarela de la estación. Por suerte, recuperé el equilibro justo a tiempo, me puse los guantes, el abrigo y el pequeño sombrerito ladeado y, agarrando el bolso como si fuera un escudo, salí huyendo de la estación para internarme en la horrible Ciudad de Hojalata.

Los últimos rayos de sol comenzaron a desaparecer del cielo, transformándolo en una mase de nubes rojizas que dieron la impresión de convertir la ciudad gris en el infierno, si es que era posible que fuera aun peor de lo que ya era. Los tacones de mis botas marrones resonaban por las aceras polvorientas, mientras me apresuraba por las calles grises, flanqueada por fábricas y pequeñas casas tan apagadas como todo lo que me rodeaba. Aviones de vapor y globos aerostáticos sobrevolaron mi cabeza, al tiempo que los zumbidos de las enormes computadoras de las fachadas de los edificios enviaban enloquecedoras imágenes en blanco y negro contra mi retina. El humo de las chimeneas y la niebla apenas me dejaban ver, pero seguí incansable, mirando siempre al frente, cruzando temerariamente la calzada por la que en ocasiones me adelantaban coches expulsando más y más gas blanco, ensuciándolo todo, creando un ambiente angustioso y sofocante. Llegó un punto en el que me di cuenta de que estaba corriendo, escapando de aquella realidad que siempre había odiado, tratando de alcanzar… ¿qué? ¿De alcanzar qué realmente? Mi propio cansancio interno era tan intenso que bloqueaba todos los demás pensamientos, impidiéndome sentir la mordedura del frío o el agotamiento por mi carrera constante. Pero llegó un punto en el que no pude ir más lejos y choqué literalmente contra los límites de la Ciudad, contra la muralla de metal que nos encerraba a todos en aquella pequeña esfera humeante y odiosa. La golpeé furiosamente con los puños, pero entonces… una voz que creía haber olvidado perturbó las serenas ondas de aire, mandando vibraciones deliciosas hacia mis oídos.

—Yo también, Adèle.

Con un movimiento tan lento que podrían haberse deslizado tranquilamente cien años desde el inicio hasta el final, me di la vuelta, todo el cuerpo temblando, aún sin atreverme a levantar la vista. Mis ojos toparon con dos polainas marrones, bajo las cuales asomaban unos zapatos del mismo color. Subí lentamente, absorbiendo cada detalle de las bien torneadas piernas envueltas en una suave tela azul a rayas finas, hasta alcanzar el torso amplio cubierto por una camisa blanca y un recio chaleco de cuero marrón. Levanté un poco más la vista, observando los detalles del pañuelo de seda negro que llevaba anudado al cuello, el centelleo de la cadenilla de su reloj de bolsillo, colgando sobre su pecho. Finalmente, haciendo un último esfuerzo por ser valiente, mi rostro se alzó del todo para afrontar la mirada de aquellos ojos, de aquellas canicas de oro que habían enturbiado mi corazón hacía ya tantos años.

—Qué —No fui capaz de nada más. A duras penas fui capaz de articular esa única palabra, ni siquiera pude darle la entonación interrogativa adecuada.

Él sonrió de aquel modo que siempre me había enloquecido, ladeando la cabeza. Llevaba los cabellos y las patillas algo más largos de cómo los recordaba, dejando ver un atisbo de sus ondas naturales. Los sonidos de las máquinas industriales llenaban el aire, pero yo sólo podía escuchar los latidos de su corazón tan cercano al mío.

—Yo también, Adèle. Sabes que no podía hacer nada… pero yo también.

Sus palabras fueron como un ungüento para mi corazón herido, fragmentado, destrozado hacía ya tanto tiempo en pedazos tan diminutos que había olvidado lo que era poseer una vida en mi interior y había pasado a funcionar a manivela, como las máquinas que nos rodeaban por todas partes, sólo que una manivela activada por mi propia fuerza de voluntad, o tal vez, por el deseo autodestructivo de seguir existiendo en una realidad que odiaba a muerte.

Mientras mis piernas se derrumbaban definitivamente y él me sostenía, supe que podría haber muerto en aquel instante y nada más me habría importado. Cuando nuestros labios sedientos se unieron por primera vez, la Ciudad pareció transformarse en un lugar puro, sin ruido de máquinas, sin humo, únicamente con un cielo azul como las nomeolvides, y el brillo de los topacios asomando desde cada margarita.

Rooney

Cantidad de envíos : 16
Edad : 30
Localización : Barcelona
Especialidad Steam : Anacrónica y demente.
Reputación : 5
Fecha de inscripción : 14/08/2011

Ver perfil de usuario http://www.flickr.com/photos/rooney_s/

Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba

- Temas similares

 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.