RELATO: El teatro secreto

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RELATO: El teatro secreto

Mensaje por Víctor Conde el Dom Dic 27, 2009 7:16 pm

Damas y caballeros, encantado de hablarles de nuevo y perdonen que les llene esta sección con escritos. Es que me interesa mucho su opinión, como expertos en materia steam que son. Antes que nada, déjenme que les felicite la navidad y el año nuevo, en el que espero que todos sus proyectos se hagan realidad. ¡Hasta los de vapor!
Entrando en materia, aquí les dejo un fragmento de mi anterior novela, "El teatro secreto", que no es estrictamente steam, sino más bien fantasía onírica (ya saben, al estilo de Sandman o Fábulas). Pero hay partes con un decidido regusto steam. Les dejo una de esas partes, para que la critiquen y, si pueden, la disfruten:

EL TEATRO SECRETO (fragmento)

Cuando la fundación NH para la protección de incunables, constituida en Londres a comienzos del verano de 1879, decidió redactar las primeras páginas de lo que con el tiempo se convertiría en el acta fundacional de la Sociedad para Caballeros Noel Harrow, la aristocracia londinense pensó que la matriarca de los Harrow se había vuelto loca.
Por supuesto, el generoso conjunto de excentricidades que la condesa había acumulado en décadas precedentes ayudaba a que, no importaba cuán fantástico fuera el rumor que correteara por los salones de los poetas ni su origen, la gente lo creyera sin reservas. Todos recordaban los años subsiguientes a la muerte de su marido, en los que Noelia Harrow cayó presa de una repentina pasión por las figuras mendicantes (por aquel entonces compró los capiteles de la catedral de San Marcos para vaciarlos y convertirlos en coronas de piedra —muchas frentes demostraron su escaso porte a la hora de llevarlas—), y el nacimiento de su único hijo, ungido por los representantes de al menos treinta religiones distintas para, en palabras de la condesa, “no dejar espacio al azar cuando llegue la hora de su muerte”.
Pero la mayor excentricidad de lady Harrow fue sin asomo de duda la creación de la Sociedad para Caballeros, que ella misma presidía disfrazada de hombre y bajo el alias de Noel, nombre que como su padre, nacido Steven, había copiado del firmante de un cuadro desaparecido.
Todos en la Sociedad conocían el secreto de su líder, pero jugaban a ignorarlo. Observaban a la condesa, sentada en el sillón más mullido del salón de té y meneando el cigarro al son de su bigote postizo, y sonreían por lo bajo. Ni tan siquiera George Gordon o su condiscípulo americano, Joe Tres Serpientes, conocidos por su ruidosa intolerancia a las salidas de tono de la aristocracia, se atrevían a hacer ningún comentario.
La Sociedad gestionaba lo más parecido que había en aquel entonces a una caza de excentricidades. Sus miembros eran reclutados de entre las más variopintas esferas sociales, y se ganaban el derecho de admisión donando a las arcas de la Sociedad alguna maravilla extraída de su entorno. John Resham, por ejemplo, que tendría el triste honor de pasar a la historia como el primer hombre atropellado por un automóvil, donó el faro delantero de su verdugo, legándolo en su última voluntad al sobrino de lady Harrow, testamentero de las clases menos pudientes. Sir Rudyard Kipling envió por correo certificado desde la India los manuscritos originales encontrados en una cueva, que relataban la historia de Moahy-Owgly, el niño salvaje criado por lobos que un antepasado suyo había adoptado en un último intento de erradicar su afición por devorar carne humana (costumbre inculcada desde su infancia por su madre loba) antes de presentarlo en sociedad como M. Owgly. Un escritor norteamericano que vivía con su madre añadió a la biblioteca del edificio un perturbador incunable encuadernado en piel humana, manchado de lepra, que él erróneamente había titulado “la imagen de la ley de los Muertos”. Como ellos, muchos otros interesados donaron reliquias, tesoros o meras absurdidades para que les fuese concedida la carta de admisión al club más selecto de la alta sociedad.
Conforme pasaba el tiempo, el museo de las artes excéntricas de lady Harrow se hizo tan popular que se organizaban fiestas con el motivo de celebrar alguna nueva y espectacular adquisición, como la caja de música que emulaba cantos de ballenas, o el libro de páginas asimétricas, que contenía la cifra exacta que indicaba el último número finito.
No todo fueron loas y rosas para la Sociedad, por desgracia. Al cabo de seis años desde el comienzo de sus actividades, la Reina ordenó poner fin a sus movimientos bajo acusación de conspirar para derrocar a la Corona. En aquellos años Noelia se había descuidado y había permitido, de manera negligente, que los experimentos de algunos de sus afiliados se escaparan a su control y fueran revelados a la opinión pública. Sirva de ejemplo la obsesión de un hombre que se hacía llamar “el Viajero”, del que nadie en la Sociedad conocía más datos, por construir máquinas para pavimentar carreteras en el tiempo. O el ruido de órganos que el llanto de un íncubo encerrado en los sótanos hacía resonar en los tabiques de los indignados vecinos.
Todo eso llegó a oídos de la Reina, mujer pragmática y poco amiga de fantasías. Aconsejada por sus ministros, decidió que ya estaba bien de aguantar las excentricidades de lady Harrow.
Desde entonces la Sociedad cambió. No desaparecería por mutuo acuerdo de sus miembros, ya que sus actividades eran demasiado importantes como para que Inglaterra se permitiese prescindir de ellas, pero sí cambiaría su estatus: pasaría a ser una entidad oculta, la primera Gran Sociedad Secreta de la era moderna, y sus militantes se reunirían en secreto en lugar de con la pompa de sus comienzos.
Y, desde la sombra, aún continúan operando.
Pero lo más misterioso de todo el asunto, lo que de verdad trajo de cabeza a los hagiógrafos de algunos de sus afiliados en épocas posteriores, fue la identidad de la segunda mujer. El carácter de lady Harrow era marcadamente masculino —bastante comentados fueron sus deslices con algunas sirvientas de la institución—, pero se rumoreaba que, escondida entre los miembros de la Sociedad, otra mujer asistía a las reuniones: la amante transformista de la singular aristócrata. Muchos trataron de averiguar su identidad, sin resultado.
Así transcurrieron los años, los lustros y las décadas, mientras el interés de la gente de la calle sobre los asuntos de Noelia Harrow menguaba, y sus actividades iban transformándose de hechos fundados a leyendas de tabernas, cuentos sin crédito de callejuelas bohemias. Pero lo cierto es que ninguno de aquellos misteriosos caballeros supo jamás quién de entre sus compañeros ocultaba bajo su agresiva mirada unos finos ojos verdes, hermosos y tristes como el último adiós de la Aurora.


Abel sí lo sabía.
Su bisabuela había logrado conservar numerosos secretos bien guardados, pero tuvo la gracia de revelar algunos de ellos a su bisnieto en su lecho de muerte. A lo largo de ciento dos años había logrado ocultar la verdad sobre las fotos que su padre le había hecho de niña, sentada en la hierba, posando tras un grupo de hadas danzarinas. Expertos de toda índole habían tratado de falsear la foto, alegando mil y un trucajes que nunca pudieron ser demostrados. Con su último aliento, le susurró a Abel el auténtico origen de aquella estampa, y por respeto a su memoria él jamás lo reveló a terceros.
Aunque algunas de las historias de su bisabuela sonaban demasiado fantásticas para una conversación educada, hubo una que resultó ser cierta. Abel esperaba con ilusión que, en su testamento, le legase su mansión de Dorchester, una extensa finca que había pertenecido a la familia durante generaciones. Para su desgracia, tal lote acabó en manos de su tía Gertrudis, dueña de un asilo para animales que sostenía con los ingresos de la peluquería de su marido. Para el pobre Abel sólo restaba un mísero sobre cerrado, que para colmo de males ni siquiera contenía nada susceptible de ser canjeado por dinero.
En su interior descansaba un certificado de nacimiento, junto a una nota que contenía una dirección y las siglas NH rubricadas en oro.
Fue gracias a aquel certificado como Abel Cornelius supo que, al igual que los miembros de la aristocracia, él también poseía una retahíla inacabable de nombres precediendo al apellido de su familia: nada menos que setenta y dos invocativos se alineaban frente a la C de Cornelius, y al menos doce de ellos jamás habían sido utilizados en la vernácula anglosajona.
Intrigado y sin nada mejor que hacer, pues el papeleo de la hacienda Dorchester requería una firma distinta a la suya, se encaminó a la susodicha dirección. Allí, en un edificio que había sido un museo y actualmente se conservaba medio en ruinas, descubrió a la Sociedad Noel Harrow.
O lo que quedaba de ella.
Por lo que averiguó en los meses posteriores a su afiliación (aprobada en virtud a sus nombres vernáculos —gracias, abuela—), solo una minúscula parte de la Sociedad original se había salvado de la disolución a lo largo de las décadas: el Cenáculo de los Brindis Morganáticos, compuesto por nueve miembros, todos poetas o bohemios empedernidos de infausta ralea, amigos de beber más de lo que merecían sus atentados contra el buen gusto de la poesía.
No sabía qué impulso lo movía cada viernes a reunirse con sus compañeros de Cenáculo... casi nunca en el edificio sede del consorcio, sino en el bar de enfrente, un antro bohemio llamado “club Gargoyle” y escenario más conveniente para sus efímeras actividades. Allí alzaban sus copas y contendían por emitir el mejor brindis jamás pronunciado ante una medida de licor. Puede que una pizca del espíritu bohemio de su bisabuela —es decir, las ganas de malgastar su tiempo en actividades que no le iban a repercutir ningún beneficio material— le hubiera manchado algún gen al fraguarse en el vientre de su madre, pero lo cierto era que a Abel le encantaba.
El viernes posterior a su desagradable duelo en el parque también acudió a la cita. Y, como se le presuponía por el mero hecho de asistir, llevaba algo preparado para el último martini.


—¡Loados sean los nueve patriarcas de Constantinopla! —rugió Maxwell Beaverbrook en cuanto Abel entró en el local. Se levantó de la mesa donde compartía asiento con otros cinco miembros del Cenáculo y corrió a estrecharlo entre sus brazos.
Abel correspondió como pudo a la efusiva bienvenida y colgó su impermeable de la percha. Traía una bolsa con cartones de tabaco que había comprado en el Sir Save-a-Lot de la esquina, a una dependienta disfrazada de vikinga.
Beaverbrook robó una silla de otra mesa.
—Ya temíamos que no acudirías esta noche, Abelcito —protestó—. Sabes que para ser miembro de este club se exige puntualidad.
—Mi reloj debe haberse parado, porque marca las ocho en punto.
—¡Válgame el cielo, pues ya son las ocho y cuarto! Quince angustiosos minutos de nuestra existencia que no recuperaremos jamás. ¡Inmólate, pecador!
Abel sonrió. Maxwell era un hombre digno de ingresar en el catálogo de excentricidades que un día formaron parte de la moribunda sociedad NH. Polémico y vitriólico, su carácter combinaba a la perfección con el relumbrón de su vestuario: esa noche había acudido a la cita ataviado con una chaqueta de terciopelo con ribetes, medias de seda negra, un fular y un bastón con empuñadura de cabeza de Dodo. En la solapa lucía siempre un clavel fresco, en homenaje a otro poeta antepasado suyo.
—¿Habéis empezado sin mí? —preguntó Abel.
—Henry estaba a punto de entonar el primer brindis de la noche.
—¿Y cuál es el tema de hoy?
—A ver si lo adivinas.
Un africano muy delgado, con pies de claqué, se aclaró la garganta y alzó de nuevo su copa:

Separar la tierra palpitante
Flotar en la tiniebla en busca de raigambre
En la edad lisonjera en que es sueño la vida,
Cuando sin rumbo navegas en busca de tu nombre
El fantasma seductor se pregunta,
Si aquel dios era un demonio o era un hombre.

—Parece que hay viento esta noche, porque las palabras se mueven —rió Nancy Spilsbury, la mujer más joven del grupo—. Venga, Max, dale una lección a ese presumido.
—Eso, a ver si tu basura lírica apesta menos esta noche —coreó el bailarín de claqué.
Ofendido, su compañero recitó:

De puntillas entre tulipanes
Encerrado en la críptica de ocultos genomas
Vi el cielo estallar en mil plumas de ángel.
Imaginemos que alguien comete un crimen.
Imaginemos nidos de palomas.

Palabras dadme, cuanto existió y existe,
Atmósfera del vacío, quimera de despojos,
Al templo placentero os guiaré sin ojos
A contemplar de lejos su morada
El noble señorío de una aurora triste.


Beaverbrook le enseñó la lengua a su compañero y se sentó. Fue Nancy quien recogió el testigo, alzando una copa de oporto.
—¿No estás de luto por tu marido? —interrumpió Abel.
—Pfff... qué va; me cansé de derramar lágrimas. La vida es demasiado preciosa como para malgastarla recordando a los muertos —se justificó—. Además, tampoco me trató tan bien como para ganárselo.
—Me alegra que vuelvas a brindar. Te echaba de menos, en serio.
Sus copas se besaron.
—Espero que no os ofendáis por lo que vais a oír a continuación, pero lo escuché anoche, en un sueño, en boca de un querubín con alas de murciélago.
—Triste es el destino del que se fía de lo que ve en sueños —le recordó Henry. Ella se encogió de hombros.
—Es lo que hay. A ver qué os parece:

Deliciosa naturaleza de la muerte
Permíteme gozar en tu seno
En el ósculo del bosque donde reina el otoño,
El quicial de diamantes que la lobreguez llena de veneno.
Risueña engendradora del olvido
Que el alma audaz te abrace ansiosa,
Arranque de tu frente los malos pensamientos,
Y el Diablo venga a circunvolar el fuego esta noche.

Todos callaron, mirándola en silencio. Nancy los miró a los ojos y arrojó la servilleta sobre el mantel.
—Va, iros a la mierda.
Sus compañeros estallaron en risas.
—Era broma. Me ha parecido muy sugerente —dijo Henry. Maxwell estuvo de acuerdo.
—Ingeniosa y terrorífica a un tiempo. Deberías controlar lo que comes antes de acostarte.
—¿Qué estás insinuando, pedazo de capullo?
—¡El enema, la vida secreta de las mujeres!
—Eres un jodido machista, ¿lo sabías?
—Tradicionalmente, los franceses encerraban tras el crepúsculo a sus hijas por temor a que el inglés merodeara de noche. No es machismo, sino compromiso con nuestra herencia.
Abel se levantó y pidió una copa al camarero, un nippie con aire germano. Nancy se reunió con él en la barra mientras los demás seguían con la fiesta.
—El oporto tiene un color que recuerda al láudano, el elixir de la vida según Paracelso —comentó—. Aunque sigo prefiriendo el pedestre vino de huerta.
—Yo también. El vino es dulce, pero el vinagre te ayuda a conservar una palidez espectral.
—¿Te asusta oír hablar de la muerte?
—¿Eh? Oh, claro que no —sonrió Abel—. Lo que pasa es que llevo una semana desconcertante. Determinadas palabras me afectan más que de costumbre. Últimamente, y si tratara de contarte por qué te estaría mintiendo, salto cuando alguien habla de oscuridad y de las cosas que te miran desde dentro.
Nancy lo contempló con esa mirada que sólo se deja escapar cuando alguien medita sobre las cosas simples de la vida... aquellas que no preocupan a los hombres que jamás se han cuestionado qué significa el color de las ciruelas.
—Eres todo un personaje, Abel.
—Me lo dicen a menudo. ¡Pero gusto a algunas chicas, a pesar de todo!
—A mí, por ejemplo.
La miró de reojo.
—¿Sí? ¿Desde cuándo?
—Un par de años, lo que pasa es que nunca había tenido oportunidad de hablarte de ello. Estamos demasiado ocupados con nuestras pajas mentales como para prestar atención a asuntos más mundanos.
—En eso estoy de acuerdo. Como dijo De la Vega, “la mente del poeta epicúreo suele otorgar a la rima el papel de vehículo de expresión para sus fantasías eróticas, y se olvida de que medio metro más abajo se encuentra su olvidado instrumento.”
—¿Te apetece echar un polvo?
De fondo, sus compañeros entonaron una coda romance:

Max:
El solaz de su regazo y el cántico lascivo
Se columpian en los ropajes de la parca.
Libre de marmóreas estatuas,
El ángel de la muerte danza sobre sacros fulgores.

Henry:
Yo palpito, autor de los vivos y esteta de los muertos,
Su magnífica gloria admirando sublime
Los rayos que el último atardecer derramó sobre mi cuna,
Arrebatados desvelos y radiantes marchas
Que tejen el destino de los lores.

John:
Fascinado por mágicas visiones
Suspirarás por ver otras tierras
Recorrer entre rosas nuevas sensaciones,
Abrir puertas a antiguos placeres.
Ojalá trocase su amedrentadora hermosura
Firme el dolor de ciertos lazos
No siendo ilusión esa virtud que en ti adoro
Surca en tu rostro cual centella y ventura
La vanidad sin par de su angélica ternura.

—Me apetece —convino Abel, y se la llevó de la mano. Antes de que abandonaran el local, sin embargo, Max se tiró de los cabellos y gritó:
—¡Ni se os ocurra abandonarnos tan pronto, viles traidores! Abel, aún no has alzado tu copa, pardiez.
El joven elevó su oporto ante el camarero y varios curiosos que llevaban un rato prestando atención:

Encallado en bancos arenosos, vierto una lágrima de espuma,
Lienzos en retinas quemadas, incapaces de olvidar
Aquella noche de satén que marcó un cielo burgués.
Imanes que jamás se unirán, admitiendo sin premura
Que somos espejos perfectos bajo la gloria de la Luna.

Nancy se lo llevó del local a rastras. Antes de que Abel pudiera darse cuenta, habían llegado a un hotel y alquilado una habitación entre risas. Cuando abandonaron el ascensor su pene ya estaba entrando y saliendo cadenciosamente de la boca de su amiga. Le resultó curioso pensar que el mismo músculo que había logrado arrancar tan bellas rimas al viento minutos antes, ahora estuviese ejecutando una danza de pasión en torno al apéndice menos pudoroso de su cuerpo.
En fin, pensó mientras se corría, Bécquer tenía razón: en las postrimerías de la juventud podrá no haber poetas, pero siempre habrá poesía.

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Re: RELATO: El teatro secreto

Mensaje por Invitado el Vie Ene 29, 2010 8:59 pm

Me ha parecido un relato fascinante, esos detalles mencionando a Mowgly "Del libro de la selva", niño devorador de carne pues era más lobo que humano Shocked . Y naturalmente:

Un escritor norteamericano que vivía con su madre añadió a la biblioteca del edificio un perturbador incunable encuadernado en piel humana, manchado de lepra, que él erróneamente había titulado “la imagen de la ley de los Muertos”.

H.P. Lovecraft sin duda y su Necronomicon, también conocido por algunos como "El libro de la ley de los muertos" o Sauthenerom "Libro de la ley de la muerte".

En resumen fascinante, felicidades.

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Re: RELATO: El teatro secreto

Mensaje por Víctor Conde el Vie Ene 29, 2010 9:38 pm

Gracias, señor Electro. Se nota que es usted un hombre culto Wink

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Re: RELATO: El teatro secreto

Mensaje por Arkelao el Vie Ene 29, 2010 10:35 pm

El joven Lovecraft era bastante siniestro. De todas formas, el Necronomicón es falso. Él no llegó a construir ninguno. Pero lo describe así. aunque sí es cierto que en su habitación había libros perturbadores de saberes arcanos y pecaminoso. Se dedicaba a esconderse entre los matorrales a ver cómo jugaban lo otros niños. Cuando le descubrían se lanzaba sobre ellos aullando y les mordía y arañaba.

Por cierto, me ha encantado el fragmento, es de lo más curioso.

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Re: RELATO: El teatro secreto

Mensaje por Invitado el Sáb Ene 30, 2010 6:42 pm

Arkelao escribió:El joven Lovecraft era bastante siniestro. De todas formas, el Necronomicón es falso. Él no llegó a construir ninguno. Pero lo describe así. aunque sí es cierto que en su habitación había libros perturbadores de saberes arcanos y pecaminoso. Se dedicaba a esconderse entre los matorrales a ver cómo jugaban lo otros niños. Cuando le descubrían se lanzaba sobre ellos aullando y les mordía y arañaba.

Por cierto, me ha encantado el fragmento, es de lo más curioso.

Bueno, bueno, no es que fuera el Coco Very Happy . Yo me quedo más con la versión de Llopis que dice, que de niño se dedicaba a construir templos en honor a los dioses antiguos, Apolo, Afrodita, Pan. Jugaba a recrear las historias de las mil y una noches, fundó una agencia de detectives que tuvo mucho éxito entre la chiquilleria del barrio. Creo que es una imagen más entrañable de Lovecraft que la que pinta herr Arkelao Wink .

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Re: RELATO: El teatro secreto

Mensaje por Víctor Conde el Sáb Ene 30, 2010 6:48 pm

Sea como sea, nos encanta imaginar a Lovecraft como un tío rarísimo e inadaptado. Creo que si hubiese sido un amable profesor de escuela casado y con muchos hijos la gente no lo adoraría tanto Very Happy

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Re: RELATO: El teatro secreto

Mensaje por Invitado el Sáb Ene 30, 2010 11:10 pm

Víctor Conde escribió:Sea como sea, nos encanta imaginar a Lovecraft como un tío rarísimo e inadaptado. Creo que si hubiese sido un amable profesor de escuela casado y con muchos hijos la gente no lo adoraría tanto Very Happy
La verdad es que sí. Yo aunque se que no es cierto, muchas veces me he imaginado que Lovecraft realmente si tenía un altar dedicado a los dioses antiguos. A los primigenios naturalmente, no a los Arquetípicos que Lovecraft seguro sería de Cthulhu Very Happy .

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Re: RELATO: El teatro secreto

Mensaje por Sir Jack Winchester el Sáb Ene 30, 2010 11:20 pm

Hace mucho que lo leí pero vamos, Sprague de Camp no lo ponía muy normal que digamos...

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Re: RELATO: El teatro secreto

Mensaje por Víctor Conde el Sáb Ene 30, 2010 11:45 pm

Era un tipo bastante rarito, por eso de que vivía con su madre y era un firme defensor de la supremacía blanca. Pero tenía cosas de escritor normal y corriente de su época, como el hecho de pelearse con los editores de Astounding y otras revistas para que le pagaran más dinero por sus cuentos. ¡De qué me sonará!

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Re: RELATO: El teatro secreto

Mensaje por Invitado el Dom Ene 31, 2010 3:26 am

Víctor Conde escribió:Era un tipo bastante rarito, por eso de que vivía con su madre y era un firme defensor de la supremacía blanca. Pero tenía cosas de escritor normal y corriente de su época, como el hecho de pelearse con los editores de Astounding y otras revistas para que le pagaran más dinero por sus cuentos. ¡De qué me sonará!
En la época que le toco vivir a Lovecraft estaban de moda en Estados Unidos e incluso en Europa ese tipo de ideas. Cito: “hasta cierto punto, las ideas de Lovecraft referentes a la raza reflejaban actitudes comunes en esa época, y particularmente las leyes de segregación racial se hacían cumplir en la mayor parte del territorio estadounidense, y muchos estados promulgaban leyes eugenésicas y prohibiciones en contra del mestizaje, que también eran comunes en áreas no católicas en Europa. un movimiento popular durante la década de 1920, dio como resultado en una drástica restricción en la inmigración hacia los Estados Unidos, culminando en la ley de inmigración de 1924, que ponía de manifiesto testimonios de expertos ante el congreso de estados unidos sobre la amenaza hacia la sociedad americana en la asimilación de “personas de baja cultura” del este y del sur de Europa.”
De hecho alguno de sus poemas son realmente racistas:

“Cuando tiempo atrás, los dioses crearon la Tierra;
A imagen y semejanza de Júpiter al incipiente Hombre moldeaban.
Para tareas menores las bestias fueron creadas;
Aunque de la especie humana muy alejadas estaban.
Para llenar el vacio y unirlas al resto de la Humanidad,
Los anfitriones del Olimpo ingeniaron un astuto plan.
Una bestia forjarían, una figura semihumana,
Colmada de vicios, y "negro", fue llamada.”


Sin embargo se caso con una mujer de ascendencia judía y entre sus amigos había también judíos. Sin duda un sujeto con “Grandes picos elevados y profundos valles inexplorados”, (esto es de mi cosecha Very Happy) ósea que a veces no hay por donde pillarlo. Y sinceramente viendo quien formaba parte de su círculo personal de amigos, dudo mucho que lo fueran si lo considerasen un racista exacerbado.
Y algunas de sus obras como “En la noche de los tiempos”, muestran una sociedad de marcado carácter socialista y filonazi por así decirlo, pero… ¿cuántos prohombres de su época no lo fueron?. En los años 30 el partido nazi y sus ideas estaban de moda y muchos americanos se afiliaron sin dudarlo. Qué gran oportunidad para Lovecraft, cuya defensa a ultranza del modo de vida europeo (ingles sobretodo) y la superioridad de su cultura frente a la decadencia de la vida americana, le llevo a expresarlo con términos realmente despectivos para sus propios compatriotas. El era un Gentlement ingles aunque viviera en los Estados Unidos, y se vanagloriaba y sentía orgulloso de su ascendencia inglesa. Era un caballero que vivía en una época y en un lugar equivocado.
Lamento no haber podido expresar mucho mejor mis ideas, espero que se entienda a lo que me refería.

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Re: RELATO: El teatro secreto

Mensaje por Víctor Conde el Dom Ene 31, 2010 11:13 am

Se entiende estupendamente.

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Re: RELATO: El teatro secreto

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