RELATO: El archivista

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RELATO: El archivista

Mensaje por Víctor Conde el Jue Dic 24, 2009 12:18 am

Buenas tardes, damas y caballeros. Les dejo aquí un relato para su consideración. Lo escribí hace algunos años, pero es de lo poquito que tengo del género en forma de relato corto. Espero sinceramente que lo disfruten, y también que lo critiquen:

EL ARCHIVISTA

1. ASÍ EN LA TIERRA...

Granada cayó envuelta en llamas, una tarde en que el humo y el aire lleno de ceniza habían pintado el sol de cien colores indeterminados.
El cielo era muy azul, y los cúmulos de nubes bajas, blancas y desperdigadas, presagiaban buen tiempo para las cosechas. El viento mecía el manto de hierba de los valles y arrastraba consigo los gritos de los soldados, llenando el aire de rabiosas órdenes y lamentos.
El erudito franciscano Augusto Cebrián se ocultaba tras un carro de frutas, protegiéndose el rostro de la nube hedionda que flotaba sobre la calle. A su alrededor corrían hombres enfundados en babestas y cotas de malla, persiguiendo a los árabes que trataban de escapar por las grietas abiertas en la muralla. Alzando las manos en súplica por la rendición, gritaban las únicas palabras que habían retenido del idioma del enemigo, alto, cerdos y por la gloria de Cristo.
Nadie molestaba al padre Cebrián, ni atacante ni defensor. Los hábitos eran un pasaporte más que válido para que nadie de entre los españoles cuestionara su presencia. Los musulmanes estaban demasiado ocupados intentando huir de la ciudad o defendiendo los templos. La mayoría de los símbolos estaban siendo derribados en aquellos momentos por escuadras de soldados enfebrecidos. Cerca de donde se encontraba Augusto, un soldado de piel oscura gritaba condenas a los albañiles que abatían un minarete.
—¡Padre!
El monje se volvió hacia la voz. Una figura ataviada con ropajes cortesanos se recortaba en el umbral del templo.
—¡Venga por aquí, corra!
El franciscano salvó de unas zancadas el espacio hasta la puerta, recogiéndose la sotana como una dama en apuros. El rostro de su amigo y discípulo, el conde Adalberto Zamoray, le saludó tras una capa de suciedad y dientes oscuros.
—No debería andar solo por las calles. La ciudad aún no es segura.
—¿No está siendo conquistada? —Augusto respiró el aire de la estancia que conducía a la base del mihrab, la torre desde donde se llamaba a la oración. Alguien había matado un cerdo en las cercanías.
—El combate ha rebasado la muralla externa, eso es todo. Nuestras tropas se acantonan en los edificios en lugar de en tiendas de campaña, pero los barrios centrales siguen siendo territorio musulmán.
—Oh. —Augusto secó su frente y siguió a su amigo, a quien tantas veces había oído en confesión—. ¿Dónde vamos?
—Por aquí. Y si tiene que rezar, hágalo en voz baja.
La mezquita estaba construida como un enorme paralelogramo alrededor de un jardín con fuentes alicatadas. El alminar lo protegía con las resistentes piedras del muro de la quibla, desde cuyos minaretes orinaban algunos soldados. La columnata que escoltaba sus pasos destilaba tal belleza y un delicado sentido del equilibrio que el padre Augusto sintió verdadera tristeza. En breve, todo aquello no sería más que cascotes y polvo, un montón de basura irreconocible.
Pero lo que verdaderamente constituía el centro de su atención esperaba unos metros más allá. Augusto sintió llegar la tensión a medida que sus pasos lo acercaban al alcázar de la Biblioteca.
—Este es el patio de las fuentes estáticas —explicó el conde, como si el magnífico paisaje cuajado de arabescos invitase a recorrerlo—. El cuestor de la Reina pretende usarlo como centro de cambalache, cuando haya que pagar a los mercenarios.
—¿No van a aportar fondos del Tesoro Real?
—¿Para gastarlos en esta chusma? —Adalberto lanzó un bufido—. Ni hablar. Esto se financia con dinero judío. Dejaremos que saqueen la ciudad a su gusto y luego haremos un recuento de lo que se llevan. Con eso ya se pueden considerar pagados. ¿Cuándo va a empezar su trabajo?
—Cuando llegue el cuestor. —El monje se frotó los ojos con el envés de la túnica. Los incendios seguían apresados en sus lágrimas—. Sólo soy un escriba de la orden de la regular observancia; carezco de autoridad para hacer ningún recuento de bienes sin que...
Un ruido estridente, como si un montón de muebles hubiese sido lanzado sobre la calle, les distrajo. Un sargento de turba les hizo señales desde la entrada del recinto, vocalizando grotescamente un mensaje. Adalberto asintió, y cogió a su mentor por el brazo.
—Tengo que irme. Han encontrado un refugio musulmán en un edificio cercano.
—¿Y qué hago yo? —preguntó Augusto, aterrorizado. No le agradaba lo más mínimo la idea de quedarse solo en aquel infierno.
—Espere aquí, este lugar es seguro. No salga a la calle bajo ningún concepto hasta que yo le llame. Esos fanáticos están esperando a ver una túnica para sacar los cuchillos.
—¡Pero eso no es lo que...!
Augusto vio cómo su amigo desaparecía por el pasillo que atravesaba la columnata del haram. Unos soldados esperaban al fondo, las espadas reclamando sangre. El franciscano iba a seguirle cuando un movimiento teñido de rojo llamó su atención: era un hombre vestido con ropas de lacayo, que cargaba una antorcha y se adentraba corriendo en el alcázar.
Un pensamiento veloz cruzó su mente: aún había musulmanes en la Biblioteca, no los habían expulsado a todos. Y seguro que preferirían quemar los incunables antes que dejarlos en manos cristianas.
Miró una última vez hacia la salida, el angosto pasillo que conducía a la calle. Al otro extremo aguardaban los soldados. Ellos lo protegerían cuando todo empezara a derrumbarse, pero...
Algo en su interior le gritó que no lo hiciera, que no se comportara como un loco, pero Augusto no escuchaba. Con los cercanos gritos de los soldados que corrían de un lado para otro y la sangre acumulándose en sus mejillas, echó a correr hacia el portal. Al otro lado nacía una escalera. Augusto se lanzó a devorar peldaños, remangándose la sotana, en busca de la célebre galería de los papiros, verdadero corazón del edificio.
Tras doblar una esquina, lanzó un grito y se cubrió la cabeza con las manos, como esperando la muerte. Se había dado de bruces con un soldado musulmán que, espada en ristre, bajaba corriendo las escaleras. El franciscano se lamentó de no haber tenido tiempo de administrarse a sí mismo los sacramentos, y se dispuso a sentir el alfanje del moro separándole las costillas. Pero no ocurrió. El hombre, de piel oscura y ojos extrañamente azules, pasó a su lado apartándose todo lo que pudo. Augusto rozó las grebas de su armadura y lo vio desaparecer escaleras abajo, jadeando.
Sin pensar, acabó de subir la escalera y llegó al salón de consulta. Estaba lleno de pergaminos y libros encuadernados en piel de cabra, que cubrían las paredes en estanterías de muchos niveles. Augusto contuvo la respiración.
Abrió los brazos y recogió todos los pergaminos que podía cargar sin caerse. El peso de los cilindros de madera y las colecciones de documentos encuadernados le hizo trastabillar mientras subía las escaleras, rumbo a la torre más alta. Desde los ventanucos llegaban los gritos de las mesnadas, cristianas y musulmanes, ambas igual de sucias y sedientas de sangre, ambas dispuestas a quemar el edificio. Se las imaginó destrozando estanterías y arrojando incunables a la hoguera, sólo porque estaban escritos en un idioma que no entendían. El monje los maldijo a todos mientras caracoleaba escaleras arriba, agarrando pergaminos hasta con los dientes.
Llegó a una puerta con arco, desvencijada y manchada por excrementos de paloma. La abrió de un empellón y la flama de los incendios le golpeó en la cara. El edificio estaba ardiendo. Desde la atalaya donde se encontraba, una de las más altas de la ciudad, podía ver barrios enteros amortajados con nubes de humo. Oía los chillidos y veía a la gente huyendo sin orden por las calles. De la propia biblioteca surgían llamas que se abrían paso hacia los niveles superiores, calcinando todo lo que encontraban.
Augusto dejó caer parte de su tesoro. Trato de hacer un rápido inventario de lo que llevaba, en un desesperado esfuerzo por salvar sólo lo imprescindible, alguna obra definitiva del pensamiento que tal vez hubiese caído en sus manos en esos minutos de locura. Empezaba a traducir los elegantes trazos de los abasíes cuando oyó que alguien le estaba llamando.
—¡Augusto! ¡Augusto, aquí!
El monje se asomó por el borde del alcázar, mirando hacia la calle. Allí, en medio del caos y pisando charcos de sangre, un numeroso grupo de soldados y clérigos se esforzaba por exorcizar el edificio y arrojar a su interior teas ardientes. El conde trataba de hacerse un hueco en la vorágine agitando los brazos.
—¡Alberto! —respondió el franciscano—. ¡Tienes que detenerlos, por el amor de Dios! ¡Están quemando los papiros!
—¡Augusto, baja de ahí! ¡Va a arder todo el edificio! —gritó el conde, haciendo aspavientos. Los soldados, riendo como posesos, pintaban cruces en las paredes con sangre de cordero.
El franciscano sacudió la cabeza.
—¡No puedo abandonar estas obras de arte, alguien debe quedarse para impedir que las quemen!
—¡Baja de ahí o te matarán, no importa si eres un monje o no! ¡Sal de la torre enseguida!
Pero él ya había tomado su decisión. Despidiéndose con un triste ademán, se arrastró de nuevo hacia el interior del alcázar. Las alturas le ponían enfermo.
Los soldados escalaron pisos. El hollín que escapaba por las saeteras sabía a matemáticas, a geografía, a letras irrepetibles sublimadas en el viento. Le pareció ver figuras en el humo, ángulos geométricos y secretos algebraicos que no volverían a ser descubiertos. Llorando, Augusto sintió llegar a los bárbaros cristianos. Escuchó sus pasos golpear como martillos en entarimados silenciosos y el golpe de sus espadas fracturando atrios.
Y se puso en pie. Recogiendo la mayor cantidad de papiros que pudo del suelo, se aproximó al abismo. El vaivén de las cruces que portaba la muchedumbre era hipnótico, y llenaba su mente de obligaciones y promesas. Debía bajar ahí, administrar sacramentos a los heridos, atender a sus deberes como soldado de Cristo. El cuestor le había mandado llamar para que le auxiliara en su trabajo administrativo, no para que perdiese el tiempo preservando letras impuras.
Pero no podía. No mientras aquellos brutos quemaran los libros. Mientras conjuraran el nombre del Altísimo al atravesar con las lanzas las cabezas de los niños.
Entonces sintió el aliento de algo grande y extraño, exhalado justo sobre sus ojos.
Miró hacia arriba y vio un ángel, un Mensajero, flotando sin esfuerzo por encima del caos. Sus ojos sin pupilas estaban perdidos en la distancia. Las manos con dedos de cera permanecían juntas en posición suplicante. Dos gárgolas con los caños de sus bocas dirigidos hacia el suelo expulsaban vaharadas de gases. Agujas y números encerrados en burbujas de cristal oscilaban marcando ignotas conclusiones en puntos clave de su cuerpo. El mensajero emitía un rugido innatural al expulsar los gases de sus divinas tripas, como si aquel vientre albergara furibundas hogueras celestiales
Al borde de la inconsciencia, lo último que el padre Augusto vio de Granada fue la imagen de la Biblioteca que ardía y se alejaba bajo sus pies, mientras el ángel abría descomunalmente su boca y se lo tragaba de un bocado.


2. ...COMO EN EL CIELO

En la madrugada del veintitrés de abril de 1491, el padre Augusto Cebrián subió a los Cielos.
No fue exactamente como él lo habría imaginado. Acurrucado y tiritando de frío en las entrañas de un ángel a vapor, hacía tiempo que se le había acabado el miedo, y ahora sólo le quedaba una insana pero reconfortante curiosidad. Temblando de miedo, se preguntaba a qué clase de purgatorio irían las almas de los hombres que habían desdeñado a Dios por un montón de libros.
El Mensajero estaba frío, muy frío. Su matriz era un recinto extraño, lleno de formas irreconocibles y amenazadores aparatos que parecían moverse por sí mismos, sin fuerza animal que los impulsara. El sonido y el olor eran irreales, tan horrendos como aquellos colores apagados que lustraban las paredes. Las junturas de su piel estaban surcadas por infinidad de canales por los que circulaban fluidos, con orificios en algunos puntos que dejaban escapar chorros de aire caliente. Pese a esta improvisada calefacción, los dientes del monje tamborileaban al ritmo de la letanía del padrenuestro.
Sintió una pesadez muy grande en los primeros momentos del viaje, como si el Cielo estuviera muy lejos y fuese necesario viajar a enormes velocidades para alcanzarlo. ¿Tan distante estaba Dios de los hombres? ¿Había muerto, o sólo se trataba de una prueba, de una Revelación?
Presa de un fervor renacido se impulsó hacia arriba, chocando contra los soportes del tajamar, y miró a través de los ojos cristalinos del ángel. Su mente estaba preparada para paisajes idílicos, para ejércitos de querubines cantando al son de arpas de luz; caminos excavados en océanos alimentados por ríos de sangre, lenguas de fuego aureolando bosques de zarzas ardientes, y millones de almas de cristianos y herejes convertidos rodeando los pilares de la Jerusalén celestial. Pero lo que vio fue mucho más increíble que todo eso.
Augusto alcanzó a ver una gigantesca esfera azul y blanca, flotando en la noche a una distancia imprecisa. Grandes manchas marrones y grises se escondían bajo las pinceladas argentinas de inmensos mares de nubes. Distinguió océanos marcando fronteras de espuma contra costas que nadie cartografió jamás, ríos y mares uniendo sus cimbreados dedos formando un tapiz asimétrico, que dibujaba sus contornos a través de ciudades y países, de valles y montañas.
Era su mundo. Un mundo de caos y muerte y piras de libros quemados.
Pero había algo más, lo que parecía su destino en medio de la inmensidad: una enorme catedral varada en la noche sin cimientos. Flotaba majestuosa con las agujas y los campanarios apuntando siempre hacia fuera, a las estrellas, riéndose descaradamente de la divina Palabra que obligaba a todas las criaturas a caer hacia el mundo.
Augusto se persignó mientras se preguntaba si estaría viendo la auténtica Ciudad Santa. Allí, sin embargo, no había símbolos religiosos, ni figuras de santos talladas en piedra sobre inmensos portales. Era una catedral, pero no supo discernir a quién o a qué estaba dedicada.


Despertó despacio, como de un buen sueño. Le dolía la sien, y allí donde se tocó encontró costras de sangre. Un latigazo de dolor despejó de golpe su cerebro. Se había caído, eso lo recordaba. Cuando trató de arrodillarse para elevar un salmo a las alturas, tropezó con una tubería y cayó de su baluarte hasta dar con el suelo.
¿Cuánto hacía de eso?
Miró alrededor. Se encontraba en un gigantesco hemiciclo hueco, lleno de cosas tan extrañas que carecían de palabras que las describieran. Una vez, un estudioso de Salamanca le había confesado que había inventado el vocablo “kinesto” para designar a las construcciones capaces de movimiento propio, como la maquinaria que se escondía dentro de los molinos. Augusto vio cientos, no, miles de kinestos trabajando en armonía por todo el recinto. Eran máquinas feas e incomprensibles, con multitud de patas y orificios por los que expulsaban gases parecidos a los del ángel. Se afanaban en prensar segmentos aislados de un interminable y luenguísimo río de papel increíblemente blanco, y escribir signos sobre él; un ruidoso ambiente como de miles de patitas de insecto machacando a la vez la tinta.
El monje sintió un temor reverencial cuando se acercó a ese papel sucio de palabras, y supo que estaba contemplando la letra de Dios: escritura cuneiforme, orientación vertical, icomorfos.
Se giró de golpe para ver quién se le acercaba nada más escuchar sus tímidos pasos. Su corazón dejó de latir unos segundos mientras el ser antropomórfico, cubierto por ropones de cuero y con una máscara de cera sobre el rostro, se colocaba a su lado con un zumbido.
—Kgz... —dijo Augusto, una vez encontró la lengua. El emisario divino inclinó la cabeza en un saludo, y dijo con voz hermosa y masculina:
—Bienvenido, Padre. Esta es su casa. ¿Se encuentra bien?
—Ght.
—Entiendo todas las lenguas, sí. Venga por aquí. Siéntese.
El ser guió al franciscano hasta un extremo de la sala y le ayudó a recostarse sobre un saliente de la pared.
—¿Do... dónde estoy? —preguntó Augusto, y escuchó sus palabras rebotando en ángulos absurdos contra las paredes.
—Esta es la gran Biblioteca Paradigmática, y yo su Archivista. Lamento lo ocurrido.
—¿Lo ocurrido?
El ser asintió.
—El Nuncio erró en su lógica y consideró que usted era uno de los nuestros. Por eso le rescató. Lamento decirlo, pero según nuestros datos usted debería haber muerto en aquel incendio.
—Oh —fue todo lo que se le ocurrió.
—Pero no se preocupe; el que esté vivo es una buena noticia. Usted se salva, escribe sus memorias, viaja a Roma y eso desemboca en... —pareció extraviarse en sus pensamientos a la caza de un dato—. Ajá, aquí está: la primera novella factiis íbera, datada dentro de diez años. La historia de un monje que vaga en sueños por la Ciudad Celestial y descubre que el Infierno cristiano se encuentra en sus sótanos. Fascinante. Nos la habríamos perdido de no ser por este pequeño... error algebraico. De todas maneras, habrá que revisar los engranajes lógicos de los Nuncios, para que no se vuelva a repetir.
—No... no lo entiendo. Todas estas letras, estos papiros interminables...
—En la Biblioteca recogemos las obras del pensamiento humano y las archivamos por categorías, siguiendo un histórico que se remonta a varios millares de años. —El Archivista señaló hacia una pared cubierta por pinturas de salvajes desnudos cazando búfalos—. Tal vez más. Son el legado de la Humanidad. Bajamos a recoger los papiros de Granada antes que el fuego destruyera para siempre sus secretos, como pasó en Alejandría.
—Es... increíble. —Augusto recorrió con la vista las toneladas de pergamino, el incesante caudal que manaba desde ranuras sitas en la cúpula, y la legión de kinestos que bailaban sobre ellas. Se santiguó sin darse cuenta—. ¿Cuántos tratados alquímicos hay? ¿Cuántos Evangelios no descubiertos? Dios santo... ¿qué hay aquí?
Acarició la masa de papel que tenía a su lado. El Archivista giró unos grados su máscara.
—Eso pertenece al género en el que usted se encuadrará dentro de unos años, el de la prosa lúdica.
—¿Lúdica?
—Viajes y aventuras, amor imposible y cuestionamiento de los cánones tradicionales. Especulación y romanticismo —dijo el ser.
—¿Romanti... qué?
—No trate de entenderlo. Son historias que no tienen nada que ver con los asuntos del mundo real... o del espiritual.
El franciscano miró con desconfianza a los papeles, captando un probable significado. Descubrió una parte que estaba en latín, y la leyó con avidez. Hablaba de parajes fabulosos, sitos en alguna lejana luminaria de esas que poblaban el cielo por la noche. La palabra clave del párrafo era “ingenio”.
—¿Hay... hay muchos de estos “ingenios” en el cielo? —Su expresión era de profundo desconcierto—. ¿Está el Paraíso formado por kinestos?
El ser sacudió levemente su cabeza, aproximándose un paso al franciscano. Olía a la misma tinta que cubría los papiros.
—Esas letras no forman compendios de verdades crípticas con intereses religiosos. Sólo son cuentos, sueños que alguien transcribirá con el único afán de contar una historia. A veces es mejor dejar volar la imaginación y escribir sobre cosas que nunca fueron ciertas.
Augusto pensó en esas palabras. Se perdió tratando de encontrarles un sentido.
—¿Escribir sobre cosas que jamás ocurrieron, sobre... mentiras?
—Cuando la imaginación vuela libre no hay más mentiras que las que se dicen para causar mal o engaño. A través de la pluma puedes visualizar espejismos, cantar canciones, espolear una emoción para que sea más fuerte que el acero. Puedes hablar de cosas que no existen, admirar los logros de personas que jamás vivieron y hacer soñar despiertos a los hombres. Aún no estás preparado para leer lo que hay aquí escrito, Augusto, pero algún día lo estarás.
—¿Entonces por qué estoy aquí? Esto no es lógico, no tiene coherencia ninguna...
El archivista sonrió.
—Pues entonces debe ser un sueño, ¿no?

Augusto despertó en una colina rodeada de cadáveres y banderas rasgadas. Primero pensó que eran sus lamentos lo que oía entre ecos, pero luego distinguió las palabras, y supo que eran gritos de júbilo.
Renqueando, bajó la colina, pisando por encima de los muertos. Vio un grupo de hombres que, entre rezos y canciones, celebraban un hito: Granada había caído. El perfil de la ciudad refulgía con fuegos sacrosantos al filo del amanecer. Un soldado le reconoció y pasó su brazo por encima de sus hombros, metiéndole el extremo de una bota de vino en la boca. No supo entender lo que le decía entre babas y tosidos.
El monje se fijó en la tea en que se había convertido la Biblioteca, visible desde la distancia como un dedo de fuego que apuntaba acusadoramente a los cielos.
Tardó seis meses en acabar su trabajo en la ciudad y regresar al monasterio. En cuanto tuvo tiempo para sentarse en su cátedra, escuchar la nona reverberando en las campanas y adueñarse de una pluma y unos cuantos pergaminos, sintió que era un hombre feliz. El sutil perfume que manaba del tintero le mantenía despierto muchas horas después de que las celdas se cerrasen.
A veces es mejor dejar volar la imaginación y escribir sobre cosas que nunca fueron verdades.
Sosteniendo la pluma congelada en un pensamiento, mientras una gota de tinta caía como un contundente punto y aparte en el pergamino, Augusto sintió llegar la primera idea.
[justify]

Víctor Conde

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Re: RELATO: El archivista

Mensaje por Raphael-di-Ferro el Jue Dic 24, 2009 2:00 am

Frencamente bueno. Me quito el sombrero.

Lo unico que criticaria es el momento en que dice que al pedre ya no le queda miedo, pues luego se pasa asustado todo el relato.
Y digo esto por decir algo y no elogiarlo sin mas.

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Re: RELATO: El archivista

Mensaje por Víctor Conde el Jue Dic 24, 2009 10:11 am

Es usted muy amable, don Raphael. Le aseguro que tomo buena nota de su comentario para corregir en ese punto el texto original. ¡Muchas gracias!

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Re: RELATO: El archivista

Mensaje por Monsieur Comeclavos el Jue Dic 24, 2009 9:45 pm

Oh, yeah, "La locura de Dios" reloaded.

Es bueno.

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Re: RELATO: El archivista

Mensaje por Víctor Conde el Vie Dic 25, 2009 5:03 pm

¿La locura de Dios? Ah, se referirá a la novela de Juanmi Aguilera. No la he leido, pero tengo ganas.

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Re: RELATO: El archivista

Mensaje por Monsieur Comeclavos el Vie Dic 25, 2009 7:49 pm

Esa misma. Ambos textos comparten ciertas características comunes a lo que por este foro se ha denominado estética "ancientpunk", maquinaria pesada y alta tecnología en mundos prerenacentistas. Además de la figura del erudito con habito desentrañando misterios alienígenas.

Claro que también podría citarse la película El Caballero del Dragón, una marcianada en el sentido literal y figurado de la palabra. Y no solo por la actuación en ella de Miguel Bosé.

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Re: RELATO: El archivista

Mensaje por Víctor Conde el Vie Dic 25, 2009 7:54 pm

Ancientpunk... me gusta esa palabra. Sí, recuerdo el caballero del dragón. Fue una pequeña revolución en la España de su época, pero como usted dice, más porque era una marcianada que porque fuera buena de verdad. La verdad es que conozco a Juanmi desde hace años y he leido casi todos sus libros, pero "la locura de Dios" es de los pocos que me faltan.

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Re: RELATO: El archivista

Mensaje por Invitado el Mar Ene 05, 2010 11:19 pm

Algunos dicen que el profeta Ezequiel fue arrebatado por una nave extraterrestre. Pienso que si fuera verdad y él tuviera oportunidad de describir lo que le paso, escribiría algo muy similar a lo que ha escrito usted señor Conde. Felicidades.

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Re: RELATO: El archivista

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